Narges Mohammadi

Narges Mohammadi

Examen a los protagonistas

Narges Mohammadi

Los peligros de pensar

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Definitivamente, habría que bombardear al Irán de los ayatolas. Y hago desde aquí un llamamiento (inútil) al energúmeno de color naranja (aunque esté demasiado ocupado asesinando a sus compatriotas a través del ICE) que ocupa la Casa Blanca a proceder sin la menor dilación al ataque desde ese enorme portaaviones que tiene ante las costas del país.

Dudo que haya otro idioma que esas bestias pardas puedan entender, sobre todo después de ver cómo reprimieron las últimas manifestaciones en su contra, llegando a reconocer algo más de 3.000 muertos a tiros (aunque parece que la realidad se mueve más entre los 20.000 y los 30.000).

El lunes dos de febrero, la activista Narges Mohammadi, Premio Nobel de la Paz en 2023 (tal vez debería habérselo regalado a Trump, que le hacen mucha ilusión esas cosas, no en vano ha acabado con ocho guerras, aunque no me vienen a la cabeza cuáles, ni a mí ni a casi nadie: tendré que preguntárselo a Isabel Díaz Ayuso, que seguro que se las sabe) inició una huelga de hambre tras haber sido detenida en diciembre del año pasado en el funeral de un abogado de derechos humanos hallado sospechosamente muerto en su despacho, Khosrow Alikordi.

Era su detención número trece, habiendo sido condenada en nueve ocasiones. En la última le ha caído una condena de siete años y medio de prisión, a los 53 años de edad y llevando once sin haber visto a sus dos hijos, que, afortunadamente para ellos, viven en el extranjero.

Todo parece indicar que el régimen considera una molesta piedra en el zapato a esta mujer de salud frágil (preocupante, en estos momentos) cuyo principal delito ha sido pensar y llegar a la conclusión de que dicho régimen es una atrocidad que debería ser eliminada.

Por eso ha insistido en denunciar las violaciones de derechos fundamentales en Irán, la frecuente aplicación de la pena de muerte a sujetos molestos y la violencia contra las mujeres que se muestran renuentes a lucir el velo islámico. Y lo ha pagado con una estancia en la cárcel, donde no se le permite tener visitas ni comunicarse con sus familiares.

Pensar que el regreso en su momento del ayatolá Jomeini fue interpretado por la izquierda europea como un triunfo sobre el imperialismo norteamericano es doloroso de recordar. Pero no costaría nada rectificar (como se está haciendo con el sátrapa nicaragüense Daniel Ortega) en vez de seguir mirando hacia otro lado, como hacen aquí Irene Montero, Ione Belarra y demás figuras señeras del progresismo feminista. Por el contrario, las infamias de los ayatolas siguen sin interpelar a nuestra presunta extrema izquierda.

De ahí que ya solo nos quede para hacer justicia la Bestia Naranja norteamericana, aunque incluso ésta se lo piense antes de dar las instrucciones necesarias al respecto (estará calculando qué se puede rascar de ahí, dado que la necesidad justiciera no creo que ni se la plantee).

Cierto es que dejar Teherán hecho fosfatina debería llevar a perseverar en esa línea y seguir con Afganistán, Nicaragua y todos los países con regímenes intolerables. Demasiado trabajo y muy pocas ganas de acometerlo en todo el orbe supuestamente civilizado.