Axel Munthe, por Farruqo

Axel Munthe, por Farruqo FARRUQO

Ideas

Axel Munthe, el humanista total que siempre regresa a Capri

Munthe es el doctor morfina en las trincheras de Francia durante la Gran Guerra y el hombre que se hace invisible en los mil caminos de ida y vuelta entre las ciudades de Europa y su isla y es el médico famélico y enjuto que deambula por Nápoles en noches de peste y muerte

Entre Penélope y Mesalina: La Europa de las reinas infieles

Llegir en Català
Publicada

El cielo es casi siempre crepuscular a pesar de la verticalidad de las ráfagas de sol radiante sobre la isla de Capri, en la costa del mar Tirreno. Cuando se apaga su faro, es una isla desnuda, sin turistas, con espasmos de viento, hija del mar, de Poseidón, como la descubre Axel Munthe, en 1887, el médico y humanista sueco que marca, en términos de sensibilidad cultural y cívica, el fin del ochocientos y los primeros años prometedores del novecientos.

Munthe es también el doctor morfina en las trincheras de Francia durante la Gran Guerra y el hombre que se hace invisible en los mil caminos de ida y vuelta entre las ciudades de Europa y su isla. Pero es, sobre todo, el médico famélico y enjuto que deambula por Nápoles en noches de peste y muerte, en busca de enfermos que sobreviven en las calles esperando el láudano que los transfiera al otro mundo, aunque muchos llegan todavía vivos al canal calcinado donde se queman los restos de centenares de mujeres, hombres y niños, antes de ser sepultados.

El drama empieza en verano de 1884, cuando un barco de guerra propaga el virus en Tolón y, desde allí, la pandemia se extiende en Marsella y a La Spezia, hasta alcanzar Nápoles.

Portada del libro de Axel Munthe

Portada del libro de Axel Munthe

Munthe encarna a la salud pública en un país sin Estado; sobrevive al infierno con un fonendo y un pañuelo que le cubre la boca, durmiendo en las calles de la epidemia sin fin. Siete años después, vive una experiencia todavía más cercana a la muerte, como médico de campaña del lado francés, en el frente de Verdún.

Siempre regresa a Capri, frente al extremo sur del área urbana napolitana: “Siento mi inútil soledad en la vieja torre, humillado y abatido”. Es en el fondo un guerrero. Disfruta lo que se dice en las colinas que se levantan sobre la costa escarpada, con olivares, tomillo, lavanda y encinas, donde la diosa Atenea recibía tributos.

Será cierto porque los habitantes de Capri, tierra encantada, todavía adoran la inteligencia, la forma más duradera de la seducción. La isla conserva “el aura de lo antiguo” (Walter Benjamin). La gran Greta Garbo se sube a Mont Sant-Michel para morir de belleza en el Jardín del César. Está en la cima, allí donde Lawrence, el adorador del sol, sitúa el camino de los dioses.

Elegantes homilías

El balance de la vida de Munthe, recogido en su autobiografía, La història de San Michele (Quaderns Crema), es una aventura emocional e intelectual de intensidad suprema. En España, la obra es conocida por los lectores atentos gracias a la edición ilustrada en castellano de Siruela, Historia de San Michele (2015), que también contiene 32 apartados correspondientes a sus visitas a capitales de toda Europa y una conclusión dedicada a su casa de Capri, “bajo un batir de alas con el aire de primavera”.

Munthe ha conocido la isla siendo muy joven, jura descubrirla y acaba quedándose en una villa discreta situada en lo más alto, sobre las enormes moles subterráneas de la domes romana que perteneció al emperador Tiberio.

Allí mismo levanta con sus manos su real mansión hecha de mármoles y alabastros con ventanales cubiertos de vid, a la sombra de coníferas mediterráneas. Desde sus altozanos de cal y tiza, los veleros que se avistan atraviesan el golfo de Nápoles sin camarotes de alto nivel ni galerías de boutique ni pistas de baile; y cuando pierden el norte por un gran temporal los marineros a bordo no merecen las elegantes homilías del Queen Elizabeth en su funeral.

Vistas desde Capri

Vistas desde Capri enroma.com

“¿Por qué no escribir ahora la historia de San Michele, si las cosas empeoran y siento que mi valor flaquea? ¿Quién iba a escribir sobre el lugar mejor que yo, que lo he construido con mis propias manos? ¿Quién podría describir mejor todos los fragmentos de mármol dispersos por el jardín donde he vivido sobre el suelo del sombrío y viejo emperador, cuyos cansados pies pisaron el mismo mosaico que yo he sacado a la luz después de tantos y tantos años oculto bajo las vides?”.

Munthe se lo pregunta y se autoconvence: No hay nada como escribir un libro para un hombre que necesita huir de su propia miseria. Reproduce a su amigo Henry James, en Italian Hours: “No hay nada como la soledad para convocar al espíritu del lugar”. Es el genius loci del arquitecto Christian Norberg-Schulz cuando se preguntaba ¿Qué quiere ser este lugar?

Afrodisíaco y narcótico

Para Munthe la pregunta sería iletrada, porque sobre las piedras de la antigüedad y el aroma del mar pegado a su frente, el doctor reedifica el Mediterráneo de césares y faraones, el agua de los trirremes, las lanzas levantadas y los tobillos esclavos destruidos por las cadenas.

Axel Munthe inventa el dolor de los que sufren por los demás, sin conocerlos; sufre por la humanidad cuando la escenografía del mundo se ennegrece, como ocurre ahora mismo en tiempos agoreros. Empieza su obra escrita por sus Cartas de Nápoles publicadas en el diario con mayor tirada de Estocolmo.

Escribe en inglés y los lectores siguen con avidez sus mensajes de amor y muerte: “llenos de embriaguez, amor y vino flotando en el aire de la epidemia de cólera; constreñidos por la irresistible fuerza de una ley natural, hombres y mujeres caen en brazos unos de otros, los ojos vendados por el deseo, sin darse cuenta de que es la muerte quien preside su unión con el afrodisíaco en una mano y un narcótico en la otra”.

Es descarnado, patético y poético, con la inocencia cristiana de un santo canonizado. El éxito de sus cartas es tan enorme que su producto va a parar, durante años, a los huérfanos de Nápoles y a los pescadores que lo han perdido todo a causa del cólera, los terremotos y las inundaciones; esta herencia menor tiene también como destinatarios a los perros, gatos y caballos de tiro que recorren su isla.

Munthe es el primer humanista de la Europa racionalista y postromántica; un animalista a contracorriente y un defensor del medio natural. El médico austero que se pasea siempre junto a su mascota sobre la costa Amalfitana, habla así de su villa: “Mi casa estará abierta al sol, al viento y a las voces del mar, como un templo griego”.

Años de estrecheces

Y así es o así fue, después de todo. Desde su mirador divisa Isquia, Procida, la llanura de Sorrento junto al Monte Sant'Ángelo y, en días claros, su vista alcanza los Apeninos con los picos cubiertos de nieve. Mientras camina o descansa con la espalda pegada a un entramado de piedra y verde, su evocación de libertad solar llega a las letras de Norman Douglas, al “murmullo cósmico”, propiedad singular de Capri” (Las sirenas y sus ancestros; Casa Vacía, 2024).

Imagen de Axel Munthe

Imagen de Axel Munthe

El universo íntimo de Munthe se atomiza en las voces arcanas del sur de Italia; se hace más y más denso, cuando nos adentramos en La historia de San Michele. Después de años de estrecheces, la ayuda del diplomático y estadista británico lord Dufferin le permite a Munthe recuperar el dinero gastado en años de ejercer la medicina sin cobrar y dedicado a las actividades sociales que lo han dejado en la ruina.

Ahora es el doctor renacido, a bordo del Lady Victoria, un cutter de diez metros de eslora producto de sus años de ejercicio profesional en Roma y de las donaciones desconocidas de su amiga la reina Victoria de Suecia y Noruega.

Alcanza la plenitud y olvida el insomnio; duerme de un tirón y se levanta al alba para darse un baño de mar bajo el Faro de Punta Carena, como lo hacía Byron en la Laguna de Venecia. La herencia de su éxito profesional le conduce a la vida de casado con una adinerada Pennington-Mellor, pero también a la rutina y la enfermedad.

Anticipar los desastres

A su último paso por París, reclama su ciudad amable del qui s’amuse y terrible del qui travaille. Ha sido discípulo de Charcot en el Instituto Pasteur, donde los exámenes son una especie de lotería indulgente frente al bisturí sanador que se esgrime sin recato en la batalla del quirófano contra la enfermedad. Munthe es un psiquiatra que ha abrazado la medicina general del médico de familia. Desnuda con la mirada y tranquiliza con la palabra. Es un narrador del pasado cuando era presente, un memorialista en los lindes de la autobiografía.

Su relativa gloria le lleva a descubrir la verdad y evitar las sombras. Viaja, lee y aprende y, en periodos más o menos largos, regresa a San Michele, para descansar en su domus romana regada de tallas del tiempo de los senadores sobre atriles vegetales; entra en el silencio, en la civilización concentrada en lo más alto de la isla de Capri, huyendo de las ciudades -París, Venecia, Roma, Viena o Praga-, de los lugares -el Barrio Latino, el Chateau Rameaus, Madame Réquin, la hipnosis, el insomnio, el santuario de aves o el principio del fin- y de su nómina de grandes pacientes, que poseen la fortuna, que él derrocha en la compra de piezas de arte para los jardines de San Michele.

Ce n’est rien donner aux hommes que de ne pas se donner soi-même. La Historia de San Michele arranca con esta cita de Montaigne, una mención que reduce a la praxis pura el ejercicio de la medicina.

El excepcional relato de la vida de un hombre de ciencia y letra; el médico preferido del París aristocrático que refleja Proust en La Recherche; el alumno predilecto del neurólogo Charcot, el cátedro de la Salpêtrière que investiga la hipnosis y la histeria y al que Munthe acaba detestando.

En la memoria de Capri se lee con claridad el principio del fin -Munthe, nacido en 1857, muere en 1949-, su viaje a la eternidad: “pocos amigos, pocos libros, poquísimos y un perro es todo lo que necesitáis mientras os tengáis a vosotros mismos”. Siempre quedará algún misterio por atar en la trayectoria y la influencia del doctor y autor maravilloso. En Peregrinos de la belleza (Acantilado), María Belmonte escribió una biografía de Axel Munthe que desentraña aspectos con un estilo impecable.

Desde lo alto de la colina donde se alza la Villa San Michelle, en días de calma, el visitante imagina al doctor ante la enorme ensenada de Nápoles; asume la plenitud de la naturaleza y se siente capaz de anticipar sus desastres, como lo hizo Plinio el viejo, Prefecto de la flota romana, cuando anunció la gran erupción volcánica del Vesubio que destruyó Pompeya.