Portadas del Boletín Discoplat/ BID

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Letra Global

Mike Oldfield y la España del 'Discoplay': sinfonía 'senior'

'Tubular Bells', el mítico disco del músico británico, cumple medio siglo en el que el acceso a la música se ha democratizado en todos los canales comerciales de difusión a costa de un alarmante descenso de la creatividad

4 junio, 2023 19:03

Que la crisis de la industria musical iba en serio, lo empezamos a comprender más tarde, como todos los jóvenes –de antaño– nosotros vinimos a llevarnos la tienda de discos por delante. Hablamos de los tiempos inmemoriales cuando el tío o la hermana mayor o el colega de turno nos llevaron a conocer las tiendas de discos de Barcelona y todo era tentación, demora y fetichismo.

Gong, Castelló, Balada y otros locales de carrer Tallers se nos mostraban como guaridas del deseo melómano –Alí Babá y mucho más que Los 40 Principales–, ahítas de discos, cassettes, parches y camisetas que nunca podíamos comprar con los ahorros de un mes. Codiciamos versiones piratas, singles perdidos, cedés de importación y otros fetichismos de nicho estrecho, inencontrables en las ciudades de la periferia.

El deseo melómano de la población se extendía de tal modo que la buena nueva debía llegar a todas las regiones y rincones de España. En algunas capitales de provincia, la única manera de dar con música –pero más comercial, reacia a. delicattesen- era en El Corte Inglés. ¿Pero cómo se lo montaban en las que carecían de ellos? 

Primer boletín de la revista 'Discoplay' (1979)

Primer boletín de la revista 'Discoplay' (1979)

A Emilo Cañil, antiguo vendedor de discos en el Rastro, se le ocurrió un sistema de venta de discos por catálogo a través de un boletín mensual. La cosa se llamaba Discoplay y después BID, que llegó a distribuir más de un millón y de medio de ejemplares al mes.

Consistía en recibir en casa una suerte de fanzine que anunciaba la colección de maravillas –novedades, camisetas, clásicos, ofertas– y podías pedir contrarrembolso.  Después de unas semanas -con suerte- el cartero dejaba el recibo que anunciaba que podías ir a Correos a por tu paquete. 

Laía Argüelles Folch, en su maravilloso Breve ensayo sobre la carta, asegura que “Una carta lleva integrada su parte de generosidad: en su acercamiento, entrega el testigo de la gestión del tiempo. Quien escribe encarna su propia vulnerabilidad al colocarse en el lugar de la espera”. Tal vez no sea aventurado asegurar que nuestro deseo crecía exponencialmente mediante aquella espera. Así, había más placer en aquel paleoamazon en slow-motion que en el click inmediato del Spotify nuestro de cada día.

Ommadawn

Ommadawn

Se nos viene a la cabeza todas estas historias al hilo del medio siglo de vida del disco instrumental Tubular Bells de Mike Oldfield. Tal vez solo atendiendo a esas condiciones de atención, expectación y demora de la recompensa, se puede entender su éxito tremebundo. Un disco conceptual realizado por un chaval de apenas 19 publicado por una discográfica que recién empezaba su trayectoria y atendía al nombre de Virgin Records.

En un principio los dueños de Virgin –entre ellos el célebre Richard Branson– solo habían ofrecido al joven Oldfield su estudio The Manor para grabar su obra, pero después de la imposibilidad de que la obra encontrara acomodo en las discográficas, decidieron crear la suya propia y publicarla. 

La obra consistía en dos únicas piezas –en absoluto canciones– largas. Dueñas de una extraña melodía, de sugerente condición hipnótica. Aseguraban que el tipo tocaba casi todos los instrumentos de la obra, dando la sensación de un pequeño Mozart posmoderno. En la obra aparecen multitud de instrumentos no habituales en el rock, como timbales, flautas y una guitarra a doble velocidad que hace las veces de mandolina.

Tubular Bells

Tubular Bells

El disco levantaba un espacio sinfónico propio, muy personal, creado por la necesidad de Oldfield de construirse un mundo paralelo que le hiciera olvidar de los problemas personales de su vida cotidiana. Y aunque al principio le costó levantar en ventas, la selección para formar parte de la banda sonora de El Exorcista le ayudó a conquistar la fama.  

Las famosas campanas tubulares no llegan hasta el minuto 23 del disco –parece que toquen a muerto por nuestra juventud– y cuentan que el multinstrumentista las tocó con tanta fuerza que acabaron totalmente deformadas. De esa imagen se sirvió el diseñador para alzar su mítica portada. Otra de las ideas originales de la obra es la introducción de un maestro de ceremonias, que a modo de un Benjamin Britten pop, va introduciendo los diferentes instrumentos de la obra.

Geniecillo musical desde la más tierna infancia, nerd total, niño de feria, virtuoso tímido, Oldfield sacó las primeras notas de su primera obra de estudio en un piano de pared de la abuela difunta y después monta, corta y pega un modelo que será un éxito. Vendió más de cuatro millones de elepés en todo el mundo, sobre todo en Europa, y estuvo en la lista británica centenares de semanas.

Portada de la revista musical 'Sound'

Portada de la revista musical 'Sound'

El disco tuvo dos secuelas: Tubular Bells II y Tubular Bells III, ambas editadas en 1992 y 1998, respectivamente por la discográfica Warner Music Group. El éxito abrió las puertas definitivas a la mal llamada New Age, convirtiendo en géneros superventas al rock sinfónico y otras hipérboles.

Los expertos en estética aseguran que el gozo de las obras de arte tiene tanto que ver con el objeto en sí –su calidad, originalidad o valentía– como con el contexto en que estos acontecen. Así, como sabemos, no es lo mismo una pala de hielo en un granero que una pala de hielo elegida por Marcel Duchamp y colocada en una vitrina.

No es lo mismo un grafitti regulero de Banksy sobre el muro de separación de Gaza que en el MOCO ¿Pero les pasará eso también a los discos? ¿La manera que tenemos de consumir –y el verbo no es opcional– música en la actualidad cambia la naturaleza de los temas?  

En efecto, nos tememos que el Tubullar Bells que escuchamos en el siglo XX no es el mismo que escuchamos ahora. Nos falta paciencia. Nos sobran estímulos y comodidades. ¿Pero si no podemos separar a la obra de sus circunstancias de su recepción será un desvarío nostálgico echar de menos aquellas restrictivas circunstancias? ¿Será ridículo añorar las condiciones que nos enseñaron el complejo placer de la espera?