Joan Carretero, 'exconseller' de Gobernación y Administraciones Públicas de la Generalitat de Cataluña

Joan Carretero, 'exconseller' de Gobernación y Administraciones Públicas de la Generalitat de Cataluña

Examen a los protagonistas

Joan Carretero

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Un fichaje de campanillas

La política de fichajes de Sílvia Orriols, la matamoros de Ripoll, no es como para tirar cohetes, aunque le recomiendo que no pierda la paciencia con Ramón Cotarelo, su pregonero de la Diada. Más que nada porque sus fans aún esperamos de él mucha diversión, sobre todo ahora, que se ha convertido en un cruzado de la tercera edad contra el Islam y que reclama el regreso de la mili, para que nuestros chavales sepan a qué atenerse cuando les toque plantarle cara al moro que, como todo el mundo sabe, es muy traicionero.

No diré que el último fichaje de Aliança Catalana (AC) sea un ejemplo de glamur nacionalista (perdón por el oxímoron) pero, por lo menos, es conocido o nos suena a la mayoría de los catalanes: Joan Carretero (Tremp, Lérida, 1955) militó en ERC entre 1990 y 2009, año en el que se convirtió en presidente de una entelequia separatista llamada Reagrupament (que sonaba mejor que Quatre arreplegats), con la que se presentó a presidente de la Generalitat (va a ser que no, estimat Carrateru).

Previamente, ejerció de alcalde de Puigcerdà entre 1995 y 2003 y fue consejero de gobernación en el tripartito de Maragall, del que fue expulsado por un artículo muy crítico con su jefe y su gestión del nuevo Estatuto de autonomía que se había sacado de la manga. En ese sentido, fue un pionero, ya que poco después hubo purga en el gobiernillo y todos los de ERC fueron echados a patadas.

Durante toda su trayectoria política, Carretero ha ejercido de pitufo gruñón del nacionalismo, quejándose de casi todo y acusando a todo el mundo de tibio, traidorzuelo o botifler.

En lo relativo al amor a la patria, nadie daba la talla para nuestro hombre, que se presentaba como su más intransigente defensor. Y aunque este tipo de personaje no escasea precisamente en el manicomio catalán, hay que reconocerle a Carretero que interpretó el papel con suma naturalidad desde el principio. Dado a las declaraciones rimbombantes y a la expresión malcarada, solo le caía bien a lo más pata negra del separatismo local. No sé si en sus funciones de médico era más afable o si se mantenía en sus trece, pero como político era más bien del género regañón.

Tras el escaso éxito de Reagrupament, Carretero tiene ahora la posibilidad de volver a brillar un poco con la matamoros de Ripoll. Por lo menos, durante el tiempo que tarde en descubrir que la señora Orriols también es una traidora a la patria que solo busca su ruina o una infiltrada del CNI en lo más profundo de la Cataluña catalana. Por no hablar de lo que le gusta mandar a nuestro hombre, lo cual puede propiciar roces con la jefa.

Como tantos otros, Carretero se ha dado cuenta de que en AC no hay que disimular, como en ERC, y hacerse el demócrata. En AC se puede odiar bien a las claras, lo cual es una liberación para cualquier nacionalista que se precie. Intuyo, eso sí, que estos dos acabarán tan mal como Trump y Musk. Tiempo al tiempo.