Foto de la ficha policial de Benito Mussolini (1903)

Foto de la ficha policial de Benito Mussolini (1903)

Letras

Fascismo, ahora sí

El asalto al Capitolio de Estados Unidos marca una frontera, con la sombra de la ultraderecha y la imagen de Mussolini, y con permiso de Gentile y Scurati

17 enero, 2021 00:10

Fascismo, y siempre con el ánimo de respetar su origen: el fascismo histórico italiano que representó Mussolini, un viejo socialista que había sido expulsado del partido un puñado de años atrás. Consiguió el poder tras la marcha sobre Roma en 1922, después de coaccionar al rey Victor Manuel III. Un movimiento que se había basado en la violencia, protagonizada por excombatientes de la primera Guerra Mundial y por todo tipo de oportunistas. Las democracias liberales, pese a todas las diferencias económico-sociales, vuelven ahora a temblar. Lo sucedido en Estados Unidos ha generado poderosas dudas en numerosos expertos, en el campo de la ciencia política y de la historia, porque el fascismo, como movimiento que desprecia un parlamentarismo que se considera vacío, ha llamado a las puertas del propio Capitolio de la democracia más asentada del mundo. O eso era lo que se creía hasta hora.

¿Qué ha sucedido? La etiqueta de fascista para colocársela en la solapa de la americana de Donald Trump podía considerarse como algo exagerado, fuera de lugar. Un invento de una izquierda, en Europa y en otras latitudes, siempre atenta a la menor ocasión para denunciar el “imperialismo americano”. Pero esta vez las reflexiones llegan desde dentro, y con la angustia de que no se puede establecer una clara previsión de futuro. En los debates en la CNN de estos días la pregunta se repite: ¿Fue la irrupción de las masas en el Capitolio el fin de “algo”, de un populismo encarnado por Trump con muchos fundamentos socio-económicos, o es el principio de “algo” que el próximo presidente Joe Biden no podrá detener? La respuesta nadie es capaz de ofrecerla en estos momentos, y aparece la figura oronda y próxima de Mussolini, que encabezó --aunque él se aprovechó del trabajo de otros, como Michele Bianchi, secretario del PNF-- un movimiento y un partido que tomó el poder y ejerció una enorme influencia en toda Europa.

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Ha sido el historiador y politólogo norteamericano, Robert O. Paxton quien ha establecido el dilema: sí, ahora es fascismo. Él mismo había dudado, no se había atrevido en todos estos años, pero el asalto al Capitolio le lleva a trazar un paralelismo con lo más oscuro de la historia europea, al entender que lo que está en juego es la democracia liberal parlamentaria. “I’ve hesitated to call Donald Trump a fascist. Until now”, señaló Paxton en un artículo en Newsweek.

¿Desacreditar el parlamentarismo?

Hay un claro precedente y se produjo en Francia. En la noche del 6 de febrero de 1934, miles de veteranos franceses de la Primera Guerra Mundial, tras conocer la corrupción extendida en el gobierno y con la convicción de que el parlamento era del todo ineficaz en un contexto de grave crisis económica, con la Gran Depresión, intentaron invadir la cámara parlamentaria. Y justo antes de que se votara en su seno otro gobierno, igualmente inestable, como ha ocurrido en Estados Unidos con la elección de Biden.

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La crisis del parlamentarismo era la tónica en toda Europa. Y aquella incursión tuvo trágicas consecuencias. El Gobierno francés autorizó que la policía disparara a matar, con quince manifestantes muertos y un policía, y con un grave resultado, y es que la Tercera República francesa resultaba, ella misma, herida de muerte, con las manos ensangrentadas. Paxton señala que la división que se creó explica a la perfección la debilidad en la defensa de Francia frente al ataque de Hitler en 1940 y la sustitución de la Tercera República por el régimen de Vichy. Una herida que perdura en la sociedad francesa, un talón de Aquiles que sigue muy presente, porque una parte sustancial de la sociedad francesa apoyó al régimen nazi. Y sólo la habilidad posterior del general De Gaulle permitió a los franceses aparecer como ganadores tras la II Guerra Mundial.

Esa división está de nuevo entre la población de las democracias liberales. Una división que tiene explicaciones y que hay que buscarlas en la polarización económica, en el estancamiento de los salarios, y en una globalización que ha permitido una asociación sin tapujos entre las elites mundiales, pero con una pérdida real de estatus entre las clases medias de todo occidente, que recelan, al mismo tiempo, de un cosmopolitismo que provoca la pérdida de identidad cultural.

quien es fascista

El profesor Emilio Gentile insiste en el libro Quién es fascista (Alianza Editorial) en que no se puede tildar a nadie en vano. Los fascistas hay que señalarlos cuando muestran características muy similares a las del viejo fascismo italiano, totalitario y violento. Y se enfada cuando se llama fascista a De Grillo o Renzi, aunque, ciertamente, las expresiones para desacreditar el parlamentarismo se puedan asemejar. Él mismo evoca las frases de Mussolini, tomadas de un artículo en 1919: “Estos hombres están agotados. Deben irse. ¡Ya está bien de viejas cariátides que obstaculizan el paso por la calle, por la que deben marchar las fuerzas nuevas! ¡Ya está bien de los politiqueros del Parlamento y de los Ministerios!”. O está otra: “Siempre los mismos. Periodistas librescos, senadores chochos y atolondrados, profesores aburridos”. Gentile se pregunta, “¿se oye el eco de Grillo o de Renzi?”. Y la pregunta es retórica, claro que se escucha todo eso, pero, ¿son fascistas? ¿Se pretende una toma del poder, y tras alcanzarlo llevar al Estado a un régimen totalitario?

Eso es lo que se dirime, porque los pasos suelen ser lentos, hasta que se producen rupturas bruscas. En 1919, en las elecciones en Italia, los socialistas habían arrasado, y en 1922 Mussolini lograba el poder con la marcha de fascistas sobre Roma.

Los pensamientos lúgubres de Paxton

Esa transformación, paso a paso, a golpe de editoriales en los periódicos de partido, la plasma de forma magistral Antonio Scurati en El hijo del Siglo (Alfaguara). El Mussolini amante, el comilón nervioso y glotón, el paciente periodista y político, el oportunista que sabe medir el tiempo, todo eso aparece en las páginas de la obra de Scurati, mostrando una verdad que se repite a lo largo de la historia: en las situaciones límite, cuando las diferencias se consideran inaceptables, cuando los hombres y mujeres se ven humillados y sin reconocimiento, hay momentos de explosión, que aprovechan otros, los que exaltan y hablan de tiempos nuevos, el futurismo de Marinetti o poetas como Gabriele d'Annunzio, que se hizo el rey en el 'fuerte de Fiume'.

Los futuristas Russolo, Carrà, Marinetti (en el centro de la imagen), Boccioni y Severini (1916).

Los futuristas Russolo, Carrà, Marinetti (en el centro de la imagen), Boccioni y Severini (1916).

En el campo de la economía, el diagnóstico no podía ser en estos momentos más compartido. Los excesos de un liberalismo que se vio sin rivales desde la caída del muro de Berlín, ha provocado una pérdida de confianza en las instituciones que ese mismo liberalismo decía defender. A pesar de ese consenso, no hay medidas a la vista que traten de rectificar esos excesos. Sin embargo, la respuesta sí pasa por descalificar a los populismos que se aprovechan del descontento. Pero, ¿quién ataca sus causas?

Paxton es lúgubre. Recuerda que los manifestantes franceses de derechas no entraron en el Parlamento. La Policía los paró en seco, con disparos a matar. ¿Pero y ahora en Estados Unidos? “Después del ignominioso fracaso de un impactante intento fascista de impedir la elección de Biden, el nuevo presidente norteamericano puede comenzar su trabajo de curación el 20 de enero. A pesar de los primeros signos alentadores y la relativa solidez de las instituciones estadounidenses, es demasiado pronto para un historiador responsable decir si tendrá más éxito en el sostenimiento de nuestra República que los líderes europeos en la defensa de la suya”.