La arquitectura y el poder atraviesan una línea de sombra que va desde Oliver Twist de Dickens hasta la torre Grenfell de Londres, incendiada en junio de 2017; representan la pobreza y la falsa apariencia de las inhóspitas torres. En el último siglo, la continuidad urbanística huye de la cautividad del centro histórico, pero el pasado no constriñe el trabajo del arquitecto; solo es un punto de partida.
Esta versión le ha servido de impulso a Rafael Moneo, junto a los seguidores de Rem Koolhaas o el mismo Frank Gehry, entre otros, que combaten la estructura de las ciudades compactas, pero que son capaces de resituar en su seno la ciudad genérica, huyendo del contexto a través de rupturas, como la catedral de Los Ángeles o la parroquia de Iesu en San Sebastián, sobre la ribera de Loyola, ambas de Moneo.
El arquitecto Rafael Moneo
La ciudad emblema del arquitecto navarro es Tokio, donde Moneo recibió el Premium Imperiale, apostando por edificios conspicuos indiferentes al patrimonio construido, frente a la reconstrucción del Berlín nostálgico de las grandes manzanas siguiendo el estilo prusiano de Federico el Grande.
Tokio, Toronto o Manhattan sitúan la continuidad urbanística en el desarrollo de conceptos neutrales, como el enlace, nudo o conexión, entre el pasado y el presente, de tal forma que la colonización de un entorno edificable, basado en la ciudad abierta se encamina hacia la diversidad y la interculturalidad. Moneo rechaza la ciudad liberada, el Berlín de Renzo Piano, pegadas al antiguo Muro, construidas por Daimler-Benz y Sony, obra de Helmut Jahn.
Consecuencias
Sin embargo, la suerte de los arquitectos citados, como la de Moneo, es la misma: levantar mega edificios a gran escala para combatir el funcionalismo y propiciar, a su alrededor, nuevos contextos, dejando de banda la inevitable gentrificación.
Uno de los niveles más vistosos de esta corriente ganadora —Jean Nouvel, Frank Lloyd Wright, Tadao Ando, Ban Shigeru, Lina Bo Bardi, Ricardo Bofill, Pierre Chareau, Mario Bota, Norman Foster, Richard Rogers o Erickson, entre otros— se expresa en el Guggenheim Bilbao de Frank Gehry con 33.000 láminas de titanio que han enterrado el vetusto distrito industrial del hierro para levantar un espacio de modernidad y cultura.
El oleico entorno de la gran industria del pasado atrae hoy la salubridad abierta del Cantábrico.
Gehry es la construcción escultórica frente a Moneo que, en el Kursaal de San Sebastián, utilizó formas simples y una iluminación controlada para crear espacios serenos, inspirándose en la escollera de la ciudad marítima.
Libertad versus orden
Con la dualidad Guggenheim-Kursaal llegaron los contrastes entre los dos arquitectos: Gehry con su gran museo junto a la Ría y Moneo con la Biblioteca de Deusto; el canadiense con el edificio universitario de Basilea y Moneo con el campus de Novartis, una competición se repite en otros lugares como el Walt Disney Concert Hall de Gehry en contraste con la catedral de Moneo en la gran ciudad californiana.
Gehry y Moneo representan dos caminos distintos dentro de la arquitectura contemporánea. El primero apuesta por la libertad formal y el impacto visual, mientras que el segundo se enfoca en el orden, la luz y la relación con el entorno, como aclara la experta Carmen Díez Medina en Rafael Moneo, construir las ideas (Acantilado).
Portada de 'Rafael Moneo, construir las ideas'
A pesar de sus diferencias, ambos demuestran que el urbanismo tecnológico es una forma de crear experiencias y emociones en la que, a menudo, el presente configura el pasado: “los vivos pueden ayudar a la imaginación de los muertos”, escribió William B. Yeats.
La cartografía de la piedra es demasiado compleja. La arquitectura moderna se vacía de contenido cuando quiere explicar el significado de un gran mastodonte (mega edifico). Cuando se quiere contestar a la pregunta de por qué se enclavó un edificio en determinado lugar, la respuesta evita el argumento exclusivamente económico para alcanzar cotas mitológicas.
El cruce entre lo posible y el anhelo del arte condujo a William Blake —pintor, artesano, poeta y callejero de la libertad— hasta jardines y templos enclavados en cuadrículas invisibles sobre el territorio, detectadas con péndulos y varillas, al estilo de los instrumentos del zahorí.
Si uno quiere conocer materialmente una ciudad inmensa, como Londres, puede bajar al Super Sewer, el alcantarillado victoriano, donde el misterio conjuga con la empresa constructora Agroman, también relacionada en su día con el proyecto del Guggenheim de Bilbao.
El ejemplo le sirve de pórtico misterioso a Servando Rocha en el prólogo del libro enigma, Vivir con edificios y caminar con fantasmas, (Ed. La Felguera), de Iain Sinclair. La ciudad-representación de los planificadores urbanos es un espacio metafísico convertido en proyecto económico.
Portada de 'Vivir con edificios y caminar con fantasmas'
Así lo mostró Ricardo Bofill en su proyecto Xanadú, construido en Calpe, con el nombre de la capital del Imperio Mongol descrita por Marco Polo o en el edificio emblema, Walden, de Sant Just Desvern, mistificado bajo la utopía conductista de B.K. Skinner en su obra Walden Dos.
Las ciudades humanas acaban encontrando su desenlace en el precio del metro cuadrado por más que se diseñen bajo impulsos mesiánicos. Aunque todo acabe en ganancias estimadas, la actividad liberal llega apadrinada de una imagen del futuro confeccionada en la caja de herramientas de los bufetes prestigiosos.
El Rafael Moneo de Díez Medina empieza su despliegue en un Preludio en cuatro movimientos: de la cuna a Tudela y de ahí a Madrid en busca de un modelo intuido en Dinamarca e Italia. El segundo acto, El azar dicta el juego, empieza en un viaje a Aspen en 1968, el encuentro con la huella intelectual de Peter Eisenman y Manuel Sala-Morales, decisivos en su paso por la Universidad de Siracusa donde aprende a confrontar su punto de vista con la fiebre postmoderna.
El traslado a Massachusetts en 1985 le convierte en chairman de la Escuela de Diseño de Harvard y tras su regreso a Madrid, en 1990, la trayectoria intelectual de Moneo concluye en el concepto de ciudad como texto inacabado, con manifestaciones impensables como las sucesivas ampliaciones de la Estación de Atocha, un proyecto sin fin que hoy cumple cuatro décadas.
La historia cedida
Moneo asume su real biógrafa, enorme cometido, en una mañana fresca y soleada, cuando el arquitecto y su esposa, Belén Freduchi, le abren la puerta de su casa a la autora en la colonia de El Viso.
Recorren juntos el estudio del arquitecto sumergido en un jardín biblioteca en el que se amontonan el papel, el cartón y la madera que entierran el manuscrito Apuntes sobre 21 obras, el objeto de estudio que dará lugar a Construir las ideas (1954-2024), el resumen de más de cien encuentros entre Moneo y Carmen Díez Medina, material inédito publicado ahora por Acantilado.
Todo empieza en Tudela cuando un niño de diez años, el mismo Moneo, copia al óleo una litografía de la casa paterna utilizando la caja de colores que le ha regalado César Muñoz Sola. La pintura es el arte primigenio en el corazón del adolescente hasta alcanzar el taller del maestro Daniel Vázquez Díaz, donde reconoce la revelación del color de Benjamín Palencia, el fundador de la Escuela de Vallecas.
Cuando un arquitecto intelectualmente voraz se enfrenta a la paleta, como le ocurrió a Óscar Tusquets, sus bocetos son encuadres contra el olvido.
El color coloniza al menos ingenuo al igual que les ocurre a los visitantes inadvertidos en La casa del confín de la Tierra de William Hope Hodgson. Llega un momento en el que estar fuera de todo es la forma más segura de no caer en la depresión. Siguiendo al Artista adolescente como perro joven de Dylan Thomas, la llamada del arte se convierte en conocimiento.
A Moneo le resulta paralizante la belleza radical del Pedregal de Ciudad de México, donde se esconde el racionalismo mexicano, con edificios de Mario Pati y Enrique del Moral, con trabajos advertidos por la modernidad quebradiza que conserva todavía murales menores de David Alonso Siqueiros, Diego Rivera o Francisco Eppens. Moneo se inclina ante el Museo El Eco de Mathías Goeritz casi pegado a Insurgentes.
“La modernidad nos debe el retorno de una expectativa profética, porque nuestro Dios es un dios ausente”, destaca Manuel Delgado en Todas las ciudades están poseídas (Capitán Swing). Los urbanistas que deciden nuestro futuro nos prometen una energía plástica restableciendo los arcaísmos por medio del presente que conserva energías dionisíacas no destruidas.
Portada de 'Todas las ciudades están poseídas'
Rafael Moneo, ganador el Premio Pritzker en 1996, considerado el Nobel de arquitectura, les rinde homenaje mental a los románticos alemanes primitivos sin renunciar a las revelaciones de la Ilustración, es decir a la racionalidad vivida con un derroche de afecto. La perspectiva y la geometría, marcadas hoy por la tecnología que rinde a un oficio maravilloso, nunca se han distanciado de la poesía y la música.
