
El portavoz de Junts, Josep Rius
Las continuas cesiones del Gobierno al independentismo a cambio de su apoyo parlamentario en el Congreso no han contribuido a apaciguar la agresividad verbal ni las aspiraciones de los impulsores del procés, en general, ni de Junts per Catalunya, en particular.
Los posconvergentes continúan sin digerir su pérdida de apoyos ni su rol en la oposición parlamentaria en Cataluña, donde su penúltimo caballo de batalla parecen ser ahora las deficiencias en las infraestructuras: en especial, en la red de Cercanías de Renfe (Rodalies) y el tráfico.
"Tienen el país colapsado por tierra, mar y aire", espetó ayer el portavoz de Junts, Josep Rius, lamentando que, a su juicio, en la región faltan aeropuertos, trenes y carreteras, donde recordó que en el primer trimestre del año se han registrado un 46% más de fallecidos que en el del año pasado.
Por mucho que el diputado posconvergente pueda tener razón en sus quejas -algunas de ellas, difícilmente cuestionables-, sus formas no son de recibo. Y son un claro reflejo del mal estilo que ha caracterizado a Junts desde que el prófugo de la justicia Carles Puigdemont tomó las riendas de dicha formación.
Así, resulta llamativo que Junts vea incomprensible que no hayan dimitido ni la consellera de Interior, Núria Parlon, ni el director del Servei Català de Tránsit, Ramon Lamiel. Sus labores desde que el PSC alcanzó la presidencia de la Generalitat podrán ser discutibles. Pero apenas han transcurrido nueve meses desde que eso ocurrió, y ambos han recibido la herencia de la pésima gestión de los sucesivos gobiernos tanto de ERC como de Junts a lo largo de la última década. Y ello, sin tener en cuenta además el casi cuarto de siglo que Cataluña estuvo gobernada por la Convergència de Jordi Pujol y, años después, su delfín político Artur Mas.
No estaría de más, por tanto, que Junts hiciera autocrítica y examen de conciencia. Y una oposición algo más constructiva.