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La temporada del Barça echa el cierre con la penosa noticia de la lesión de Fermín en el penúltimo partido de Liga, el mismo que certificó la imbatibilidad del equipo azulgrana como local en la competición alrededor de la cual se organizan todas las demás. El sensacional interior de La Masia, autor de 13 goles y 17 asistencias y cada vez más nuclear en el ataque de Hansi Flick, sufrió una fractura en el pie derecho que lo dejará sin Mundial. Volantazo cruel de un destino pesadamente irónico para el mismo futbolista que ganó una Eurocopa y un Oro olímpico durante el eterno verano de 2024.

Con los futbolistas jóvenes ocurre un poco como con los hijos: de repente el tiempo, "un fuego que me consume", como dijo Borges, se manifiesta de una forma distinta y sublime, reverdeciendo nuestros jardines y nuestros sueños. Ya no hemos de buscar un propósito, pues basta el de acompañarlos en la experiencia de crecer. Por eso nos rompe el corazón ver cómo el tiempo se detiene para Fermín, uno de nuestros niños. Y además no uno cualquiera, sino el que tuvo que pasar una temporada en el Linares y estamparnos una y otra vez en la cara su nombre de pescadero de barrio y su aspecto de chaval que va a la campaña de la aceituna para echar una mano en casa hasta demostrar que su sitio en este Barça multicampeón no solo está asegurado sino que se canta, como un crit valent, en el once titular.

Llevo mucho tiempo dando la tabarra por ese Twitter de dios con que mi centro del campo favorito para el Fútbol Club Barcelona de Flick es el que componen Pedri, Gavi y Fermín. Y no porque De Jong sea un futbolista de todo punto exasperante. Que también, como decía el ínclito M. Rajoy. Ni por rocambolescas enajenaciones románticas como la que, por ejemplo, lo confieso, un día me llevó a exclamar que Marc Bartra acabaría siendo capitán azulgrana. Es que este trío en particular, ya sea apuntalado por un mediocentro defensivo o coronado por un mediapunta acelerador, me parece que despliega un equilibrio ingualable de calidad, carácter y ambición. Todas sus virtudes juntas ponen al servicio del Barça una dinamo de fútbol que oscila entre la pausa y el vértigo, el control y la entropía, como muy pocas se han visto en la historia de este juego.

En esa cocina rebosante de creatividad, valentía, tradición y entendimiento, Fermín es claramente el jefe de postres. Un mago de la batidora que se gira hacia portería como nadie tras el primer control, una eminencia de las texturas del cacao que energiza a sus compañeros hacia la portería rival, y un triple Estrella Michelín en el arte de emplatar sus goles dándoles esa última pincelada de dulzor, sal o picante que convierte un simple flan o una adusta torrija en maravilla para los sentidos. Y, además, nos suele regalar la guinda de una celebración rabiosa, el último y perfecto toque amargo que realza el sabor de cualquier victoria importante. Por eso estamos tan tristes, porque este verano, en las largas sobremesas de las comidas con amigos que precederán a los primeros partidos de España en esta Copa del Mundo tendremos que tirar de melón o de Cornetto para acompañar el solo con hielo. Los dos están muy ricos y se agradece que nos alegren los veranos, pero desde luego no son lo mismo.

P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

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