‘Trolley, New Orleans, 1955’, una de las célebres instantáneas de ‘Los Americanos’ de Robert Frank

‘Trolley, New Orleans, 1955’, una de las célebres instantáneas de ‘Los Americanos’ de Robert Frank ROBERT FRANK FOUNDATION, FROM THE AMERICANS

Artes

Robert Frank y la otra América

La Fundación Telefónica reúne en Madrid las instantáneas que el fotógrafo de origen suizo tomó en la década de los cincuenta para contradecir la idea del paraíso americano

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No es posible entender Estados Unidos sin asomarse a lo que supo ver el fotógrafo Robert Frank. Sin él no sabríamos con exactitud qué fue América en el siglo XX. Concretamente sin uno de sus trabajos más hondos y poderosos. Una suerte de aventura gráfica, humana y salvaje surgida después de un éxodo de más de un año —de abril de 1955 a junio de 1956— a lo largo de más de 15.000 kilómetros.

En aquella travesía, el artista disparó unas 28.000 imágenes y utilizó alrededor de 780 rollos de película que cargó en la cuenta de una beca de la Fundación Guggenheim. Luego, entre esos miles de contactos, seleccionó solo 83 instantáneas para dar forma a uno de los libros más influyentes de la historia de la fotografía: Los Americanos.

Una de las hojas de contacto de Robert Frank para el libro ‘Los Americanos’

Una de las hojas de contacto de Robert Frank para el libro ‘Los Americanos’ ÁNGEL DE ANTONIO FUNDACIÓN TELEFÓNICA

Educado en una casa acolchada y propenso a una libertad de alta gama, Robert Frank (Zúrich, Suiza, 1924- Inverness, Canadá, 2019) llegó a Nueva York en un buque de carga poco después de la Segunda Guerra Mundial, con apenas veintidós años. Traía con él una cámara Rolleiflex y un cuaderno en espiral con 40 imágenes.

Su primer cobijo contra la tormenta fue la fotografía de moda en la revista Harper’s Bazaar, pero él fue afilando un instinto crítico ante los desequilibrios sociales, el estigma racial y el exceso consumista de los cincuenta, cuando Eisenhower mostró al mundo la testosterona estadounidense detonando en el Pacífico la primera bomba de hidrógeno.

El paraíso americano

Al volante de un Ford Business Coupe, este tipo con camisa de felpa a cuadros y un puñado de carretes en el bolsillo se lanzó a descubrir lo que escondía aquel escenario de grandeza y consumo, un país que fuera del neón y la lentejuela tenía vastas extensiones tristes y solitarias y un puñado de gentes peleando por existir, un cruce de edades, sexos y razas asumidos en ese segundo impreciso que solo una cámara es capaz de captar como una verdad sublime, implacable.

La realidad que atrapó en la treintena de estados que visitó parecía contradecir la idea del paraíso americano, esa arrogancia poderosa que vendía eslóganes al planeta.

Fue el suyo, por el contrario, un viaje al tuétano de la soledad, al paisaje atroz de la injusticia con una Leica colgada al hombro. En un laberinto de carne y cieno, retrató el desván de esa otra parte de la sociedad fecundada por la tristeza, las desigualdades, el racismo y el perfume agrio de la desesperación.

Una mujer observa algunas de las instantáneas de ‘Los Americanos’ de Robert Frank

Una mujer observa algunas de las instantáneas de ‘Los Americanos’ de Robert Frank ÁNGEL DE ANTONIO FUNDACIÓN TELEFÓNICA

En estas imágenes hay música, hay llanto, huele la lluvia, el sudor, la extrañeza, la calle, el frío. Tienen algo de adagio sideral concebido con una libertad infinita a pie de campo. Y es que Robert Frank abrió la fotografía a una estética nueva, le arrebató el corsé, la deconstruyó. Y se podría decir que la despreocupó de detalles hasta hacer de ella un arte distinto, a la manera del jazz.

Fotografía fuera del molde

Lejos de los códigos de la fotografía documental tradicional, el artista desarrolló un lenguaje visual radicalmente nuevo. Podría decirse que sus imágenes se sitúan en los momentos intermedios, fragmentarios e incluso incómodos. Encuadres inclinados, desenfoques deliberados y composiciones aparentemente inestables reflejan una experiencia de la realidad marcada por la incertidumbre y la contradicción.

Más que registrar el mundo tal como era, Frank construyó una forma de verlo, de interpretarlo y de cuestionarlo. Ese calambre atraviesa todo el proyecto y constituye uno de los ejes fundamentales de su vigencia contemporánea.

Robert Frank no fue nunca un fotógrafo amable. Para qué, si el mundo que le interesaba no lo era. Retratar también es señalar, exhibir, denunciar. Y, en su caso, otra manera de ofrecer un nuevo quicio de la historia del arte americano. Él disparaba desde un lugar anímico que no ocultaba ni el hastío ni la violencia.

“Mis fotos no están planeadas ni compuestas por adelantado, y no anticipo que el espectador comparta mi punto de vista. Sin embargo, siento que, si mi foto deja una imagen en su mente, algo se ha logrado”, aseguraba el artista.

La recepción de Los Americanos —publicado en 1958 en París por Robert Delpire y ya al año siguiente en Estados Unidos, con un prólogo de Jack Kerouac— fue profundamente polémica. Muchos críticos rechazaron su estética, alejada de los cánones dominantes.

En cambio, para otros supuso una forma de reconocimiento inmediato: una confrontación directa con realidades invisibilizadas o negadas en el imaginario colectivo. Con el paso del tiempo, el proyecto ha experimentado una valoración inversa hasta consolidarse como una obra clave para entender la evolución de la fotografía y de la cultura visual contemporánea.

Así se presenta en la exposición Robert Frank & Los Americanos del Espacio Fundación Telefónica en Madrid, que reúne hasta el próximo 1 de noviembre las 83 imágenes del libro, expuestas en el mismo orden. Este formato evidencia la construcción narrativa del proyecto y permite identificar los motivos recurrentes de su propuesta: la vida en la calle, la tensión racial, la cultura del automóvil, los espacios de ocio y la presencia constante de la bandera estadounidense.

Algunas de las ediciones de ‘Los Americanos’ de Robert Frank, en el Espacio Fundación Telefónica en Madrid

Algunas de las ediciones de ‘Los Americanos’ de Robert Frank, en el Espacio Fundación Telefónica en Madrid ÁNGEL DE ANTONIO FUNDACIÓN TELEFÓNICA

El recorrido se enriquece también con las hojas de contacto ampliadas con una selección que muestran la intensidad de su trabajo, la repetición de motivos y la precisión de sus decisiones visuales, al igual que un mapa con las distintas rutas de su viaje.

Después de publicar esta aventura, Robert Frank se fue distanciando del oficio. Se instaló en las arenas movedizas del cine. En 1972 armó un excelente documental sobre los Rolling Stones, Cocksucker Blues, en el que recogió el lado más impetuoso de la banda en el año en que sus giras alcanzaban temperatura de aquelarre (sexo, alcohol y drogas).

Si bien la banda —“es jodidamente buena, pero si la mostramos en Estados Unidos nunca más nos permitirán entrar en el país”, cuentan que dijo Mick Jagger— logró que un juez restringiera sus proyecciones a cinco veces al año y siempre en presencia del autor.

Luego regresó de nuevo a la Leica, aceptó pocos encargos fotográficos, se adentró en el collage, la rayadura de negativos y las intervenciones pictóricas sobre la copia positivada, reapareció para algún videoclip de New Order y Patti Smith y montó un puñado de exposiciones, como la retrospectiva que le dedicó la National Gallery de Washington en 1994.

En los últimos años, replegó aún más sus escasos entusiasmos y decidió cortar con casi todo a medida que se le agolpaban las tragedias familiares. “La fotografía debe contener la humanidad del momento”, solía decir para explicar qué sentía al asomar su córnea al visor de una cámara.