Alberto Núñez Feijóo sabía que podía estar ante sus últimas jornadas del Cercle d'Economia como jefe de la oposición, para bien o para mal, y así se las preparó.
No contaba con que Jordi Turull le diría por la mañana que, si quiere el apoyo de Junts para una moción de censura instrumental, que es su deseo desde que empezó la legislatura, debe ir a Waterloo a negociarla con Carles Puigdemont, sin intermediarios.
Este órdago no impidió la buena sintonía del dirigente del PP con los empresarios en materias como la fiscalidad, la vivienda, la seguridad o la inmigración. Y también que, por lo general, pusieran buena nota a su discurso.
Pero, al final, volvió a dejar una sensación agridulce entre el empresariado catalán. Y no únicamente por no apoyar el nuevo modelo de financiación que el Cercle d'Economia anhela. La sensación generalizada fue que al gallego le cuesta conectar con Cataluña.
Mientras, y es una prueba de ello, Feijóo no consigue entender cómo la élite empresarial está relativamente cómoda con Pedro Sánchez.
De ahí que hiciera la condescendiente equiparación entre el actual Gobierno y una empresa quebrada, o que tratara a los presentes en el Palau de Congressos de Catalunya como si todos fueran de Junts y ninguno de ellos quisiera, en el fondo, apoyar un cambio de gobierno.
Errores que se repiten y sensación agridulce en el día de Feijóo, aunque éste ya se sintiera presidente ante las dificultades del actual Ejecutivo y todas las encuestas a favor.
