En una época en la que la cocina parece empeñada en complicarlo todo con técnicas sofisticadas, texturas imposibles y presentaciones casi científicas, resulta casi terapéutico volver a lo esencial. A veces, lo más apetecible no está en lo rebuscado, sino en lo auténtico, en aquello que no necesita adornos para brillar.
Esa es precisamente la idea que defiende Dani García, que sigue reivindicando uno de sus platos más icónicos: el tomate aliñado de toda la vida. Una propuesta sencilla, directa y sin artificios, que demuestra que la verdadera excelencia gastronómica, también, puede encontrarse en lo mínimo.
El truco de Dani García
El chef malagueño lo ha explicado, en distintas ocasiones, con una frase que resume perfectamente su filosofía: cuando el tomate es bueno y se acompaña de un gran aceite y un punto de sal, no hace falta nada más. No se trata de disfrazar el ingrediente, sino de colocarlo en primer plano y tratarlo con el respeto que merece.
Eso sí, no cualquier tomate sirve para este plato. La clave está en elegir una pieza en su mejor momento, de temporada, madura, carnosa y con un sabor intenso. Un buen truco es sencillo: si al cortarlo desprende ese aroma inconfundible, es señal de que vas por el camino correcto.
El siguiente elemento fundamental es el aceite de oliva virgen extra. Aquí no hay espacio para medias tintas, porque al haber tan pocos ingredientes, cada uno marca la diferencia. Un AOVE de calidad puede elevar un tomate corriente y convertirlo en una experiencia que se recuerda. Y, por supuesto, la sal, que puede ser fina o en escamas según preferencias, pero siempre en la medida justa para potenciar sin eclipsar.
Elaboración del plato
La elaboración es tan simple que casi parece exagerado llamarla receta, pero ahí reside su encanto. Basta con cortar el tomate, colocarlo en una fuente, añadir la sal y regarlo con un chorro generoso de aceite. Después, llega un detalle que marca el resultado final: dejarlo reposar unos minutos. Dani García recomienda esperar entre cinco y diez, el tiempo suficiente para que el tomate suelte su jugo y se mezcle con el aceite.
Ese reposo es el secreto del plato, porque el aliño se crea de forma natural, con un sabor difícil de replicar con cualquier vinagreta. El jugo del tomate se integra con el AOVE y forma una mezcla irresistible, de esas que piden pan para no dejar ni una gota en el fondo.
Si alguien quiere darle un matiz diferente, puede incorporar una pizca de vinagre suave, aunque en realidad no es imprescindible cuando la materia prima es excelente. De hecho, cuanto mejor sea el tomate, menos necesitará cualquier añadido.
Declaración de intenciones
Más allá del resultado, este plato también es una declaración de intenciones. Representa una manera de cocinar que muchos grandes chefs comparten, pero que en casa a menudo se olvida: hacerlo bien no significa complicar, sino saber cuándo intervenir y cuándo es mejor no tocar.
Este tomate aliñado es alta cocina sin fuegos artificiales. Es sencillez, sentido común y disfrute puro, una prueba de que lo básico puede ser lo más elegante cuando se hace con criterio.
Además, es una receta que encaja en cualquier ocasión. Puede abrir una comida como entrante fresco, acompañar carnes o pescados, o incluso resolver una cena ligera si se sirve con un buen pan para aprovechar ese jugo final que es, en realidad, la mejor parte.
Dani García lo explica sin pretensiones, pero con una verdad rotunda: cocinar también es detenerse, mirar el producto y dejar que hable por sí solo. Y este tomate aliñado es exactamente eso, una pequeña lección gastronómica que confirma que lo más simple puede ser, también, lo más inolvidable.
Como aliñar los tomates
Estos son los ingredientes que se necesitan para aliñar los tomates:
- 4-5 tomates maduros de rama (mejor variedad ramellet o tomates corazón de buey).
- 50 ml de aceite de oliva virgen extra de buena calidad.
- 1 pizca de sal marina.
- 1 pizca de azúcar (opcional, para equilibrar acidez).
- 1 chorrito de vinagre de Jerez o vinagre de manzana.
- 1 diente de ajo muy finamente picado (opcional).
- Unas hojas de albahaca fresca.
- Un toque de pimienta negra recién molida.
- Unas gotas de zumo de limón o una ralladura fina (opcional).
Lava los tomates con agua fría y sécalos con un paño limpio. Corta los tomates en rodajas de unos 0,5-1 cm de grosor. Si son grandes, córtalos en gajos generosos. Colócalos ordenadamente en una fuente amplia, sin amontonarlos.
Espolvorea una pizca de sal por encima de los tomates para realzar su sabor.
Si te gusta, añade una pizca de azúcar (esto suaviza la acidez y ayuda a resaltar el dulzor del tomate). Mezcla en un bol pequeño el aceite de oliva virgen extra con el vinagre elegido. Si usas ajo, agrégalo ahora y mezcla bien. Rocía el aliño de aceite y vinagre sobre los tomates de forma generosa y uniforme.
Termina con albahaca fresca desgarrada con las manos (esto potencia el aroma) y unas vueltas de pimienta negra. Deja que los tomates reposen 5-10 minutos antes de servir para que absorban bien los sabores.
