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Ignacio Vidal-Folch con un camión de Bomberos en una zona de incendio

Ignacio Vidal-Folch con un camión de Bomberos en una zona de incendio EFE

Examen a los protagonistas

Luna y el fuego

"Ella y otras viudas españolas del Estado Islámico fueron repatriadas por nuestro benévolo Estado, que no es tan misericordioso como Alá pero casi, junto con una numerosa prole de sus propios hijos y algunos huérfanos"

Publicada

Leíamos el otro día un reportaje de Juan Diego Quesada (en El País), que ha estado charlando con los damnificados de uno de los incendios que asuelan España, algunos de los cien mil que han tenido que salir pitando con lo puesto y esperar que pasen o sean extinguidas las llamas, rezando para que sus casas, por lo menos, no sean arrasadas por la furia del fuego.

Quesada dio con una de estas desplazadas que resultó ser Luna Fernández, una de las mujeres yihadistas que, siguiendo a sus maridos, fueron a servir al Estado Islámico (y a vivir de él) en Siria, matando y esclavizando infieles.

Allí vieron morir a sus maridos, que ahora están en el paraíso, y pegándoselas a ellas con 72 suculentas huríes a disposición de cada uno, como corresponde a los mártires. Qué suerte tan envidiable tienen algunos. Aunque 72 huríes… Puede parecer excesivo. El guirigay debe de ser sensacional. Espero que el paraíso esté bien surtido de ibuprofeno, aspirina, paracetamol y otros analgésicos.

Mientras tanto, a ella, a Luna, no le ha ido tan bien como a su difunto marido. Está un poco sola. Tras pasar unos cuantos años en un campo de prisioneros en Siria, gestionado por las milicias kurdas, Luna y otras viudas españolas del Estado Islámico fueron repatriadas por nuestro benévolo Estado, que no es tan misericordioso como Alá pero casi, junto con una numerosa prole de sus propios hijos y algunos huérfanos de los que se habían hecho cargo.

En España han pasado algún tiempo en la cárcel –nueve meses, en el caso de Luna--, por pertenencia a banda terrorista, y luego obtuvieron la semilibertad y “se mimetizaron con el terreno” (en la jerga militar) aunque con una tobillera electrónica para estar bien localizadas por la policía. O sea que se les perdió el rastro, sobre todo porque a nadie le ha interesado seguírselo.

Hasta que el tal Quesada dio con Luna, una perjudicada más de los 100.000 que han tenido que desalojar sus pueblos en la sierra madrileña, asediados por los incendios forestales, y le dio conversación. El periodista es discreto, parece vagamente simpatizante o compasivo con las cuitas de Luna, y seguramente por no hacer sangre se calla algunas cosas, o pasa discretamente sobre ellas. Pero a Luna, ay, se le entiende todo.

Anda quejosa. “En España todo me ha ido mal”. Vive, con sus seis hijos, en casa de su madre, a la que en buena parte debe su libertad y supervivencia, pero con la que mantiene discusiones frecuentes, en vez de besar por donde pisa. Contribuye a la economía familiar cuidando de algún anciano de vez en cuando.

El fuego de los incendios le ha traído malos recuerdos de cuando en los campamentos sirios se incendiaban, con cierta frecuencia, las tiendas de campaña en que se alojaban los prisioneros del diabólico Califato…

Además no logra integrarse en su comunidad rural, ni mucho menos encontrar otro novio: los cristianos quedan descartados (ya que son impíos, se deduce) y los musulmanes no se le acercan. “Me está costando hacer amigas. No voy a tener amigas cristianas y las musulmanas no quieren serlo. Les cuento mi vida o se enteran de quién soy y se alejan de mí porque dicen que soy radical”, explica.

Bueno, es fácil de explicar esa soledad, ese aislamiento que padece Luna; el hiyab que viste –signo claro de fanatismo, especialmente en un sitio donde no se le impone ostentarlo— algo tiene que ver con ello.

Las relaciones con los cristianos quedan descartadas por principio, incluso como amigos, en el caso poco probable de que alguno quisiera serlo. Y las musulmanas no quieren tocarla ni con un palo. La soledad es triste, pero ponte en el lugar de esas musulmanas que te rechazan, Luna.

Ponte en su piel: bastante duro es emigrar, tratar de integrarse en otra sociedad, trabajar en lo que se pueda y progresar un poquito, procurar ser aceptadas, especialmente en el actual clima de creciente recelo u hostilidad hacia los moros, azuzado, tanto en España como en otros países europeos, por algunas fuerzas políticas…

Como para que se te acerque una exterrorista envuelta de pies a cabeza en trapo negro, viva imagen de la muerte, que puede arrastrarte al lugar exactamente contrario a aquel de respetabilidad que aspiras a ocupar, arrastrarte a una marginalidad más acentuada.

--Hola, chicas, busco grupo.

Va a ser que no.