Fotograma del 'true crime' '¿Debería casarme con un asesino?¡

Fotograma del 'true crime' '¿Debería casarme con un asesino?¡ Netflix

Cine & Teatro

'¿Debería casarme con un asesino?': muerte de un ciclista

Una fascinante historia ambientada en Escocia sobre una pobre chica para la que el amor se mezcla con el crimen al enamorarse de un tipo con una historia que ocultar

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Ciertos psiquiatras aseguran que hay algo realmente perverso entre los adictos al True Crime. Reconozco que formo parte de ellos y que consumo con fervor los documentales televisivos sobre crímenes reales. No debo estar muy bien de la cabeza, ya que mi otro subgénero favorito es el de los documentales sobre sectas, que, aunque todos van de lo mismo (la búsqueda de sexo y dinero por parte de algún desaprensivo con mucha labia que se hace con una parroquia vulnerable y mal querida), me los trago como si me fuesen a descubrir algo nuevo, lo cual suele suceder, ya que las sectas son como las familias infelices de las que hablaba Tolstoi al principio de Ana Karenina y cada una es terrible a su manera.

El último True Crime que he pescado en las plataformas de streaming es ¿Debería casarme con un asesino? (Netflix, tres episodios), fascinante historia ambientada en Escocia sobre una pobre chica para la que el amor se mezcla con el crimen al enamorarse de un tipo con una historia que ocultar y que, al revelarse, pone patas arriba todo el romance.

Caroline Muirhead es una joven patóloga que trabaja en una morgue de Glasgow y que lleva ocho años saliendo con un tipo encantador que le ha prometido matrimonio e hijos, aunque va pasando el tiempo y no hay ni matrimonio ni hijos. Un mal día, Caroline descubre que su querido novio es un cantamañanas que se cepilla todo lo que se mueve y que no tiene la menor intención de darle lo que le promete. La pareja rompe sus relaciones y Caroline entra en una extraña espiral depresiva. Aunque aún es joven y no debería sentir ninguna urgencia por sentar la cabeza, le entran las prisas y se lanza a buscar novio a la velocidad del rayo. Solo piensa en casarse y formar un hogar, mientras reconoce que nada le hace más ilusión en este mundo que una buena y bonita boda.

Aunque su madre y sus amigos le aconsejan que no tenga prisa, que es muy mala consejera para los asuntos del corazón, nuestra heroína se mete en Tinder y se prenda de un sujeto rural llamado Alexander McKellar, alias Sandy, que vive en mitad de ninguna parte (o de las Highlands, que viene a ser lo mismo) con su hermano gemelo Robert. Aunque la distancia entre Glasgow y la casa de Sandy es notable, Caroline la recorre con alegría para profundizar en su nueva relación. La feliz pareja no tarda mucho en anunciar su boda (aunque no hace ni tres meses que se conocen). Una noche, ella le pregunta si hay algo en su vida que debería saber antes del paso definitivo. Y entonces es cuando él se carga su futuro con una confesión de la que es difícil recuperarse: hace unos años, junto a su hermano, ambos muy cocidos, atropelló a un ciclista y procedió a enterrarlo y hacer como que aquí no ha pasado nada.

El gesto es, por un lado, hermoso, ya que Sandy no le ha contado su historia a nadie y la mujer de su vida es la primera en escucharla, y siniestra e inoportuna por otro, ya que, si esperas que tu novia te de un besito y te diga que pelillos a la mar y que gracias por tan relevante muestra de confianza, vas dado, muchacho: te has cargado a un inocente, has borrado tus huellas y tu novia no te va a seguir mirando del mismo modo en que lo hacía antes de tu no solicitada muestra de sinceridad.

Empieza entonces una extraña historia en la que la pobre Caroline acaba ejerciendo de agente doble. Por un lado, ha informado a la policía de la muerte del ciclista. Por otro, sigue con Sandy por una mezcla de amor y necesidad de que dé más datos que faciliten la localización del cadáver. La policía escocesa se comporta con una insensibilidad, una incompetencia y una cachaza deplorables (no ha querido salir en la serie, ¡y no me extraña!), que contribuyen poderosamente a la locura de Caroline, agravada por el abuso de alcohol y drogas al que la somete Sandy y al que ella se apunta para aguantar la vida absurda que lleva.

No les voy a contar el final, solo que la cosa acaba más o menos bien. En cuanto a la pregunta que da título de esta miniserie dirigida con buen pulso por Josh Allot (un tipo especializado en documentales chocantes, como El hombre con 1000 hijos, sobre un demencial inseminador en serie), ¿Debería casarme con un asesino?, la respuesta, obviamente, es que no. Pero uno no puede dejar de pensar en lo que podría haber pasado si Sandy no se pasa de sincero.