El crítico teatral Marcos Ordóñez

El crítico teatral Marcos Ordóñez

Cine & Teatro

Marcos Ordóñez, un sublime en la herencia de Joan de Sagarra

Fallece a los 69 años el crítico teatral, escritor y profesor Marcos Ordóñez: la memoria escénica convertida en literatura

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En los ochenta recaló en el desaparecido El Correo Catalán, cuando dos de sus mejores coetáneos, Sergio Vilasanjuan, entonces seductor shakesperiano y Llatzer Moix, joven editor silente de la sección de cultura, compartían desventuras con el senyor Roma, encargado del cierre, la última verdad de los días aciagos.

Cuando estos dos periodistas ahondaron su carrera en La Vanguardia, Marcos Ordóñez aparecía por Pelayo, la antigua sede, y le daba unas vueltas a la dramaturgia, mientras su maestro, Joan de Sagarra, el crítico teatral de El País participaba en los cimientos del Teatre Lliure o la constitución del primer Festival Grec.

Fue la época de las polémicas sonadas con Albert Boadella y Josep Maria Flotats, basados en argumentos que sin darse cuenta remedaba el propio Ordóñez con un sello personal. Marcos se comió los festivales europeos de teatro a los que asistía Sagarra como crítico de postín y aguantó el baldazo de La horma de mi sombrero, una serie aparecida mucho después en La Vanguardia, la última cabecera del gran Sagarra.

Ordóñez tomó buena nota de la cultura de la tertulia; oficiaba de chico sabio en la barra del Rialto y de hombre seco en las madrugadas del Snooker de Roger de Llúria, frente al antiguo Noticiero Universal de los Peris Mencheta y El Periódico primigenio de Antonio Franco. Era un justo vendaval de nombres impronunciables en el bar de abajo, sin necesidad de darle al Bourbon y con una clara predilección por el inofensivo Ginger Ale a palo seco.

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), uno de los nombres más reconocibles de la crítica teatral española de las últimas décadas, ha muerto este lunes en Barcelona a los 69 años. Crítico teatral, escritor y profesor en la Pompeu Fabra, donde impartió guion cinematográfico y dirección de actores.

Su escritura combinó la crítica de espectáculos con una mirada lúcida sobre la escena y sobre quienes la habitan. Publicó una crítica semanal en Babelia hasta diciembre de 2021, cuando se retiró por problemas de salud, que se fueron agravando en los últimos años.

Hoy lunes 21 de setiembre muchos recordarán su voz cuando a menudo decía aquello de que a partir de determinada edad “caminas entre los vivos y los muertos”.

Entre la ficción y el ensayo

Su obra novelística es más extensa de lo esperado para un enorme ensayista. Le unen a la ficción títulos como Una vuelta por el Rialto (1994), Rancho aparte (1997), Puerto Ángel (1999), Tarzán en Acapulco (2001), Comedia con fantasmas (2002), Detrás del hielo (2006), Turismo interior (2010), Un jardín abandonado por los pájaros (2013) o Juegos reunidos (2016).

Portada de 'Comedia con fantasmas'

Portada de 'Comedia con fantasmas' Libros del Asteroide

Ha publicado incansable, mucho y bueno, especialmente cuando fundía el teatro y el cine, dos narrativas que él entendió como lo hacen los mejores actores: dejándose llevar por el vaivén de los vientos sobre la piedra escénica de un posible Epidauros, donde el jadeo amoroso o el dolor mortal del actor se oyen en el gallinero, treinta metros más arriba.

Su fusión sencilla y sabia entre el teatro y el cine ha dado lugar a herencias de biblioteca intransferible como Beberse la vida: Ava Gardner en España (2004), Telón de fondo (2011) o Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014). Y en esta coda de la confusión que tan bien interpretaba Marcos le pegan como anillo al dedo sus biografías de Núria Espert y Alfredo Landa.

Portada de 'Big Time: la gran vida de Perico Vidal'

Portada de 'Big Time: la gran vida de Perico Vidal' Libros del Asteroide

Es como haber conocido de primera mano a Sarah Bernhardt o a la Margarita Xirgu lorquiana —en un momento de amor incondicional entre el arte y el poeta granadino— o al mejor actor de ficciones que ha dado el sur de Europa, Marcello Mastroianni.

Ordóñez es la mirada atenta a la figura de los cómicos; de estilo necesariamente pulido con toque académico. Nunca se olvidó de matizar la relación íntima entre la escena y nota. Defendió la cultura goliardesca de tradición urbana y se acercó siempre a los estrenos del día de la crítica con cara de póker ante los autores y actores más atrayentes.

Su lema era “todo se encara en la escena”, que es como decir que todo está en manos del proscenio, destino único de los que gritan mucha mierda antes de pisar las tablas, el espacio del embrujo. Consideraba que el texto escrito solo es un antecedente, como lo afirma a menudo Josep Maria Pou, una referencia inagotable.

Es la mejor manera de entender el teatro de texto y de respetar el esteticismo, sin caer en el socorrido escape del que dice “en el fondo, soy un barroco y por eso odio a las marionetas”. Marcos era mucho mejor que eso tan manido.

Ordóñez comenzó a publicar crítica teatral en 1978 en Ajoblanco, con textos sobre la segunda temporada del Teatre Lliure y, desde entonces, ha llovido demasiado. Después llegaron Fotogramas, Avui, El Observador o ABC. En el año del milenio, el 2000, Marcos empezó su larga colaboración en El País y consolidó su mejor etapa creativa, la escritura personal y apasionada en la que desbordó las convenciones de la tradición periodística.

Lo resumió literariamente en volúmenes que han recogido su capacidad de síntesis creativa. En este milenio, Ordóñez ha mantenido, contra el infortunio de la salud, el pulso de su mejor muñeca: la memoria escénica convertida en literatura.