Cory Doctorow, en la entrevista con Letra Global, en la librería Finestres

Cory Doctorow, en la entrevista con Letra Global, en la librería Finestres

Ideas

Cory Doctorow: "Trump y las tecnológicas tienen una alianza público-privada: puede apagarnos tecnológicamente cuando quiera"

El periodista y activista digital, autor de 'Mierdificación' señala que las grandes plataformas tienen tanto poder porque el sistema político y económico lo ha permitido. Y asegura: "No es que Facebook o Google roben contenidos: lo que roban es el dinero de los medios"

También: Mercedes Monmany: "Trump y Putin odian a Europa porque esta tierra de libertades los deja desnudos"

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Cory Doctorow (Toronto, 1971) es escritor de ciencia ficción, activista digital y una de las voces más influyentes del mundo en la crítica al poder de las grandes plataformas tecnológicas. Autor de novelas y ensayos sobre tecnología, privacidad y monopolio, acaba de publicar en España, en la editorial Capitán Swing, Mierdificación, un libro en el que disecciona cómo las grandes empresas de Silicon Valley degradan deliberadamente sus servicios para exprimir a usuarios, trabajadores y proveedores.

En esta entrevista con Letra Global Doctorow entra de lleno en el problema en el que se encuentran los medios de comunicación. "No es que Facebook o Google roben contenidos: lo que roban es el dinero de los medios", Doctorow analiza en esta conversación el origen político y económico de ese proceso, el papel de los gobiernos y los riesgos democráticos de dejar el espacio digital en manos de unos pocos gigantes privados. Y tiene claro lo que sucede en Silicon Valley: "Trump y las tecnológicas tienen una alianza público-privada: puede apagarnos tecnológicamente cuando quiera".

Usted dice que estas plataformas digitales, en su inicio, eran buenas o prestaban un buen servicio a los usuarios y que han cambiado en solo unos pocos años. ¿Fue una trampa deliberada desde el inicio de estas plataformas o fueron aprendiendo sobre la marcha, en el proceso, para degradarse y caer en esa 'mierdificación' de la que habla y es el título de su libro?

Es un poco de las dos cosas. Hay que entender la teoría económica que puso todo esto en marcha, la llamada teoría del “bienestar del consumidor”, que llega con los economistas neoliberales de la era Reagan y Thatcher. La idea era que los monopolios eran eficientes: si veías que todo el mundo en un mercado compraba sus productos a una sola empresa, eso significaba que esa empresa era tan buena que todos la preferían. Resultaba muy perverso castigar a una empresa por ser tan buena que todo el mundo escogía sus productos frente a los de sus rivales.

Los escépticos de esta teoría decían: “El problema es que, una vez que una empresa acapare el mercado siendo buena con los usuarios, encontrará la forma de subir los precios”. Y los economistas neoliberales respondían: “No, eso nunca pasará. Y si pasa, otras empresas entrarán y les quitarán el mercado”. Había muchos modelos y mucha teoría que predecían que, una vez que las compañías lograran ese monopolio “del propio lado”, abaratarían las cosas para los consumidores empeorando las condiciones para los proveedores, como hace Walmart exprimiendo a sus proveedores para poder ofrecer precios más bajos.

El activista y periodista Cary Doctorow, en la entrevista con 'Letra Global'

El activista y periodista Cary Doctorow, en la entrevista con 'Letra Global'

Los críticos advertían que, una vez capturada la parte de la oferta, las empresas acabarían erosionando también las condiciones del lado de la demanda. Esa advertencia fue rechazada, y sin embargo es exactamente lo que ha ocurrido. Así que se puede decir que quizá la gente que dirigía las empresas no planificó conscientemente todo este proceso, pero desde luego los responsables políticos que crearon los incentivos sí fueron advertidos de que esto sucedería.

Entonces, ¿hablamos más de un proceso que de algo programado desde el principio?

Exacto. Y creo que algo que quiero recuperar con este libro es la idea de que la decadencia de las plataformas no fue automática ni inevitable. No es culpa de los consumidores “por comprar mal”, ni siquiera solo culpa de que estas empresas estén dirigidas por personas terribles; porque la gente terrible siempre ha existido. El problema es que tenemos responsables políticos que, trabajando nominalmente en nuestro nombre, crearon un entorno normativo con un resultado a la vez previsible y previsto: un mundo en el que las peores decisiones de las peores personas son las que más dinero generan.

Si creas ese mundo, tienes que esperar que suceda. Las empresas abusan por la misma razón por la que un perro se lame los cojones: porque puede. Y cuando diseñamos un entorno en el que se gana más dinero tratándonos peor, eso es lo que van a hacer.

De la misma forma que en la economía ha habido un proceso de financiarización, en el caso de las plataformas digitales, ha sucedido algo similar? ¿Son en realidad productos financieros?

Desde luego. Hacen muchas cosas propias de la economía financiera, aunque también hay aspectos excepcionales en las empresas digitales. Por ejemplo, hemos financiarizado las habitaciones de hotel, la edición, muchos sectores… pero no se comportan igual que el tecnológico. En un estado de naturaleza es mucho más difícil para una empresa tecnológica defenderse de nuevos jugadores, porque los ordenadores digitales tienen una flexibilidad enorme: cualquier ordenador puede ejecutar cualquier programa.

Eso significa que, si decides ganar dinero enseñando más anuncios, otra persona puede ofrecer un programa que bloquee esos anuncios. A diferencia de tener el único hotel de la ciudad, donde puedes empeorar el servicio y mantener cautivo al cliente, en lo digital la entrada de nuevos competidores es mucho más sencilla. Si en un aeropuerto encareces el agua al otro lado del control de seguridad, yo no puedo quedarme fuera y lanzar botellas baratas a mis clientes. Pero si empeoras tu plataforma, cualquiera puede enviar software a tus usuarios que la mejore.

En ese “estado de naturaleza”, las plataformas eran resistentes al 'enmierdamiento', a la 'enshittification'. Pero con la expansión de las leyes de propiedad intelectual —en Europa, el gran cambio fue el artículo 6 de la Directiva de derechos de autor de 2001— se hizo ilegal la ingeniería inversa y la modificación de las plataformas sin permiso. Una app es como una web, pero la diferencia es que es ilegal modificar la app para meterle un bloqueador de anuncios porque es una plataforma cerrada, y la Directiva hace ilegal abrir una plataforma cerrada. Por eso todas las empresas quieren que uses su maldita app y no su página web.

Lo excepcional de la tecnología es que teníamos esa flexibilidad digital. Cuando se usa la propiedad intelectual para bloquear la interoperabilidad, la flexibilidad sigue ahí, pero solo se usa para abusar de ti: para cambiar las reglas de la app cada vez que la usas. Si entras en una librería no pueden cambiar todos los precios en cuanto cruzas la puerta; en Amazon, el precio puede ser distinto para cada usuario. Es flexibilidad digital del lado de la oferta, pero no del lado de la demanda: todo el poder digital para las empresas, ninguno para los usuarios.

Cary Doctorow, en la entrevista con 'Letra Global'

Cary Doctorow, en la entrevista con 'Letra Global'

Otro rasgo excepcional, y muy contingente, es el mercado laboral tecnológico. Cuando el sector despegó, los trabajadores tech eran escasos, muy valiosos y por tanto muy poderosos. Obtuvieron salarios altos y todo tipo de beneficios: masajes, tintorería, piscinas de bolas, toboganes en la oficina… no porque los fundadores los amaran, sino porque cada programador podía valer un millón de dólares y había otros diez jefes dispuestos a contratarlo en la puerta de Google.

Muchos de estos trabajadores se preocupaban por los usuarios. No todos encajan en el cliché del 'tech bro': mucha gente vio su vida transformada gracias a la tecnología y quieren que otros tengan las mismas oportunidades. Si hablas con alguien que usa Linux y le preguntas por Linux, no deja de hablar porque quiere compartir eso que considera tan increíble.

Así que esos trabajadores eran poderosos y se preocupaban por los usuarios. Cuando el jefe les decía: “Tienes que 'enmierdar' el producto”, ellos respondían: “No me salté el funeral de mi madre para sacar este producto al mercado y convertirlo en una mierda. Me niego. Y si me despides, hay alguien al otro lado de la calle que me contrata esta tarde”. Pero cuando tu poder nace de la escasez, en cuanto la oferta alcanza a la demanda, desaparece.

​Los trabajadores tech olvidaron que eran trabajadores; nunca se vieron como tales, sino como fundadores en potencia, emprendedores a la espera. Por eso casi no hay sindicatos en el sector. Cuando la oferta de mano de obra alcanzó a la demanda, llegaron los despidos masivos —cientos de miles en pocos años— y los trabajadores perdieron su poder. Donde antes había diez jefes esperando para contratarte, ahora hay diez trabajadores esperando para quedarse con tu puesto. Ya no tienen poder.

Esas son características únicas de los mercados digitales. Creo que sindicalizar a los trabajadores tecnológicos ayudaría mucho, pero también que restaurar la interoperabilidad es una palanca muy potente. A diferencia de otras regulaciones donde, por ejemplo, la Comisión Europea intenta obligar a Apple a escribir código para permitir otra tienda de apps en el iPhone, aquí no hace falta convencer a Apple de nada.

Apple puede decir: “Que os den, no vamos a escribir código para vosotros, y no podéis obligarnos porque el presidente de Estados Unidos os castigará si lo intentáis”. En cambio, lo que podemos hacer es quitarle a Apple el derecho a usar los tribunales europeos para destruir empresas europeas que corrigen defectos de sus productos. De ese modo convertimos los billones de Apple en miles de millones para Europa, rescatamos a los europeos de la extracción de Apple y a las empresas europeas de la “regulación privada” de Apple, porque Apple decide qué apps pueden existir y cuáles no.

En la práctica, son un regulador omnipotente del mercado. Y la idea es reducir ese poder sin tener que extender nuestra autoridad dentro de esas empresas que han demostrado ser más poderosas que muchos Estados.

Entonces, ¿es posible regular a estas empresas dentro de una democracia liberal, o tenemos que asumir que son, de hecho, contrarias a la democracia?

Para que un árbitro consiga que un equipo no haga trampas, el árbitro tiene que ser más poderoso que los jugadores. Si el árbitro es más débil, los jugadores ignoran sus decisiones. Por eso, históricamente, el derecho de la competencia ha intentado mantener pequeñas a las empresas: no porque no haya eficiencias al ser grande, sino porque una empresa solo se puede regular si es menos poderosa que el gobierno que la regula.

Se lo digo a mis amigos libertarios: incluso si crees que el Estado debe ser mínimo y limitarse a hacer cumplir contratos, tiene que ser más poderoso que las partes de esos contratos. Si no, las partes harán trampas y el Estado no podrá hacer nada. El tamaño mínimo posible del Estado viene determinado por el tamaño máximo de la empresa que estés dispuesto a tolerar.

Pero Europa, Estados Unidos y muchos otros países fomentaron los monopolios durante cuarenta años y permitieron que las empresas violaran la ley para formarlos. Basta mirar las adquisiciones de Facebook —WhatsApp, Instagram y decenas de otras empresas más pequeñas—: eran claramente ilegales tanto en Estados Unidos como en Europa, pero Washington y Bruselas las dejaron pasar.

Portada del libro de Doctorow

Portada del libro de Doctorow

Tras la Segunda Guerra Mundial, con el Plan Marshall, tecnócratas estadounidenses ayudaron a reformar los ordenamientos europeos e incorporaron el derecho de la competencia estadounidense porque sabían hasta qué punto los monopolios habían sido clave para el fascismo; no habría habido Hitler sin los grandes monopolios alemanes. Por eso se redactaron leyes antimonopolio. Europa tenía normas semejantes en los años cincuenta. Que se toleraran esas fusiones muestra hasta qué punto dejamos de hacer cumplir las leyes en la era Reagan y el giro neoliberal.

Desmantelar un monopolio es mucho más difícil que impedir que nazca, pero no es imposible. Ya lo hicimos: las leyes contra los gigantes como Rockefeller, Carnegie o Mellon se aprobaron hace unas pocas generaciones, no hace mil años. Hay gente viva hoy que fue formada por quienes desmantelaron esos emporios. No estamos intentando redescubrir cómo construir una pirámide sin herramientas eléctricas; no es un arte perdido. Es algo que hicimos, que tenemos en la memoria, y podemos volver a hacer. Habría sido mejor no tener que llegar a este punto, pero ya estamos aquí.

Se aplicaron leyes para romper esos monopolios

Exacto. Y luego dejamos de aplicar las leyes en la época de Reagan. Las hicimos funcionar de 1920 a 1980 y luego paramos, por el giro neoliberal: “es eficiente, bla, bla, bla”, se decía. Pero el hecho de que consiguieran aprobar esas leyes hace pocas décadas, y no hace mil años, deja claro que debería ser posible ahora.

Usted dice en el libro que la gente sigue en X, en Twitter, por ejemplo. Saben que existe este fenómeno de 'mierdificación', pero prefieren seguir en esas plataformas. ¿Por qué?

Yo no creo que el problema sea que la gente “prefiera” Twitter. Creo que el problema es que quieren más a sus amigos de lo que odian a Elon Musk. Cambiar el comportamiento individual es difícil, pero cambiar el comportamiento del grupo es muchísimo más complicado. Lo complicado no es que tú quieras irte de Twitter, sino conseguir que se vayan todos tus amigos a la vez.

Musk y Zuckerberg apuntan a una especie de equilibrio económico: infligir casi tanto dolor como para que quieras irte, pero no tanto como para que realmente te vayas. No es que disfruten del sufrimiento ajeno, es que infligirte “dolor” —más anuncios, más manipulación— es una forma de ganar dinero. Es como un casero que piensa: “A mi inquilino le cuesta 1.000 euros mudarse; mientras cada mes yo le inflija solo 999 euros de dolor —no arreglar la calefacción, no reparar las escaleras— seguirá aquí”.

¿Qué hacemos con ese casero? Lo que hacemos con los propietarios de vivienda es prohibir ciertos abusos: imponer multas si no arreglan la calefacción para que sea económicamente racional mantener el piso en condiciones aceptables. Ahora mismo no podemos hacer lo mismo con las plataformas, porque han demostrado una y otra vez que pueden ignorar a la Comisión Europea. Por eso tenemos que hacerlas más pequeñas, para poder regularlas de verdad.

¿Y qué pasa con los medios de comunicación? ¿Necesitamos una especie de revolución para poder ofrecer buena información a la gente?

Vemos intentos en todo el mundo, también en España, de aplicar “códigos de negociación de noticias”, donde se exige una licencia o un pago por enlazar contenidos informativos y permitir que la gente hable de ellos. Yo creo que esto ha sido un gran error. No es malo para las noticias que la gente encuentre las noticias y hable de ellas; eso es bueno. Si no puedes encontrarlas ni discutirlas, eso no es noticia, es un secreto.

Pero, ¿qué le roban Facebook o Google a la prensa? No es el contenido, es el dinero. De cada euro de publicidad, unos 50 céntimos o más acaban en Google y Facebook gracias a su monopolio en la publicidad digital, mientras que antes de los anuncios digitales el intermediario se llevaba del orden del 15%. Cuando un lector se suscribe desde iOS o Android, el 30% se lo lleva Apple o Google, frente al 3% aproximadamente que cobra Visa por procesar un pago. Además, aunque alguien te siga en Facebook o Instagram, la plataforma no muestra tus contenidos a tus propios seguidores si no pagas para “impulsarlos”.

Así que lo que se está robando es dinero, no contenido. Y cuando el sector de los medios dice: “Vale, sigue robando, pero dame una parte de lo que robas”, eso es redistribución, que siempre es menos eficiente que impedir el robo desde el principio. Sería mucho mejor atacar las causas: romper los monopolios publicitarios, abrir los sistemas de pago y limitar el poder de las plataformas de intermediación, en vez de convertir a los medios en socios de negocio subordinados a las plataformas.

Por ejemplo, el Reglamento de Mercados Digitales intenta romper los monopolios de la publicidad y de los pagos, pero quizá llegue tarde y haya que recurrir a la interoperabilidad técnica y la ingeniería inversa para abrir esos mercados. Si los medios quieren apostar por lo que realmente puede funcionar, tienen que dejar de aceptar ese papel de socios menores de las plataformas, dejar de decir: “Róbame, pero devuelve algo” y pasar a bloquear la extracción de valor de raíz.

Entonces, ¿Trump es el capitán de estas plataformas o pueden incluso superarlo? ¿Son Trump y Estados Unidos en su conjunto los que están a merced de Silicon Valley?

Creo que Trump y las plataformas han construido una especie de alianza público-privada, muy parecida a lo que pasa con la vigilancia. Durante años, en Silicon Valley, cuando yo hablaba de privacidad, la gente me decía: “No quiero que la NSA me espíe; los tecnólogos del gobierno son los que no pudieron conseguir trabajo aquí, no confío en ellos. Pero Google solo quiere enseñarme mejores anuncios; no me importa que Google me espíe”. En Washington, en cambio, los funcionarios decían: “El gobierno ya tiene todo sobre mí, lo importante es que empresas como Google no me espíen porque venderían a su madre por un dólar”.

​¿Por qué se permitió a Google espiar? Porque los servicios secretos y la policía usaban los datos de Google. Cada vez que había intentos de aprobar nuevas leyes de privacidad, el aparato de seguridad y de orden público intervenía para bloquearlas. Estados Unidos no aprueba una gran ley federal de privacidad de consumo desde 1988; la última importante prohíbe a los videoclubs filtrar a la prensa qué cintas VHS alquilas. Todo lo demás es legal, y eso se debe a que los servicios de seguridad han blindado la capacidad de las empresas para espiar.

Elon Musk apoya a Donald Trump, en octubre de 2024

Elon Musk apoya a Donald Trump, en octubre de 2024 Jen Golbeck EUROPA PRESS

Hoy esto va más allá de la vigilancia. Durante años se nos dijo: “Si dejáis que Huawei construya vuestra red 5G, Xi Jinping podrá apagar vuestros teléfonos cuando quiera”. Y es verdad, pero lo mismo se aplica a Trump y a las grandes tecnológicas estadounidenses. Ya lo hemos visto: Trump ha usado a Microsoft y otras empresas para sancionar y desconectar a jueces y fiscales con los que está enfrentado, como el fiscal del Tribunal Penal Internacional que emitió una orden contra Netanyahu.

La idea de que estas infraestructuras —la nube, los cables submarinos, las grandes plataformas— son “neutrales” es una ficción. Estados Unidos siempre las ha usado como instrumentos geopolíticos, pero antes lo hacía de forma discreta, con cierta “negación plausible”. Trump lo hace abiertamente: dice sin rodeos que usará estas herramientas contra aliados y socios si no se pliegan a sus exigencias, por ejemplo para presionar a la Unión Europea a desmontar el Reglamento de Mercados Digitales o el Reglamento de Servicios Digitales.

Eso es terrible, pero también hace el problema muy visible. Muchas crisis se han podido negar mientras crecían lentamente; cuando todo estalla de golpe, ya no puedes fingir que no pasa nada. Con el gas ruso ocurrió eso: de repente se interrumpió el suministro y Europa tuvo que acelerar su transición energética, pasando en pocos años de ir quince años por detrás a estar diez por delante respecto a los planes iniciales, pese al poder de las petroleras. En un momento así, los lobbies pierden fuerza. Con la crisis actual en torno a Trump y las grandes tecnológicas ocurre algo parecido: no he deseado esta crisis, pero una vez que existe, sería un error no aprovecharla para cambiar las reglas.

¿Y China? Da la sensación de que entendió todo esto desde el principio. TikTok, por ejemplo, funciona de forma muy distinta en China y en Occidente.

China no es tan excepcional como solemos imaginar. Las grandes tecnológicas chinas son muy poderosas frente al propio Estado chino, igual que las estadounidenses frente a su gobierno. Por eso vemos campañas periódicas de “mano dura” contra gigantes como Alibaba o Tencent, como cuando Xi Jinping arrinconó a Jack Ma.

El Partido quiere que esas compañías colaboren con el Estado, no que compitan con él por el poder. El pacto es: tenéis un amplio margen para hacer negocios, siempre que no compitáis con el Partido, sino que actuéis como un brazo suyo cuando se os requiera. Aun así, Pekín es consciente de que estas empresas pueden llegar a decir “no” si son demasiado fuertes. Un ejemplo importante es su directiva sobre ciberespacio, algo así como su equivalente al Reglamento de Mercados Digitales: incluye una norma que prohíbe a las plataformas dominantes chinas bloquear la interoperabilidad con nuevas empresas chinas.

Eso es el Estado diciendo: “Vamos a debilitar deliberadamente a nuestros gigantes permitiendo que surja competencia interna, porque preferimos que sean menos poderosos y regulables, aunque eso reduzca su dominio”. No es un modelo en el que el Estado y las tecnológicas sean exactamente lo mismo; son aliados y rivales a la vez.

Por tanto, ¿estamos avanzando hacia una dictadura de estas plataformas, tanto en China como en Occidente? Pueden influir en el voto, controlar lo que compramos...

Hay que tener cuidado con cómo describimos su poder para no regalarles más aura de la que merecen. A menudo, cuando estas empresas hablan de su capacidad para manipular, están haciendo marketing de sí mismas. Cuando Zuckerberg dice que puede “hackear tu circuito de dopamina” y “reprogramarte”, está vendiendo anuncios: quiere que los anunciantes crean que Facebook puede controlar la mente de la gente.

Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Meta

Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Meta EFE

Si repetimos sin crítica esos eslóganes, caemos en lo que algunos llaman crita-hype: criticarles repitiendo su propia exageración. Pasa con la IA: no es que la IA pueda hacer tu trabajo; es que un vendedor de IA convencerá a tu jefe de que te despida y te sustituya por un sistema que no puede hacer tu trabajo. Es muy distinto. Si nosotros mismos repetimos que “la IA puede hacerlo todo”, le estamos allanando el terreno al comercial cuando vaya a vender esa promesa a tu empresa.

Con las plataformas ocurre lo mismo. Sí, tienen mucho poder, pero ese poder tiene bases materiales claras: captura regulatoria del Estado, presión sobre los reguladores, uso de las leyes de propiedad intelectual para bloquear la competencia, adquisiciones para eliminar rivales, control de infraestructuras críticas. Si descomponemos su poder en estos puntos concretos, podemos ver dónde están las palancas: abrir la interoperabilidad, reforzar la aplicación de las leyes de competencia, limitar la concentración, proteger a usuarios y trabajadores. No son dioses; son conglomerados que explotan huecos muy específicos del sistema.

¿Quién le parece más peligroso? Porque vemos a Zuckerberg, a Elon Musk, pero también a gente como Peter Thiel, con un discurso ideológico muy elaborado detrás, impulsando a personajes como Vance.

Estos tipos son gente horrible, pero no son supervillanos. Son personas mediocres con muchísimo poder que cometen errores enormes todo el rato: mire los 80.000 millones de dólares que Zuckerberg ha tirado en el metaverso, o las ideas disparatadas de Musk sobre genética o el apocalipsis, por citar solo dos ejemplos.

El problema de personalizar el mal en uno de ellos es que convertimos un problema de sistemas en un problema de hombres. Si esta noche Musk muriera de una sobredosis o alguien lo asesinara, lo que pasaría es que una docena de tipos similares pelearía por ocupar su lugar y, al final, uno de ellos sería indistinguible de Musk. Musk no es la causa; es el síntoma de un entorno político y regulatorio diseñado para que surjan oligarcas así.

En cierto modo, al menos ellos ya no pretenden estar trabajando por nuestro bien: dejan claro que trabajan para sus accionistas. Quienes sí deberían trabajar para nosotros son nuestros responsables políticos. Y son ellos quienes han aprobado —o dejado de aplicar— las leyes que han permitido esta concentración de poder: no hacer cumplir las normas de competencia, tolerar que la privacidad se vacíe de contenido, aprobar normas de propiedad intelectual que impiden a empresas europeas competir con las estadounidenses.

Esas políticas tenían como resultado previsible —y previsto, porque se les advirtió— justo el mundo en el que vivimos ahora. Por eso, para mí, los más peligrosos no son los magnates en sí, sino los legisladores que “se dejan llevar”, que dicen que la realpolitik impide plantar cara a estas empresas. Son los que abren y mantienen el hueco en el que se encajan estos oligarcas.