Sílvia Orriols

Sílvia Orriols Europa Press / CG

Examen a los protagonistas

Sílvia Orriols

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El fenómeno de la irrupción de Sílvia Orriols y Aliança Catalana en el panorama político del territorio tiene tanto de sorprendente y meteórico como, en no pocas ocasiones, de improvisado y atropellado. A estas alturas, es de suponer que la alcaldesa de Ripoll es consciente de que sus movimientos, directrices, declaraciones e, incluso, silencios son escrutados y analizados mañana, tarde y noche.

De ahí que resulte tan sintomático de los métodos operativos de la formación que lidera lo sucedido en las últimas horas con el que iba a ser su candidato a la alcaldía de Figueres, Arnau Liesa. Su confesión de mantener una relación sentimental con una menor, que incluso le hizo renunciar a su empleo como profesor, llega después de que Aliança Catalana decidiera apartarle de la carrera por el bastón de mando en el municipio gerundense, ante la evidencia de que el escenario es del todo incompatible con alguien que aspira a una responsabilidad en la administración de la cosa pública.

Una situación que nunca debió producirse porque Liesa jamás debió figurar en los planes de la formación que lidera Orriols para las próximas elecciones municipales. Característica común en partidos personalistas, cuya razón de ser obedece prácticamente por completo a la necesidad de un líder de contar con una plataforma más o menos estable para concurrir a los procesos electorales, es una cierta improvisación a la hora de confeccionar equipos y listas para abarcar todo cuanto quieren. Y como reza aquel viejo aforismo, de aquellos barros, estos lodos.

Existe una amplia coincidencia en señalar el descenso de la calidad del debate político y de quienes lo protagonizan a lo largo de los últimos años. Mala contribución a esto hacen los propios protagonistas si dan a entender que cualquiera vale para según qué responsabilidad. Se trata, ni más ni menos, que de gestionar la vida y los dineros de los ciudadanos; los servicios públicos a los que contribuyen con sus impuestos. Y, en fin, la adecuada convivencia entre todos y en comunidad. No son asuntos para dejar en manos de cualquiera, sin asegurarse antes de que existe un mínimo de orden en la propia persona.