
Ferran Torres celebra su doblete contra el Atlético de Madrid en Liga EFE
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Avanza la temporada y el Barça sigue dando señales de fortaleza en todas las competiciones. Pero eso no impide que algunas leyes no escritas del fútbol permanezcan inmutables: al Maligno la moneda de la suerte en Europa siempre le cae no ya de cara sino de canto si le hace falta, y los partidos entre Barcelona y Atlético no admiten prisioneros. Pero entre que Benfica ya se escribe con 'ph' de Raphinha y Lamine Yamal nunca se rinde, los culés acabaron la semana de dulce.
Los azulgranas disfrutaron doblegando a un campeón portugués demasiado atribulado por la oportunidad perdida en Lisboa, donde jugó una eternidad contra diez con el peor resultado final posible, y aseguraron los cuartos de Champions. Pero, en su retorno a la Liga tras velar al doctor Carles Miñarro, que en paz descanse, comparecieron en un Metropolitano que aún olía a azufre y se retorcía, lógicamente endemoniado y ávido de resarcimiento. Siempre suele ser difícil para los azulgranas atacar un bloque bajo, pero quizá la tarea se le complicó todavía más por tener enfrente a un equipo con hambre y sed de justicia.
Fue precisamente el gran agraviado en la eliminación continental de los rojiblancos, Julián Álvarez, quien desgarró la moral barcelonista no solo con un gol como un martillo casi al borde del descanso, sino con numerosas acciones que fueron un prodigio de movilidad y astucia. Cómo tenía que verse de fino que hasta intentó un gol olímpico. E incluso ya ausente del campo se las apañó para golpear por segunda vez, pues dejó su puesto a Sorloth para que el joker noruego abrochara el mismo gol que le casca siempre, pero siempre, siempre, al Barcelona.
Casi nadie contaba con que Robert Lewandowski negara la rendición blaugrana de un manotazo. A menudo sus mejores controles ocurren ya muy lejos del área y, en general, sus días de trueno hace tiempo que pasaron. Pero eso no fue óbice para que el máximo goleador del Barça de Hansi Flick reinventara ayer el arte de la finalización tras controlar con el pecho un 'Ave María' de Iñigo Martínez que no solo propició el 2-1 sino también la resurrección por sorpresa de un Barcelona enardecido.
Raphinha, quién si no, colocó el empate en la testaruda cabeza de Ferran Torres. Y Lamine demostró que no solo es un niño prodigio sino que además la pega a puerta cuando hay prisa por marcar. El descuento le sobró al Barça para celebrar el cuarto gol, otro retoño de la fe que palpita en las botas de Raphinha y Ferran, y también para desmarcarse de ese fatalismo que tanto lo encorsetó en otros tiempos. ¿Quién se acuerda ya de eso? Que pase el siguiente partido grande.
P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana