Fernando Jáuregui / YOLANDA CARDO

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Letras

Fernando Jáuregui: “Lo bueno de la Transición es que no fue demasiado cruel con nadie”

El cronista parlamentario asegura que "la Constitución se nos está quedando inconstitucional" y admite la implicación que existió en la Transición entre periodistas y políticos

15 noviembre, 2018 23:55

Fernando Jáuregui (Santander, 1950) lo ha sido todo en el periodismo, incluso jefe. A lo largo de casi medio siglo en el oficio, ha ejercido la labor informativa en periódicos de papel y digitales, en agencias, en radios y televisiones… En la actualidad, mantiene una columna política diaria en una veintena de cabeceras y colabora con programas radiofónicos y televisivos. Ha estado al frente del libro Los periodistas estábamos allí para contarlo (Teófilo Ediciones), un inventario que viene a medirle nostalgia y vigor a la Transición ahora que cumple cuarenta años la Constitución. “Que, cuando peor estemos, que estemos como ahora”, advierte.   

–¿También el paso del tiempo ha glorificado el periodismo de la Transición?

–Cualquier tiempo pasado fue mejor, ya se sabe. La memoria es selectiva; aparta los momentos malos. Pero, sin duda, aquella era otra forma de hacer periodismo, más presencial. Ahora estamos formando generaciones Google de periodistas, pero a los sitios hay que ir, hay que estar, hay que comprobar. La grandeza de muchos de los compañeros es que estuvieron en el Congreso de los Diputados aquel 23 de febrero de 1981; ellos sí informaron desde allí. Y conocieron, hablaron y trataron mucho a Adolfo Suárez, a Felipe González… Ahora ya no es así. Somos muchos más, es cierto; hay más medios y más periodistas, pero cada día es más complicado tener una conversación informativa con un ministro, un líder de la oposición o un presidente del Gobierno.

–Usted defiende que “la democracia también se ganó en las redacciones de los periódicos”. ¿Por qué? 

–Porque el periodismo acompañó todo el proceso. Lo difundimos con entusiasmo; nos implicamos mucho, a veces incluso demasiado. La creación de algunos grandes periódicos, el nacimiento de canales de radio y la televisión, claro, ayudaron mucho.

Fernando Jáuregui / YOLANDA CARDO

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–¿Y ese entusiasmo no le restó crítica al relato de los hechos?

–Mire, nos equivocamos todos mucho haciendo una descarga de fusilería contra Adolfo Suárez cuando estaba en la Presidencia del Gobierno y, luego, hemos reconocido la enorme labor que hizo: darle la vuelta al Estado como un calcetín en once meses, democratizar un país sometido a una dictadura, a veces brutal, durante cuarenta años no son logros menores. Suárez le echó mucha imaginación y, sobre todo, muchísimo valor. Quizás ahí fuimos cómplices de algunos partidos políticos de la oposición...

–Usted reconoce en el prólogo del libro que ha coordinado que “el juicio del tiempo ha convertido en no tan gloriosas algunas trayectorias que así se creían…”. ¿No supo verlo entonces el periodismo?

–Hay hojas de servicio impecables en defensa de las libertades. Por ejemplo, el rey Juan Carlos. Otra cosa es lo que haya hecho después. Desde luego, yo no puedo dejar de criticarlo, desde el elefante de Botsuana hasta lo que estamos descubriendo ahora por una serie de grabaciones difundidas, eso sí, con ánimo de desprestigiarle. Todas estas revelaciones matizan el papel histórico de Juan Carlos I, pero la labor desempeñada en esos momentos de riesgo para la democracia fue importantísima. Estoy hablando de él, pero también, por ejemplo, de Jordi Pujol. Sus actuaciones, digámoslo así, no fueron tan estupendas como deberían de haber sido. 

–Y los periodistas de la Transición, ¿aguantarían ese juicio del tiempo?

–En general, los periodistas estuvimos muy cerca del proceso hacia a la democracia, y eso no nos lo puede quitar nadie. A veces, con grandes peligros. Piense que la censura existió hasta casi 1977 y, en cualquier momento, podían cerrar un medio de comunicación. Incluso, llegaron a dinamitar el diario Madrid, literalmente. Escribir era más complicado y hablar en la radio y la televisión públicas ya no le digo... Había una ilusión colectiva tanto en la clase política como en la ciudadanía y, por tanto, los medios acompañaron ese nuevo tiempo. Claro que hay criticar muchas cosas: la servidumbre al poder, los silencios por el bien general… Pero recuerde que, entonces, teníamos un terrorismo que cada día mataba a alguien y unos militares que eran la leche: la democracia estaba, sin duda, en peligro. El libro Los periodistas estábamos allí para contarlo no contiene esa visión crítica, que está por hacer. Como comprenderá, nadie habla mal de sí mismo. 

Fernando Jáuregui / YOLANDA CARDO

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–En ese momento coincidieron en las redacciones periodistas de dos generaciones: los que habían ejercitado su profesión bajo la dictadura y otros recién llegados al oficio. ¿Marcó diferencias esa variada procedencia? 

–Claro que hubo diferencias, pero los periodistas que estaban con el Movimiento desaparecieron gradualmente. Se retiraron solos a sus cavernas. Luego, hubo otros muchos que ejercieron durante la dictadura y que estaban con la democracia y alguno hay, incluso, que hasta se reconvirtió. Lo bueno que tuvo la Transición es que no fue demasiado cruel con nadie, ni siquiera con los franquistas más sanguinarios. Si los verdugos murieron en la cama, otro tanto ocurrió con los periodistas. La nueva situación no les convenía a los profesionales de la información que habían vivido muy cómodamente con el franquismo, o incluso del franquismo. La revolución fue tan grande que ni lo entendían ni llegaron a hacer nunca pie en esas aguas. Qué hacían los periodistas que habían escrito cuarenta años contra los partidos políticos cuando éstos ya se habían aprobado. Nada, o retirarse o refugiarse en los medios ultras, como El Alcázar. Eso sí, hubo actuaciones vergonzosas. Recuerdo el diario Pueblo el día de los fusilamientos de septiembre de 1975 titulando “Hubo clemencia” porque no se ajustició a tantos como estaban condenados a muerte.    

–Usted destaca una faceta poco explorada: la importante labor de las asociaciones de periodistas durante aquellos años. 

–Le voy a decir una cosa: esa labor ha sido demasiado tímida; deberíamos haber luchado colectivamente más por defender la libertad de expresión de algunos ataques. Es importante tener asociaciones y colegios de periodistas, pero su labor ha sido absolutamente insuficiente. Nos hemos dejado ganar por un corporativismo mal entendido, y nos han sacudido como a una estera todo lo que han querido.

–Cuando oye el término ‘régimen del 78’, ¿qué se le pasa por la cabeza?

–Básicamente, pienso que es el régimen actual, salido de la Constitución de 1978. Es verdad que han pasado cuarenta años y no hay texto legal que lo resista. Creo que ya toca reformarla, pero hace falta consenso, porque tiene asuntos ya indefendibles, como el Título VIII, por ejemplo, que es un absoluto dislate. La Constitución se nos está quedando inconstitucional. 

–En su opinión, ¿sería el tema de la organización territorial del Estado el gran asunto a resolver en una reforma constitucional?

–Seguro, pero hay más, muchos más. Es necesario profundizar en la democracia, ya sea ésta territorial, institucional, económica o personal. Me parece muy bien que se despenalicen los insultos al rey porque no puede ser que le metan tres años de cárcel a un rapero gilipollas --insisto: rapero y gilipollas-- por decir una sandez de mal gusto y absolutamente provocativa. Otro ejemplo: una cosa es castigar penalmente a quien bloquea los peajes de las carreteras de Barcelona y otra muy distinta decir que está en curso un delito de terrorismo. No podemos perder la mesura. Instalarse en el desmán, en la demasía, es un error en política, y en eso estamos ahora mismo. 

Fernando Jáuregui / YOLANDA CARDO

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–En contraste con el clima actual que usted resalta, todos los textos de Los periodistas estábamos allí para contarlo hablan de una búsqueda del bien común…     

–Ocurrió así, de verdad. La gente pensaba en el progreso de la nación, en la conquista de una mayor igualdad, en una democracia efectiva… Ahora todos los discursos políticos se reducen, básicamente, a ganar las próximas elecciones.

–Pues, con el panorama que usted plantea, ese consenso que reclama para reformar la Constitución parece imposible.

–Nos faltan dirigentes políticos capaces de tener la humildad suficiente para favorecer ese consenso si están en riesgo unas elecciones. Mientras todos ellos sigan pensando en ganar como sea los próximos comicios, no lo habrá nunca. Pero el país se nos muere, y no estoy dramatizando. Las instituciones están absolutamente desprestigiadas, desde la monarquía al Tribunal Supremo, que hay que ver lo que nos está haciendo; desde el gobierno al poder legislativo, al poder judicial… Si no somos capaces de regenerar todo esto, la cosa pinta mal. Y, además, hemos perdido prestigio exterior a chorros, en buena medida por el proceso independentista catalán. Mientras no hagamos un análisis profundo y completo de la situación, no vamos a salir de la crisis política actual que dura ya cuatro años, la más severa que yo he visto desde la muerte de Franco.

–Curiosamente, esa pérdida de prestigio afecta hoy también al periodismo, cuya credibilidad anda bajo mínimos entre los ciudadanos…

–Demasiado prestigio todavía tiene el periodismo para todo lo que ha ocurrido. Hay medios de comunicación que han practicado auténticos genocidios culturales, desterrando de sus páginas a todos los que no fuesen de su ideología. Hay otros que se dedican exclusivamente a arrimar el ascua a su sardina pase lo que pase y a denigrar siempre lo que dice el contrario. Los que defienden el PSOE, les parece siempre bien lo que hace el Gobierno; los del PP, todo lo contrario. Hay un intento mayoritario, en mi opinión, entre los medios de sobrevivir al bipartidismo, y eso es un error.