Escena de la serie 'Gangs of London'

Escena de la serie 'Gangs of London'

Cine & Teatro

'Gangs of London': El arte de la salvajada

'Gangs of London', creada por el galés Gareth Evans, es una explosión de violencia desmesurada como no se había visto por televisión en mucho tiempo, o tal vez nunca

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Como les contaba la semana pasada, ante el ritmo pausado de exhibición de los episodios de la segunda temporada de la serie Mobland, me tuve que buscar la vida para no quedarme sin atrocidades criminales durante toda una semana, entre capítulo y capítulo de Mobland, pues me había enganchado a ellas gracias a tan estupenda serie.

Recordé entonces una vieja recomendación de mi amigo el abogado y escritor Javier Melero, Gangs of London, que había ignorado hasta entonces, tal vez porque estaba basada en un videojuego.

Poster de la serie 'Gangs of London'

Poster de la serie 'Gangs of London'

Tras comprobar que ese videojuego no había tenido ningún éxito y que, además, su trama no tenía nada que ver con la de la serie, recurrí a ésta a modo de placebo, haciéndome adicto de inmediato y tragándome los 26 capítulos de sus tres temporadas (renovadas ya para una cuarta a estrenar el año que viene) prácticamente del tirón.

Gore y humanidad

Enseguida comprobé que, en comparación con Gangs of London, Mobland es casi una agradable comedia de costumbres (chungas y discutibles, pero costumbres a la postre). Creada por el galés Gareth Evans, Gangs of London es una explosión de violencia desmesurada como no se había visto por televisión en mucho tiempo (o tal vez nunca).

Los tiroteos son constantes y los muertos se apilan unos sobre otros (ahí se puede intuir el origen de la obra en un videojuego de esos que puedes elegir el personaje que más te apetezca interpretar desde el sillón: luego no te quejes si te matan, haber escogido mejor).

Afortunadamente, ese factor humano del que hablaba Graham Greene no ha sido descuidado y, pese a que todos los personajes, sin excepción, son moralmente abominables, no se pierde del todo una cierta empatía por (algunos de) ellos.

Todo empieza con el asesinato (a través de la puerta de un apartamento cutre en el barrio albanés de Londres) de Finn Wallace (Colm Meaney), gánster irlandés que controla una parte muy importante del inframundo londinense a medias con su amigo de la adolescencia, Ed Dumani (Lucian Msamati), con el que puso en marcha el plan de vengarse a través del crimen del trato reservado en la capital británica a irlandeses y negros.

Nadie sabe qué hacía el todopoderoso Finn Wallace en un zulo albanés, pero la delincuencia londinense no vuelve a ser la misma tras su inesperada ejecución. Se impone una reordenación de las cosas.

La familia Wallace, como era de prever, se las trae. La viuda, Marian (Michelle Fairley, la Catelyn Stark de las tres primeras temporadas de Juego de Tronos) es una arpía fría y pesetera que solo piensa en el negocio y que se huele una última infidelidad en la muerte de su marido.

Su primogénito, Sean (Joe Cole, el John Shelby de Peaky blinders), se muere de ganas de ser como su difunto padre, pero tiene un notable punto psicopático y cierta tendencia a solucionar las cosas con una violencia extrema.

Su hermano menor, Billy (Brian Vernel), está hasta las narices de su familia y se dedica al consumo de heroína y a las orgías homosexuales. Con esos mimbres, la matriarca de los Wallace deberá resolver el asesinato y matar a cualquiera que se le ponga por delante con la intención de arrebatarle su trono de reina del crimen en la ciudad de Londres.

Londres es una ciudad grande y da de comer a una gentuza multiétnica. Además de los irlandeses, la policía (que casi no hace acto de presencia en toda la serie) debe bregar con clanes de paquistaníes, kurdos (comandados por la bella Lale, una mezcla de mujer y el Terminator, capaz de librarse de sus enemigos segundos después de dar a luz) albaneses (con la bestia parda de Luan) y de cualquier otro lugar.

El único personaje seudo positivo es Eliott Carter (Sope Dirisos), un policía infiltrado que acaba convertido en un gánster más, aunque siempre con alguna posibilidad de redención (se hunde en la miseria moral para descubrir quien mató hace unos años a su mujer y su hijo pequeño).

Un relato poco realista

Si algo no hay que buscar en Gangs of London es verosimilitud. La violencia post parto de Lale (Narges Rashidi) es vistosa y está muy bien coreografiada, pero no hay quien se la crea. Asimismo, con la de bofetadas que recibe Elliot a lo largo de la serie, no hay quien remonte la situación y logre acabar con los enemigos de turno.

Se imponen aquí raciones extras de la suspensión de la incredulidad necesaria para seguir casi cualquier ficción audiovisual. Una vez consumidas, queda abierta la puerta a la diversión y el (in)sano esparcimiento.

Violencia extrema. Personajes abyectos. Una ciudad convertida en el escenario de un crimen permanente. Realmente, ¿qué puede fallar en Gangs of London?