Pila roja a Fernando Grande-Marlaska

Pila roja a Fernando Grande-Marlaska

Examen a los protagonistas

Fernando Grande-Marlaska

No sabe, no contesta

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Curioso personaje, Fernando Grande-Marlaska (Bilbao, 1962), antiguo juez prestigioso (aunque con algunas meteduras de pata, como el caso del Yak 42, que archivó y fue reabierto contra su voluntad), firme frente al terrorismo de ETA, y actual sicario de Pedro Sánchez desde su cargo de ministro del Interior.

Su nombre es ligeramente falso: su padre se apellidaba Grande y su madre, Marlasca: sobran en su actual denominación la letra k y el guion que une ambos apellidos. No suele ser muy de fiar que casi te inventes tu nombre, pero desde que forma parte del gobierno más progresista de la historia de España ha hecho cosas peores como miembro destacado del sanedrín sanchista.

O, mejor dicho, hacer, lo que se dice hacer, no puede decirse que haya hecho nada destacable.

Basta con ver su reacción ante la última provocación del sátrapa marroquí, ese hombre que quiere tanto a su país que pasa más de medio año en París y en la dudosa compañía de una pareja de hermanitos forzudos con los que parece pasárselo pipa mientras la parienta y los hijos se quedan en Rabat.

Tanto el CNI como el departamento de inteligencia militar sostienen que lo avisaron de lo que se nos venía encima, pero él lo niega. Y ahí nos hemos quedado. Alguien miente y aquí hay que depurar responsabilidades. Si la inteligencia española miente, que lo pague quien lo tenga que pagar.

Y si miente el señor ministro, que lo pague el señor ministro con su dimisión, pues estaba en juego la seguridad nacional. Lo que no puede ser es que la cosa acabe como esas mutuas acusaciones entre folklóricas de las que nos olvidamos sin averiguar jamás a quién le dio la razón el juez.

Fiel a su señorito, Grande-Marlaska ha abonado la teoría de las mafias de tráfico de personas del ínclito Sánchez y se ha sumado a él en las alabanzas a nuestro molesto vecino del sur y el monarca que lo controla (aunque sea desde los Campos Elíseos parisinos).

Tampoco se ha preguntado por esa extraña invasión de Ceuta a nado que, de repente, se auto corrige y sus participantes emprenden disciplinadamente el regreso a casa. ¿No le parece raro? A nosotros sí.

Pese al evidente desastre organizativo, al responsable de la cartera de Interior de nuestro gobierno le parece que todo se ha resuelto la mar de bien y que, con respecto a Marruecos, el que tiene un amigo, tiene un tesoro.

Cuando mi padre, el coronel, me decía aquello de: “Hijo mío, el moro es traicionero”, yo me lo tomaba como el típico comentario racista de un franquista que no lo era más porque no entrenaba.

Pero el hombre pasó la infancia en Melilla y tuvo ocasión de contemplar el panorama de cerca. Cuando la Marcha Verde, empecé a pensar que tal vez no iba desencaminado. Y con lo del otro día en Ceuta llegué a la conclusión de que igual mi viejo tenía más razón que un santo.