Un grabado del libro de fábulas de 'Calila e Dimna'. Libros animales

Un grabado del libro de fábulas de 'Calila e Dimna'. Libros animales

Letras

Libros animales

La relación del hombre con ellos, presente en la literatura desde la Antigüedad y Edad Media, revive con las narraciones sobre las especies en peligro

18 octubre, 2019 00:00

Gorilas en la niebla, de Dian Fossey, edición aumentada con fotografías, epílogos y gráficos (Pepitas de Calabaza) y Animales invisibles, de Gabi Martínez (Capitán Swing y Nórdica), son dos libros que tratan sobre la relación entre los seres humanos y los animales, y nos recuerdan la necesidad de salvaguardar el planeta y sus especies. Fossey (San Francisco, 1932 – Ruanda, 1985) es una de las investigadoras de primates más importantes del mundo, junto con Jane Goodall y Biruté Galdikas. Las tres fueron apadrinadas por el antropólogo Louis Leakey para estudiar a los gorilas, chimpancés y orangutanes. Sus análisis permitieron entender el comportamiento y organización familiar de estos animales.

En 1967, Fossey se instalaba en Ruanda para estudiar a los gorilas de montaña. En Karisoke, en el Parque Nacional de los Volcanes, construyó su puesto de investigación. Allí vivió hasta 1985 (año de su asesinato, aún no resuelto) y luchó activamente contra los cazadores furtivos y las autoridades para transformar el mundo de la conservación, del que hoy es uno de sus grandes iconos. Tras su muerte quedaban 280 gorilas de montaña en la cordillera Virunga, que une Ruanda con Uganda y la República Democrática del Congo. Gorilas en la niebla es un relato fascinante sobre esta experiencia.

Fossey transforma en él sus notas científicas y diarias en una narración de aventuras. Con una escritura testimonial, consigue traspasar al lector el resultado principal del trabajo de campo más largo hecho sobre los primates: los gorilas son los animales más cercanos a nosotros y, por lo tanto, nuestra vinculación más próxima al mundo natural. Las descripciones de la naturaleza en la que viven nos representan un paraíso perdido, un locus amoenus fecundo y armonioso. La vegetación es descrita con gran cuidado y detalle, a imagen y semejanza de los animales más humanos que existen, los gorilas, nuestros parientes más cercanos.

Dian Fossey con un gorila.

Dian Fossey con un gorila.

Fossey les pone nombres significativos –Beethoven, Icarus, Puck, etc– y traslada a los gorilas características humanas, de dioses y artistas. La investigadora se retrata a sí misma como una heroína. Resulta significativo el intento lingüístico que hace para describir a los gorilas, hasta entonces descritos en términos muy distintos. Aquí el lenguaje del libro se tensa, se carga de enumeraciones sustantivas y recurre a frases sencillas y concisas para contar el universo de los primates. “Nunca olvidaré mi primer encuentro con los gorilas. El ruido precedió a la visión y el olor antecedió al ruido en forma de una abrumadora mezcla de olor humano y tufo almizclado. A continuación, el silencio quedó rasgado por una serie de ruidosos gritos seguidos de un rítmico rondó de golpes secos en el pecho, ejecutado por un macho de dorso plateado oculto tras lo que parecía un muro de vegetación impenetrable”. 

La aproximación de Fossey a los gorilas dice mucho de la vinculación entre el ser humano y los animales. En primer lugar, la relación la establece a partir de lo que estos pueden enseñar de los seres humanos. “De ellos podemos aprender mucho sobre el comportamiento de nuestros antepasados evolutivos, lo que tiene gran importancia porque, a diferencia de los huesos, los dientes o los utensilios, el comportamiento no se fosiliza”. En segundo, les otorga las cualidades humanas, lo que permite apropiarse de ellos. Al final del libro escribe: “He sido aceptada por un gorila”. En 2010, la primatóloga Martha Robbins elaboró un censo de los gorilas de las montañas Virunga: 680 ejemplares. Para llevarlo a cabo, recordaba, lo más importante era evitarlos. Lo contrario a lo que había hecho Fossey en sus años ejemplares de convivencia con los primates.

Animales invisibles, Gabi MartínezGabi Martínez propone en Animales invisibles unos itinerarios más que sugerentes. Con una escritura erudita y pensadísima, invita a seguir el rastro de los animales simbólicos y misteriosos, como el Yeti, el Picozapato, el tigre coreano, el Moa, la barrera del cora. Para encontrarlos, hay que desplazarse hasta sitios lejanos, la costa australiana, el Hindu Kush o Nueva Zelanda. Al igual que Fossey, aplica las cualidades humanas a los animales e intenta buscar en ellos lo que no se encuentra en sus viajes. “Pero, ¿dónde está el animal? El animal como sujeto único, como individuo, como ser vivo que siente y se relaciona, también con humanos”. Ellos son ahora la razón para continuar viajando y escribir un relato: “¿Cómo se escribe el espacio? Después de haber firmado varios libros de viaje más o menos clásicos, en 2007 atravesaba una etapa de duda sobre el mejor modo de abordar creativamente una geografía”. 

Una parte de los animales –dice– es invisible, en un guiño al libro magistral de Las ciudades invisibles ,de Italo Calvino, donde lo más importante es la imaginación. Muchos están extinguidos o son imposibles de localizar. Para llegar hasta ellos, hay que recuperar los cinco sentidos, poco presentes en los libros de viaje, a excepción de la vista y –un poco– el olfato: “Recuperar a un animal siguiendo indicaciones orales quizá tenga algo que ver con recuperar la confianza en una sensibilidad y unos valores que creíamos perdidos”. El Yeti, el picozapato o el moa son imágenes y reflejos del viajero y devuelven las inquietudes de un observador que proyecta sobre ellos los sueños y utopías que los destinos ya no pueden mantener vivos.

Se podría decir que Martínez continúa con la tradición medieval de la literatura de los exempla, cuentos o fábulas de animales que se narran con una función moralizante. Aunque en este caso de lo que advierten sus relatos es de la necesidad de salvaguardar el planeta, las especies y, también, la imaginación. Los animales no se pueden encontrar, pero al salir en su busca y convertirlos en el centro de sus narraciones les concede visibilidad. Una pregunta queda, sin embargo, abierta. ¿A quién concede visibilidad? ¿A los animales o a la necesidad de imaginar? “Encontrarlos no era lo fundamental, por algo resultaban invisibles, pero seguir su rastro serviría para adentrarse no solo en los territorios que habían habitado, sino también en la realidad y las fantasías de las sociedades que habían pensado en ellos”.