Un montaje con una imagen del juez Juan Carlos Peinado de fondo
'Yo me jubilo, pero a esa me la llevo por delante'
Curioso personaje el juez Juan Carlos Peinado (El Tiemblo, Ávila, 1954). No lo conocía nadie, pues nunca había destacado especialmente como leguleyo, hasta que se le metió entre ceja y ceja que tenía una misión en este mundo y que estaba obligado a terminarla antes de la jubilación: amargarle la vida a la esposa del presidente del gobierno, Begoña Gómez (también conocida como La Niña de las Saunas), a causa de sus presuntas trapisondas universitarias y aparente tráfico de influencias por ser quien es, y tratar, a ser posible, de que la interfecta dé con sus huesos en la cárcel. Es como si el hombre hubiese llegado a la siguiente conclusión: “Yo me jubilo, pero antes, ésa se va a enterar de quien soy yo”.
El juez Peinado, como casi todo el mundo, cuenta con defensores y detractores. Entre los primeros, la derechona en general y cualquiera que no le tenga el más mínimo aprecio a la señora de Sánchez: entre una y otros pueden reunir fácilmente a la mitad del país. Entre los segundos: su marido, el gobierno de su marido y los votantes de su marido, que tragan con cualquier cosa con tal de pararle los pies al fascismo. Los primeros beben los vientos por el juez Peinado (aunque todo parece indicar que su instrucción resulta ligeramente chapucera) y los segundos lo odian por pepero, facha, rencoroso, mezquino y repugnante (estos se pasan la vida buscando a parientes del PP y escudriñando los negocios del señor juez, como esas cuadras de caballos que le han permitido ganar cerca de un millón de euros durante los últimos veinte años).
Cuando era un niño, nadie en su pueblo lo veía como abogado en su madurez. Según su madre, el chaval iba para cura o para torero. Las predicciones no se cumplieron, pero el Peinado adulto es muy devoto del Cristo de Medinaceli y visita con asiduidad la madrileña plaza de toros de Las Ventas. Su carrera como juez, que inició a los 40 años y sin oposición, gracias a tener cierta buena fama, no ha sido especialmente brillante ni popular. Por lo menos, hasta que se cruzó en su camino la absurda señora de Sánchez, con sus ganas de adquirir glamour universitario sin haber pisado jamás una universidad y de influir en la sociedad gracias a la posición de su marido. Un bel morir tutta una vita onora, dicen los italianos. Y una gris jubilación puede enmendarse con un caso de campanillas antes del merecido descanso.
Yo diría que nuestro hombre hubiese preferido empapelar a Pedro Sánchez (¿y quién no?), pero el tipo, o esta limpio de polvo y paja (cosa que dudo) o es más hábil que la parienta borrando sus huellas. Como la Niña de las Saunas ha sido de una torpeza inverosímil, el juez Peinado lo ha tenido relativamente fácil para clavarle las garras, aunque haya tenido que bordear el ridículo con el numerito del pasaporte.
Lamentablemente, desde un punto de vista feminista, la pobre Begoña no pinta nada en esto, pues se trata de patearle el culo a su marido por persona interpuesta. Cosa intolerable si se es fan de Pedro Sánchez y se teme el inminente advenimiento del fascismo, pero bastante divertida si se cree que lo que hay que hacer con el actual presidente del gobierno es arrojarlo al basurero de la historia.