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Ferran, eufórico, celebra el gol de la victoria de España ante Argentina

Ferran, eufórico, celebra el gol de la victoria de España ante Argentina

Juanito Blaugrana, un Culé en La Castellana

La bañerita y el tiburón

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La final de la Copa del Mundo, convertida en epítome de la mística del glorioso Fútbol Club Barcelona, arrancó en el agua tibia de la nostalgia, chapoteando de nuevo en la archiconocida foto del Leo Messi de 19 años y melena desafiante junto a un bebé que ya por aquel entonces era Lamine Yamal Nasraoui, pero muy poca gente aparte de sus padres lo sabía.

Después de que La Masia se diera durante varios días en Estados Unidos y en todo el planeta el baño de masas definitivo por haber criado a las dos estrellas de la final, el duelo por la Copa más preciosa entre Argentina y España arrancó entre sudores y sin casi sitio para estirar las piernas. Como si los 22 mejores futbolistas del Mundial se hubieran metido dentro de esa misma bañerita azul y tuvieran pánico de resbalar hacia el fondo. España dominaba la pelota con criterio y se mostraba ordenada y efectiva en la presión. Pero aun así mi hijo el mayor, que ya se ducha desde hace tiempo, decretó que el partido era una castaña y se fue a la cama en el descanso.

Así las cosas, y a la espera de algún desmarque de arrastre de Oyarzabal o alguna triangulación de Olmo y Fabián que culminara con peligro, un plan razonable pero que no terminó de cuajar, el agua de España se fue enfriando hasta que los patitos de goma se pusieron bufanda. Por una cuestión de hemisferios, parecía que el tiempo invernal a mediados de julio decantaría la final hacia el cono sur. Pero La Roja se las apañó para mantener una llamita encendida, como un mechero bunsen calentando gradualmente la fórmula de la victoria.

Entonces llegó la expulsión de Enzo. Protestada, sí. Clarísima, también. La temperatura subió de golpe, y la tuvo Lamine más allá del 90' en una falta que hubiera sido absoluta y completamente Messiánica. Pero el fútbol siempre se reserva un girito cabrón en todas sus mejores historias. La prórroga avanzaba mientras cada posesión larga de España traía de vuelta a nuestras cabezas la música del gol de Iniesta en aquel Informe Robinson. A Iñaki le anularon un gol merced al cancherismo extremo de Otamendi y Merino falló justo, justo la que no falla nunca. Visto con la tranquilidad del campeón, estaba escrito que la tenía que tirar fuera. Precisamente para que el delantero con más fama de fallón de nuestra historia incluso por encima de Julito Salinas, el mismo que pedía por favor de forma lastimera que no le anularan por fuera de juego su primer gol en este Mundial hace pocas semanas, cosiera el balón a la red y la segunda estrella en la camiseta roja. ¿Quién iba a ser, sino nuestro Ferran Torres, el tiburón en la bañerita?

P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana