Raphinha celebra un gol ante el Sevilla
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A ningún culé que vea los partidos de su equipo desde que Hansi Flick llegó al banquillo azulgrana se le escapa que la lesión de Raphinha con Brasil es un cañonazo tremendo a las esperanzas del Barça de ganar más de un título esta temporada. Uno de los principales logros del técnico alemán con la plantilla azulgrana fue convertir a Rapha de roto en descosido. Como ya se comprobó en la etapa de Xavi, era inútil pretender que desbordara a los laterales contrarios como extremo. Ni arrancando a pie parado desde la banda derecha ni atacando al espacio desde la izquierda lo conseguía. De modo que Flick lo convirtió en una piraña del intervalo, desde donde abandera una presión huracanada y fabrica innumerables goles que son hijos la fe y el vértigo.
La rúbrica del 11 suele estar al pie de los mejores partidos azulgranas, Clásicos, semifinales y finales. Y, al contrario, se le recuerda rechinando los dientes en el banquillo o arrugando la nariz en la grada durante los batacazos más sonados. Sin ir más lejos, el 4-0 del Metropolitano. En el caso de Raphinha, a su rendimiento directo hay que sumar además su efecto galvanizador, una descarga competitiva que reanima los corazones de sus compañeros y convierte hasta los tendones más tiesos en látigos implacables. Uno de los secretos de este Barcelona es que ha incorporado una gigantesca sección de percusión a su gusto por lo sinfónico. Y el brasileño, en esa suerte, es el mayor especialista del triple bombo que hay en plantilla. Su ausencia es la manera más fácil de perder el ritmo para un equipo que navega entre la pausa y el arrebato sin terminar de decantarse por ninguno.
Su lesión durante el parón de selecciones más innecesario posible, decretado para jugar partidos amistosos justo antes de los cuartos de la Champions y a poco más de dos meses del inicio del Mundial, deja un regusto incendiario que pronto se convierte en rescoldo resignado. No está la Brasil actual como para cometer negligencias en la preparación y el cuidado de futbolistas como Raphinha o Vinicius. Recordemos que uno de sus dos principales delanteros ha marcado 7 goles esta temporada con el Manchester United y el otro 19 en el Brentford, sombríos registros para una Canarinha más desdibujada si cabe que en citas anteriores. Pero sigue siendo demencial que un club profesional gaste 60 millones en un futbolista más otros tantos de salario durante su contrato y se quede sin él justo antes de las semanas decisivas de la temporada porque el fútbol de selecciones ha decidido, por su toto moreno, distribuirse a lo largo del año sin importarle más negociado.
La lesión de Raphinha en estas circunstacias es una píldora especialmente amarga de tragar en esta nuestra nación disfuncional, donde la nueva gran estrella de la selección es un joven catalán de origen marroquí y canterano del Barça odiado hasta el tuétano por la mayoría de la masa social futbolera y patriotera, y además a buena parte de la afición culé lo que haga o deje de hacer España en el Mundial se la trae al pairo. ¿Cómo vamos a entender desde este mezquino rincón del planeta fútbol que quedarnos sin Rapha a estas alturas era justo y necesario?
P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana