Los jugadores del Barça celebran el gol de Robert Lewandowski contra el Atlético de Madrid en Liga FCB
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Como si quisiera homenajear la epopeya del Artemis II, el Barça compareció de nuevo en el Metropolitano, al primer duelo de la larga serie contra el Atlético, lanzado a la conquista del espacio. Pese a la cuchufleta del Madrid en Mallorca, el del sábado noche era el inicio de un viaje tortuoso para los azulgranas. El influjo del bloque bajo, empuje gravitatorio que mantiene a los del Cholo Simeone siempre juntos y pegaditos a la tierra, puede ser una losa muy pesada para un rival que aspira a asaltar los cielos. Pero Hansi Flick se avino a probar lo que ya hacía tiempo asomaba como una alternativa táctica interesante para enfrentarse a un Atleti como este, sin demasiado interés por dominar la pelota ni desgastar sus sueños europeos: alinear a la pareja Fermín-Dani Olmo pero no junto a un delantero centro sino en su lugar. Juntos, por fin no revueltos, los rubios fueron las dos primeras fases de un mismo cohete atravesando la atmósfera y rugiendo hacia la portería rival.
La efervescencia y precisión de Fermín no fueron ninguna sorpresa. El diablillo onubense ya es el futbolista al que más buscan Lamine Yamal y Pedri cuando está sobre el campo, lo cual no hace sino certificarlo como la más clara estrella emergente de este Barça. Pero le faltó tino en el remate y desapego en una internada en la cual tenía solo, solísimo a Marcus Rashford para abrir el marcador en el segundo palo. Por contra, esta vez quien puso al equipo blaugrana en órbita cuando más lo necesitaba, por debajo en el marcador y a pocos minutos del descanso, fue Olmo. Cuando no comparte once con Lewandowski o Ferran, sus amagos de ruptura, su colocación de espaldas a portería y sus paredes son oro para los extremos que pisan área. Rashford, que andaba metido en un 'embolic' posicional con Joao Cancelo, mantuvo su fe en el 20 hasta que este lo dejó en zona de remate para batir a Musso.
Aunque se llegara al descanso con empate en el marcador, y el partido virara hacia una nueva trayectoria por la inercia de enviar a la ducha a Nico González -enésimo de los trillones de laterales izquierdos a los que Lamine Yamal expulsará durante su carrera-, el despegue de la nueva fórmula puede considerarse un éxito. A partir de la reanudación ya no hacían falta propulsores sino ingenieros de la aproximación al gol. El primero, Ferran Torres, se quedo cortó en todos los cálculos. El otro, Robert Lewandowski, demostró por qué durante años ha sostenido él solito la carrera espacial polaca: ni siquiera le hace falta rematar a puerta para alunizar un partido decisivo. La razón, por supuesto, es que absolutamente todo lo demás lo hace de fábula: fija a los defensas para generar espacios, lee a la perfección el momento de atacar la diagonal entre los centrales, siempre encuentra zona de remate, y si no le llega el pase siempre tiene la caña preparada, por si acaso. Ya no puede ser la referencia goleadora de este Barça, pero en la última media hora de un partido peludo sigue siendo su mejor recurso.
Es una noticia especialmente positiva que Lewa empiece este largo abril marcando. Porque, incluso con la felicidad de levantarse casi campeones de Liga en una radiante mañana de primavera, a este Barça aún le falta la parte más peligrosa de cualquier odisea espacial: una reentrada en la atmósfera de la Champions que subirá la temperatura del fuselaje azulgrana hasta casi el punto de fundición. Es la forja que separa a los héroes de los mártires. Y la única forma de no quedarse para siempre flotando en la ingravidez de lo que pudo ser y no fue.
P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana