Ilustración sobre la vivienda como reflejo del modelo de la sociedad

Ilustración sobre la vivienda como reflejo del modelo de la sociedad FARRUQO

Ideas

La vivienda define el modelo de sociedad

La proximidad requiere ciudades compactas, diversificadas, con una estrategia de futuro y, sobre todo, capaces de cerrar ciclos en escalas intermedias

También: Aida, la Odisea feminizada y las damas oscuras

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“El progreso perfecciona el dolor en la misma proporción en que refina la voluptuosidad”, escribe Charles Baudelaire en Los paraísos artificiales. Dos siglos más tarde, el embrujo de la máquina y los fondos de inversión interrogan al gran poeta y cronista superlativo. La mayoría es más prosaica; quiere saber si la ciudad del futuro será capaz de ofrecerle el hábitat integral en una urbe de proximidad, dotada de servicios esenciales y un entorno comunitario.

La ruptura entre grandes tenedores e inquilinos ha derivado en la denuncia del traslado de rentas públicas, desde las administraciones autonómicas y municipales, a los bolsillos privados de los promotores. Ya no se trata de exigir el fin de la vivienda habitacional o prolongar los contratos de alquiler indefinidos. Se trata del derecho a disfrutar de la dimensión pública de la ciudad, de sus oportunidades; el derecho a participar en las decisiones sobre el destino de la urbe.

La movilización se instala en la llamada proxiliencia, —Carlos Moreno, en El poder de la proximidad— una combinación de proximidad y resiliencia a la que no llega el Decreto Maricarmen. Las movilizaciones de estos últimos días desembocan en las elecciones anticipadas y más sociológicas de la democracia. Sobre las calles de España, todo se ha vuelto fragmentado y fugaz.

Portada de 'El poder de la proximidad'

Portada de 'El poder de la proximidad' Debate

Las referencias urbanas desaparecen de la memoria colectiva, sufren un proceso amnésico, un estado de fuga similar que narra David Lynch en la película Carretera perdida, donde un ciudadano se levanta un día siendo otra persona. Los antecedentes se olvidan; no memorizamos ni el París romántico de Lucien de Rubempré (Las ilusiones perdidas de Balzac), ni la Berlín Alexanderplatz (Alfred Döblin), ni la Barcelona de Rius i Taulet, celebrada a ritmo de polca en las glorietas del Eixample.

Una nueva postal de Barcelona

En poco tiempo, en la capital catalana han desaparecido los jubilados oliendo el salitre lejano del Port Vell y los eméritos contemplando escaparates. Las grandes caminatas urbanas escasean; ya no vegetamos, ahora deambulamos por los desvíos inesperados porque las calles son la única experiencia válida y cada paso es una aventura.

Paradójicamente, la solución de la vivienda a través de la oferta transfiere la riqueza pública al mercado y acaba consolidando una alianza no deseada, pero estructural entre el Estado y el sector financiero.

Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao o A Coruña, génesis de la próxima huelga general, combaten contra el último crimen urbanístico y su grito evoca un verso de Biznaga, la célebre banda de punk rock. Su voz es antifascista y nace de la lucha contra el conservadurismo duro de las rentas extractivas.

Los amotinados declaran: “No destruimos nada si no destruimos también las ruinas”. Las ciudades lo saben; por eso sitúan su luto lejos del centro histórico; trasladan el dolor al extrarradio, excepto en el caso de la capital de Francia que combatió a la aristocracia monárquica a golpe de Guillotina, en medio de las plazas públicas y con la multitud acudiendo en masa a las ceremonias de ejecución.

En Londres, patria de la iniciativa privada y de los Whigs, el mercado rampante está siendo frenado por el nuevo laborismo; el premier, Andrew Burnham, legisla rápido, trata de unir el bien público con el interés privado. Representa una ruptura respecto al tercerismo de Tony Blair y anhela una sociedad de ciudadanos que no cree en el poder económico del más fuerte ni el intervencionismo estatal.

En Roma, la tensión sobre la vivienda se concretó en la ocupación de los Foros Imperiales, justo enfrente del Coliseo, para llamar la atención sobre la inviabilidad de sus antiguas joyas, Bolonia, Pisa, Venecia o Florencia, joyas del Tirreno y del Adriático. En Italia, los alquileres suponen de media un 65% de los ingresos de las familias

La humanidad va camino de convertirse en un rebaño de autómatas prefigurados, atentos al altar de los grandes de la IA : los OpenAI (Sam Altman), Space XAI (Elon Musk), Meta (Mark Zuckerberg), Mistral AI (Arthur Mensch) o Amazon (Jeff Bezos), erigidos ahora en autorreguladores. Los monopolios tecnológicos sufren una enfermedad conocida: su valor está muy por encima de su expectativa de negocio.

Alquiler igual a desigualdad

Pero la mecánica de financiación con deuda, que ven los ciudadanos, impacta. El teatro del mundo se ha trasladado a los de abajo, como un modelo de éxito a escala diminuta. Tener casa propia es un potente imaginario colectivo que arranca con un subsidio, creando una herramienta de negocio y no un instrumento de equidad. Su alternativa es el alquiler, la condena de las cuatro paredes y un techo, a precios desorbitados

La ciudad renace gracias a sus convulsiones; su estética y su anestesia son inseparables, como lo son la acampada frente a la Real Casa de Correos, sede de la presidenta Ayuso, y el impacto electoral de la izquierda en los comicios de noviembre. Sol es una epifanía de la modernidad.

Se llena y se vacía por méritos ajenos a su existencia y la vida de sus ocupantes es captada como si fuera la primera vez. La protesta tiene una causa, pero sus ardorosos militantes saben que para generar ideas hay que captar la verdadera esencia de las desigualdades e injusticias que les han suministrado la praxis.

Cada uno de ellos es El hombre de la multitud, el conocido personaje de Edgar Allan Poe que escudriña a los demás a distancia y es capaz de leer la historia de los otros “en el breve intervalo de una mirada”. Los ultraconservadores seducen a las clases medias, pero llegados al extremo del precio del metro cuadrado, el mundo salarial instalado se rearma uniéndose a una protesta sin siglas políticas y declaradamente antiautoritaria.

"El derecho a la ciudad no puede ser comprendido en el marco de los derechos individuales, sino como un derecho colectivo, democrático", explica la arquitecta y urbanista brasileña Raquel Rolnik (La guerra de los lugares) que fue relatora especial de la ONU para el Derecho a la Vivienda Adecuada.

Portada de 'La guerra de los lugares'

Portada de 'La guerra de los lugares' Descontrol

A inicios de la década de los noventa, el llamado Consenso de Washington aconsejó la renuncia de los gobierno a su papel de proveedores de vivienda pública a costo accesible, para convertirse en facilitadores de la iniciativa privada. Fue el fin de una época en que el Estado consideraba la vivienda como un bien social.

La dignidad del caminante

El momento en el que el hábitat familiar define el modelo de sociedad, especialmente en el contexto urbano exigido a repensar los sistemas de construcción, movilidad, gestión de residuos, abastecimiento alimentario o diseño de espacios públicos, siguiendo el análisis de Paul Krugman, Carlos Moreno, Peter Nijkamp y Karina Kourtit, generadores y difusores de la llamada “economía geográfica”.

La estructura urbana que sostiene nuestras vidas pivota alrededor de lo que Ernest Bloch consideró el derecho humano de “caminar erguido” (aufrechter Gang), algo esencial en el programa de una sociedad más justa. Bloch engarzó este concepto en un modelo de convivencia comprometido a brindar a sus ciudadanos una dignidad en la colectividad, una original afinidad ortopédica con el “derecho a ir derecho” y estar dispuestos a trazar pasos no perdidos a través de un entorno metropolitano.

Las ciudades que sostienen la cotidianidad de la vivienda muestran a menudo el instinto destructivo que combatió Bloch y que se yergue en un caso perdido, como El hombre invisible de H.G. Wells, a criterio de Matthew Beaumont, autor de El caminante (Alianza Ed), una aventura del mundo urbano y las ficciones a las que han dado lugar nuestras ciudades, siguiendo el rastro de Dickens, Poe, Chesterton, Woolf o Bataille, en busca de una poética del caminar buscando espacios de esperanza.

Portada de 'El caminante'

Portada de 'El caminante' Alianza Editorial

En su ser invisible, Wells metaforiza al desplazado urbano que aspira a un estatus sobrehumano, pero que, a causa de su condición de albino, acaba siendo detestado. Es el marginado, el resentido y vengativo que “niega el yo aplicando la moral de los esclavos, frente a la noble moral del amo” (Nietzsche en La genealogía de la moral, anterior a la publicación del libro de Wells).

El hombre invisible labra en la ciencia su propia condición, creada por la sugestión indiscriminada de Londres, la gran metrópoli donde se derrumba el tabique que separa la vida interior de un ser humano de su inmersión metropolitana.

El futuro es una caja de Pandora. Ocupamos el centro de un Gran Guiñol rodeado de ofertantes, ante el nuevo Ubu rey: el Data y los algoritmos. Recorremos la experiencia futurista de Alfred Jarry, cuando dijo que “la máquina es un excelente sustituto de Dios”. La sociedad disfruta de la artificialidad de las cosas que realmente teme, como la crisis nuclear, los recurrentes ataques híbridos de Rusia sobre Europa o la guerra absoluta desatada por los líderes de la burbuja tecno política.

Las máquinas abren la válvula del ingenio sin poder controlarlo. Cuando nuestro inconsciente visibiliza la colonización de la IA, volvemos la mirada hacia hallazgos tempraneros como Metrópolis de Fritz Lang, en los orígenes del cine, cuando se utilizó la fotografía para inmortalizar el instante, añadiendo movimiento.

Hoy como entonces, la comunidad quiere salir adelante con la ayuda de grandes robots que funcionan a distancia. Una vez más, la esperanza de la utopía puede más que la contrastada distopía.

En la sociedad desvertebrada por la escena trumpista que domina el clima político, no sabemos “lo que es suficiente antes de saber lo que es más que suficiente”, como escribió William Blake en uno de sus proverbios del infierno.

La respuesta es imposible a no ser que las decisiones del poder político de proximidad mejore la convivencia, como hizo la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, al reestructurar las calles y plazas que hay delante de los colegios, convertirlos en micro parques o abrir al barrio los patios escolares, durante el fin de semana.

Así convirtió la escuela en un nudo de comunidad, cultura y vida. “La proximidad no es un modelo técnico sino una forma de reordenar la vida urbana desde lo esencial, la salud, el arraigo o el vínculo a mi entorno”, (Moreno). La aplicación de esta lógica requiere ciudades compactas, diversificadas, con una estrategia de futuro y, sobre todo, capaces de cerrar ciclos en escalas intermedias, como la vivienda, la piedra angular del modelo de sociedad.