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Gastronomía

Los expertos coinciden: para arreglar un guiso salado no se utiliza patata, sino caldo concentrado para elevar la intensidad del sabor

Los errores más comunes al corregir de sal, un estofado o puchero, y el método profesional que sí funciona para salvarlo a tiempo

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La Semana Santa trae consigo los clásicos potajes de vigilia, recetas de cuchara que reconfortan y reúnen a la familia. Sin embargo, lo que debería ser un plato delicioso puede convertirse en un problema si el exceso de sal se cuela sin avisar.

El origen del fallo rara vez está en el salero. Ingredientes como el bacalao en salazón o ciertos caldos concentrados liberan más sodio del esperado, elevando la intensidad del guiso hasta hacerlo casi incomible si no se actúa a tiempo.

Trucos que no funcionan

Cuando aparece el problema, muchos recurren a remedios tradicionales. Añadir agua, incorporar una patata cruda o incluso una pizca de azúcar son soluciones extendidas que, en realidad, no resuelven el fondo del asunto.

El divulgador científico Robert Wolke desmontó estos mitos en su obra Lo que Einstein le contó a su cocinero. Su conclusión es clara: la patata no elimina la sal, solo absorbe líquido sin modificar la concentración real.

Diluir no es la solución

Añadir agua parece lógico, pero provoca un efecto indeseado. Se reduce la intensidad salina, sí, pero también se pierden los sabores que dan identidad al plato. El resultado es un guiso plano, sin carácter.

El azúcar o la miel tampoco ayudan. Solo enmascaran el sabor salado, engañando al paladar sin reducir el sodio. En muchos casos, el remedio termina empeorando la receta.

La técnica de los chefs

La solución eficaz que aplican los profesionales es mucho más precisa. Consiste en retirar parte del caldo salado y sustituirlo por otro sin sal, manteniendo así el equilibrio del plato.

Este método permite reducir la concentración de sodio sin sacrificar el sabor. Además, el líquido retirado puede guardarse como concentrado para futuras preparaciones, evitando desperdicios.

Prevención en la cocina

En las cocinas profesionales, los caldos base se elaboran sin sal. De este modo, el ajuste final se realiza cuando la reducción ha terminado y se controla mejor el resultado.

En casa, adoptar este hábito es clave. También, conviene salar al final y contar con caldo casero congelado, listo para corregir imprevistos sin alterar el plato.

Ingredientes que engañan

El bacalao desalado es uno de los principales riesgos. Un proceso correcto requiere entre 48 y 72 horas en agua fría, con cambios regulares y siempre en refrigeración. Probar antes de cocinar evita sorpresas.

El hueso de jamón, muy utilizado en guisos, también libera gran cantidad de sal. Remojarlo previamente y escaldarlo ayuda a controlar su impacto en la receta.

Pequeños gestos

Las legumbres en conserva suelen contener líquidos salinos. Escurrirlas y lavarlas reduce notablemente su aporte de sodio, mejorando el equilibrio del guiso.

Las pastillas de caldo, por su parte, concentran sal en niveles elevados. Elegir versiones con menor contenido o prescindir de ellas cuando sea posible resulta una decisión acertada.

La regla que lo cambia todo

La clave para evitar errores está en la anticipación. Si el plato incluye ingredientes salados, lo más prudente es no añadir sal hasta el final de la cocción.

En ese momento, con el guiso ya reducido, se puede probar con calma y ajustar con precisión. Así, cada cucharada conservará su sabor original sin caer en excesos.

En definitiva, el secreto de un buen potaje no está en corregir errores, sino en prevenirlos desde el inicio. Con pequeños cambios en la forma de cocinar, los platos tradicionales pueden recuperar todo su valor sin riesgos innecesarios.