Ilustración de 'Naza'

Ilustración de 'Naza' FARRUQO

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La difusión de 'Naza' desplaza al antisemitismo que justifica los atroces crímenes en la franja

'Naza', el documental que ha recogido el testimonio de la matanza masiva y sistemática de civiles palestinos de las Fuerzas de Defensa de Israel durante la guerra de Gaza

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El genocidio en Gaza contado por Yuval Abraham y Rachel Szor en el documental Naza, premio del jurado en la Mostra de Venecia, expone básicamente los testimonios de miembros del ejército y la inteligencia israelí encargados de aniquilar utilizando la IA para identificar a ciudadanos indefensos en el interior de la franja.

Poster del documental 'Naza'

Poster del documental 'Naza'

En el documental, aparecen 24 militares que hablan con frialdad desde puntos ocultos de Tel Aviv, protegidos por la oscuridad de la noche que, modificando sus rostros y voces, relatan una máquina de matar palestinos aterradora por su frialdad.

La narración de los militares israelís que se acusan a sí mismos de los crímenes de su ejército es inenarrable por la distancia que se imponen como hombres sin alma. Después de 70.000 civiles muertos, Occidente no muestra reacciones claras, salvando el caso de España, que lidera el grupo en el que se encuentran Sudáfrica, Senegal o Bolivia, entre otros.

Hasta ahora se ha impuesto la banalidad del mal; caminar de frente, mientras otros se ven aplastados y no se ven ni tímidas reacciones en países realmente poderosos, salvo el caso de España, miembro de la UE. El pasado mes de setiembre un total de 40 Estados, la mayoría de segundo rango internacional, integrantes del Grupo de la Haya, mostraron su defensa del derecho internacional frente al genocidio israelí en Palestina.

Estos países defienden la Corte Penal Internacional (CPI), que se rige por el Estatuto de Roma y juzga a personas individuales por crímenes graves contra la humanidad.

Víctimas mortales, daño colateral

La libertad empieza aquí. Ahora sabemos que para opinar debemos primero elegir contra nuestros corazones; elegir lo que nos exigen las potencias entre la colonización sagrada del Muro y la ley de las mezquitas. A lo largo de tres años de exterminio, los que levantaban la voz eran tildados de antijudíos por un régimen que se presenta con valores democráticos y que, sin embargo, está bajo el dominio de las élites nacionalistas, militares y religiosas.

Naza, acrónimo de la expresión hebrea nezek agavi, significa “daño colateral”, un término inventado para maquillar el número de víctimas causadas por los ataques aéreos, seguidos ahora de una guerra de baja intensidad a través del hambre, de misiles tierra-tierra y de armas convencionales.

Es el cinismo aterrador de Bibi Netanyahu, el primer ministro de Israel caído desde el cielo como un Cthulhu de Lovecraft, una nube de dolor y muerte propia del genio de Providence (Rhode Island), reducido a la dura realidad en la franja, frente al mar Mediterráneo.

El término Naza actúa como un eufemismo de la deshumanización del inocente. Pone el foco en la víctima y no en el verdugo que confiesa sus crímenes con absoluta normalidad. El mundo árabe, políticamente fraccionado, se mueve en torno a sus referencias culturales, no únicamente musulmanas.

Uno de sus mayores exponentes, el poeta Mahmoud Darwish, afirmó que habría preferido una Palestina libre antes que escribir un solo poema. Hablamos de Darwish, palestino, escritor de referencia, fallecido en 2008, cuya obra homenajeó a las víctimas de los campos de refugiados.

Todo genocidio constituye el fracaso de la humanidad. Aunque el gobierno israelí acusa a los dos directores del film-documental de inventarse testimonios, lo cierto es que ambos mantuvieron contacto durante más de tres años con un centenar de fuentes además de contar con la ingente documentación aportada por el periódico británico The Guardian.

Como ganadores del premio especial del jurado en Venecia son un bofetón de realidad a aquellos que siguen negando lo evidente, aplicando una reconfiguración de los hechos por parte de Israel a través de las palabras. ¿Qué estamos dispuestos a aceptar? Aceptamos que las víctimas en Gaza tratan de sobrevivir para contar su historia.

Una lectura incómoda, el fin de la indiferencia

Y parece, al fin, que el análisis racional es la mejor respuesta, contenida en el libro coral El antisemitismo como excusa (Icaria) que se adentra en una de las controversias intelectuales y políticas más decisivas de nuestro siglo, como es el uso de la acusación de antisemitismo para bloquear críticas al Estado de Israel, limitar la libertad de expresión y redefinir los límites de lo políticamente aceptable.

Portada de 'El antisemitismo como excusa'

Portada de 'El antisemitismo como excusa'

A través de ensayos de Judith Butler, Naomi Klein, Frédéric Lordon, Houria Bouteldja o Françoise Vergès, entre otros, el libro analiza cómo memoria histórica, identidad, poder y geopolítica se entrecruzan en una batalla cultural que atraviesa centros de pensamiento, medios, instituciones y movimientos sociales de todo el mundo. Merece una lectura incómoda, provocadora y necesaria hasta para los más neutrales.

Sus respuestas a los interrogantes sobre lo inenarrable encajan como un guante con la mayor parte de los movimientos propalestinos vividos en las calles de Europa y Norteamérica, en los periódicos y en los medios audiovisuales que se atreven con el tema. Nace una resistencia contra la impunidad. Es el fin de la indiferencia.

Y un puente abierto a Hamas sin aceptar sus atrocidades, pero definiéndolo “como una forma de resistencia armada a la colonización”, escribe Butler, profesora de Berkeley (California).

No se trata de glorificar a Hamas, pero diciendo que es pura y simplemente terrorista, esta organización y sus simpatizantes en el mundo son también terroristas en potencia; si lo aceptamos, estaríamos diciendo que “los escudos humanos que protegen a esta organización también son terrorista en potencia y, por consiguiente, los asesinatos en masa de palestinos estarían justificados”, insiste Butler.

Hamas nació en 1993, Acuerdos de Oslo, que resultaron ser un absoluto engaño al pueblo palestino que nunca recibió la transferencia de autoridad prometida. El 7 de octubre marcó actos exacerbados que los analistas han condenado repetidamente.

“Pero aquella fecha no carecía de contexto”, afirma Butler. Explicar no es exonerar y es necesario; solo contribuye a poner orden en la historia de la dominación israelí. Descartada la vía de los dos estados, la coexistencia no puede funcionar sin condiciones de igualdad: “Si debo morir, relatad mi muerte como una fábula” (Refat Alareer).

La historia toma cuerpo cuando se vive junto a ella. Butler, de origen judío, forma parte de los intelectuales exsionistas —recordando a la misma Hannah Arend— y defensora del derecho ante la actual ofensiva contra la libertad de expresión. Está indisolublemente ligada al hecho de narrar la verdad a través de vidas colectivas.

La Nakba ha durado cien años

La causa palestina gana simpatizantes, pero Palestina mengua como territorio, tal como se está viendo en la limpieza étnica de los colonos en Cisjordania. Los ciudadanos autodenominados judíos, hijos de una cultura heredada, dejaron un día el contrapunto de la Escuela de Frankfurt para instalar su nación en una cristalización conservadora, “un giro a la derecha que engrana con la ideología nacionalista de la post-globalización, cuando el judaísmo se desplazó hacia el eje del mundo occidental”, escribe Enzo Traverso en El final de la modernidad judía.

'El final de la modernidad judía'

'El final de la modernidad judía'

La cuestión palestina tiene un siglo de historia, desde que llegaron a su tierra los primeros colonos, con apoyos franceses y británicos interesados en mantener una base afín en Oriente Próximo. Solo con la creación del Estado israelí, la comunidad internacional del fin de la Segunda Guerra Mundial provocó la expulsión de un millón de palestinos de su territorio.

Fue la primera Nakba (‘catástrofe’ en árabe) y el propio Ben-Gurión (primer ministro del Estado de Israel entre 1948 y 1953), cuando proclamó el principio “desde el jordán hasta el mar”, dejó claro que si Israel tiene la oportunidad de expandirse y ocupar más territorio lo hará; y, efectivamente, en el año 67, Israel ocupó los territorios de Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental.

A partir de ahí llegaron, la Primera y la Segunda Intifada, la invasión del Líbano por parte de Israel (bajo el mando de Ariel Sharon) las masacres de Sabra y Shatila y de Jordania. La Nakba no acababa nunca; ha durado cien años, hasta que llegó la barbarie a Gaza, como reacción descomunal y desproporcionada ante el atentado de Hamas el 7 de octubre de 2023, con más de mil muertos. En la franja ha habido incursiones, operaciones y bombardeos. El derecho internacional no sirve como dique de contención ante la barbarie.

Hace un año Israel y Hamás firmaron un acuerdo de alto el fuego, como primera fase de un plan de paz propuesto por Estados Unidos ¿Cuál es la situación actual en la Franja de Gaza? Desde aquel día Israel mata a diario a cinco, seis o siete personas… y no sale en las noticias porque parece que la gente ha normalizado la situación.

Ahora se produce una prolongación del dolor, un genocidio silencioso, que bombardea continuamente todo lo que quedaba en pie para dejar todavía más inhabitable el territorio. El alto el fuego fue una falsedad, alimentó el narcisismo de Donald Trump y legitimó a Israel a tomar el 55% del territorio.

Israel tiene un control absoluto de los sistemas de comunicación en Gaza; todos los teléfonos móviles están sometidos a vigilancia. Un programa de inteligencia artificial identificó y rastreó a presuntos miembros de Hamas y, finalmente, bombardeó sus hogares, garantizando así que también mueran sus familias y todos los vecinos de un edificio.

La cifra estándar de palestinos asesinados en un bombardeo, considerada aceptable por el mando israelí, fue de 20 muertos al día durante la masacre desde el aire. Pero los autores de Naza ofrecen una balance más realista y macabro: en algunos casos se contaron hasta 500 víctimas mortales en un solo día.

Los espías del Ejército de Netanyahu han localizado montones de objetivos, tantos que prácticamente incluyen a toda población de Gaza. Es el daño potencial de la fosa común. Exactamente por este motivo, Aïsha Azoulay (coautora de El antisemitismo como excusa), afirma que “las ruinas de Gaza deben ser habitadas para poder ser rehabilitadas”.

Bruselas no se mueve

El escenario dantesco en la Franja en la que han muerto miles de niños bajo las bombas, muestra cómo los perros se comen cadáveres y todo escasea: comida, agua, medicamentos, médicos y hospitales entre los que solo se cuentan las organizaciones no gubernamentales vinculadas a Naciones Unidas.

Un año después del anuncio del alto el fuego, se siguen documentando ataques, enormes necesidades humanitarias y restricciones a la entrada de suministros y equipos esenciales en Gaza. Una de las medidas más contundentes que la Unión Europea tiene a su alcance para detener este horror es la suspensión del Acuerdo de Asociación con Israel. Pero Bruselas no se mueve.

En Naza, soldados y miembros de la inteligencia israelí cuentan a cámara (con su voz y rostro distorsionados) las barbaridades que han cometido. Es la denuncia que miles de ciudadanos ya pueden ver en cines. Sin embargo, la reacción de Israel y su influencia en países como EEUU y Alemania justifica la matanza perpetrada bajo el manto protector de las consecuencias del Holocausto nazi, un argumento desmantelado por el citado libro de Butler y otros expertos.

“Quienes tienen que verlo son los israelíes, los estadounidenses y los alemanes”, dicen los directores de Naza. La película de realidad sin ficción, cuyas consecuencias remueven conciencias y fundamentan los movimientos democráticos en todo el mundo, ha movido los hilos que transportan a Occidente la deshumanización del otro, el palestino.

La proyección del filme en el Festival de Venecia, fue como una ducha fría de realidad para aquellos que siguen negando lo evidente, y la posterior respuesta desde Israel fue el esperado desmentido total.

Abraham y Szor repetían el éxito de 2024 con No Other Land, firmado a ocho manos por dos directores palestinos, Basel Adra y Hamdan Ballal y dos israelíes, Abraham y Szor. Aquella película, narrada con una precisión muy cerca del vértigo y del espanto, podría rivalizar con Alfred Hitchcock o John Carpenter directores de culto.

Estamos despertando de un sueño germinado ante un presente insoportable como fue el cerco bajo los obuses, cuando Israel impedía la entrada en la franja de alimentos, agua y medicinas. Human Rights Watch calificó la situación de apartheid y, unos años antes, el escritor israelí David Grossman dijo sentirse avergonzado después de visitar Cisjordania, como recuerda Jaume Asens en su libro Gaza después de Auschwitz (Finestres).

La reacción llega tarde, pero llega cuando la población europea entiende lo que ya sabía y no se atrevía a nombrar: el antisemitismo es la excusa utilizada por Netanyahu y su gobierno frente a los que critican su horror. El peso histórico de los campos de exterminio nazis ha actuado como el gran pretexto del genocidio en Gaza. Algo incomprensible, antinatural y cruel.