Una mujer recorre las salas de la exposición ‘Chez Matisse’ en el CaixaForum Barcelona.

Una mujer recorre las salas de la exposición ‘Chez Matisse’ en el CaixaForum Barcelona. FUNDACIÓN LA CAIXA

Artes

Henri Matisse, el profeta del arte moderno

CaixaForum Barcelona analiza en una exposición el impacto del pintor francés en la modernidad, desde el fauvismo a las expresiones artísticas del siglo XXI

Llegir en Català
Publicada
Actualizada

El nacimiento del arte moderno vino a ser el resultado de una conspiración que llegó a su fin justo con el estruendo de los cañonazos de la I Guerra Mundial. Al clima largo y lento que alcanzó la pintura en los últimos compases del siglo XIX le siguió una bocanada creativa y ardiente que se mantuvo en pie, más o menos, hasta la década de 1910, cuando el acordeón de las vanguardias comenzó a echar tierra en la sepultura de los maestros inmediatos. Entró en juego, entonces, lo contemporáneo con su aseo de aguarrás, germinando en las líneas, las astillas, los ángulos, los vértices y los ocres del cubismo.

Y es exactamente ahí, antes del frenesí y la orgía, donde asoma Henri Matisse (1869-1954) a modo de profeta indiscutible, como un imprescindible de la modernidad. Como un apóstol de lo inédito, sacándole a los colores sus esquirlas y sus revoluciones. Podría decirse que Matisse cruzó el dintel del siglo XX, echó un vistazo al coso de aquel alumbramiento y decidió no dejar escapar ese espacio en el que aún estaban por hacer tantas cosas. Era un tipo demasiado expansivo como para quedarse en un solo palmo de terreno, así que empezó por la pintura para ir después ocupando otros terrenos: la escultura, la litografía, la cerámica y el collage.

El óleo ‘Marguerite au chat noir’, ejecutado por Matisse a principios de 1910.

El óleo ‘Marguerite au chat noir’, ejecutado por Matisse a principios de 1910. SUCCESSION H. MATISSE / VEGAP / 2025

Ciertamente, nunca estuvo entre los artistas de aquel París que pintaban en las tabernas sobre un triángulo escaleno. La suya era otra apuesta. Menos espectacular, más hacia dentro. Pero tampoco era un académico, sino un rebelde que prefirió hacer el camino en solitario, lejos del jaleo de la ciudad, con otra luz que llega a ser más salvaje que la de los salvajes mismos. Más dispuesta a arder si es necesario.

El cromatismo de las telas entró en erupción. El mundo era, a ojos de Matisse, un grito caliente. El empaste, la pincelada suelta y los colores puros, profundos e instintivos fueron las señas de identidad de su pintura, que empezó a sumar los primeros admiradores y otros despiadados detractores. Entre ellos, el crítico Louis Vauxcelles, que denominó como fauves (salvajes) al artista y sus secuaces sin adivinar que cavaba de bautizar el movimiento artístico.

Con todo, su arte empapó París y, tras los saltos de André Derain y Maurice Vlaminck, surgió un ejército de pintores que tomaron las brasas del fauvismo para seguir rompiendo formas y conceptos. Lo suyo interesó mucho a Picasso, quien andaba inaugurando el vasto dominio de su reinado desde el tabanco del Bateau Lavoir. “Y Matisse, ¿qué está haciendo?”, solía preguntar el genio malagueño a los amigos comunes.

Porque Henri Matisse fue, de algún modo, el maestro sosegado del arte nuevo. El buscador inagotable que estuvo ahí con la solemnidad de quien tiene una misión por cumplir y va a cumplirla. Su lumbre se sitúa entre ese desprendimiento de flores y estanques que trajeron Monet y Renoir y el loco arsenal de las vanguardias, que aceleró el mundo desde el esguince cubista de un violín, pero su eco llega hasta la actualidad.

El lienzo de Henri Matisse ‘Intérieur, bocal de poissons rouges’, pintado en la primavera de 1914.

El lienzo de Henri Matisse ‘Intérieur, bocal de poissons rouges’, pintado en la primavera de 1914. SUCCESSION H. MATISSE / VEGAP / 2025

Alrededor de ello gira la exposición Chez Matisse. El legado de una nueva pintura, fruto del nuevo acuerdo entre la Fundación la Caixa y el Centro Pompidou de París. En el CaixaForum Barcelona cuelgan estos días casi un centenar de obras que explican por qué el artista está en el trono del arte moderno y por qué fue capaz de deslumbrar a los creadores con los que convivió y a los de generaciones futuras.

La muestra despliega cronológicamente la trayectoria de Matisse y desvela su influencia sobre los artistas de los siglos XX y XXI. Concebida por Aurélie Verdier, conservadora jefa de las colecciones modernas del Pompidou, incluye una notable representación de las obras más representativas del pintor, exhibe un buen número de trabajos de algunos de sus contemporáneos y rastrea su impacto más reciente, del pop art a las artes decorativas.

A partir de un autorretrato –ahí están los primeros rastros de color salvaje: pelo violeta y cielo verde– del artista con apenas treinta años, Chez Matisse. El legado de una nueva pintura empieza a revelar a un creador que supo moverse entre lo primitivo y lo sofisticado, lo clásico y lo salvaje, lo figurativo y lo abstracto. Evidentemente, sus coetáneos le influyeron, pero él también dejó poso en los artistas que le rodeaban.

Pero acaso lo más sugerente de esta exposición abierta hasta el próximo 26 de agosto sea comprobar cómo Matisse se reinventó a sí mismo cuando el fin de la I Guerra Mundial deshizo el circo de las vanguardias y una penumbra de tocino se instaló en los bulevares que antes fueron un cancán. En ese momento, estaba en plena madurez. El éxito también le había hecho molde. Pero la crítica le perdió entusiasmo y confianza.

Un hombre observa la coloreada serie ‘Jazz’ realizada por Henri Matisse ya en la década de los cuarenta. FUNDACIÓN LA CAIXA

Un hombre observa la coloreada serie ‘Jazz’ realizada por Henri Matisse ya en la década de los cuarenta. FUNDACIÓN LA CAIXA FUNDACIÓN LA CAIXA

Así, es posible descubrir cómo Matisse experimentó su propia metamorfosis a partir de 1917. Desde ese momento, el dibujo se le hizo más sutil. Las odaliscas aparecieron con sensualidad. Y los interiores adquirieron una nueva ornamentación y un lujo de arabescos. El artista comenzó a componer de un modo casi musical, elaborando una serie de variaciones pictóricas sobre los mismos temas.

En esa melodía de su plena madurez, la muestra del CaixaForum Barcelona establece un diálogo entre los mismos cuadros. Uno lleva a otro, una sala se justifica en la anterior y anuncia la siguiente. En Matisse hay una sinfonía sostenida de la pintura que halla su soporte en el color, en el erotismo de las modelos desnudas, en aquello que las envuelve, en ese lujo que es la luz, la ventana entreabierta y lo que por ella asoma.

Surgió en estos años en el pintor un lirismo menesteroso. “La exactitud no es verdad”, escribió. Había roto ese maleficio de ser un místico, quizás a su pesar. Su mundo cambió radicalmente. Halló una forma distinta de desembarcar en el arte. El aislamiento y la incertidumbre cada día pesaban más en él. Pintaba a ráfagas, con meses de silencio reconcentrado, y exploró nuevos lenguajes.

Una visitante de la exposición ‘Chez Matisse’ toma imágenes con su móvil del lienzo ‘La Moulade’ (1905).

Una visitante de la exposición ‘Chez Matisse’ toma imágenes con su móvil del lienzo ‘La Moulade’ (1905). FUNDACIÓN LA CAIXA

En esta travesía, Matisse utilizó papeles pintados con gouache en portadas de revistas. En el libro Jazz, de 1947, esta técnica adquiere una autonomía propia. Matisse propuso una salida al viejo conflicto entre línea y color. Recortó el color y consiguió una forma depurada hasta lo esencial, tal como se advierten en las veinte láminas que componen esta serie incluidas ahora en la muestra y procedentes del Musée de Grenoble.

Desde entonces y hasta su muerte en 1954, la vida se le fue nublando a Henri Matisse consecuencia de un cáncer de colon, aunque jamás dejó de buscar, de tantear los límites, logrando concretar unas obras que tenían el temperamento del artista consumado a la vez que prefería estar al servicio de una pintura imperfecta donde reside buena parte del misterio del arte. El enigma reside aún en la búsqueda.