Los jugadores del Barça festejan un gol contra el Feyenoord FCB
A Gerard Piqué le encantaba celebrar los triunfos con la canción "Viva la Vida" de Coldplay. A Lamine Yamal cada vez que marca un gol le gusta abrazarse a sus compañeros y, cuando agita sus brazos mirando la grada, sería más feliz escuchando "¿Y qué fue?" de Don Miguelo, un rapero dominicano que también triunfa en cualquier tardeo. Y Raphinha gozaría con cualquier samba, y más ahora que está en estado de gracia, inspirado hasta en la Champions. Lo mismo que Fermín, que con un reguetón o una flamenca alcanzaría el esplendor total.
El gol sabe a eso, a música, a felicidad pura; por eso hoy en día el Barça no sufre, tiene ganas de abrazar y de besar y de bailar.
Buscaba el Barça desesperadamente un goleador nato, un killer, de los que no fallan en el área; balón que les llega, pelota que besa las redes. No lo encuentra en el mercado porque el Atlético de Madrid le niega el traspaso de Julián Álvarez y los más buenos son más caros.
Comienza el campeonato y el Barça, cumpliendo con la religión de su entrenador, que goza con ver a su equipo marcando goles, aparece en cuatro jornadas con tres goleadores entre los cinco primeros de la Liga. El máximo, Raphinha, con cinco tantos y, tras el brasileño, Lamine y Fermín, con cuatro cada uno de ellos. Pero hay más, como si Flick quisiera contradecir a los comunicadores. El equipo azulgrana es el equipo más goleador de la liga (17) y bien podría preguntar el técnico alemán: ¿Quién dijo que me falta un goleador?
Pero los goles que levantan al público siempre tienen diferentes intérpretes y sonido. Los del Barça, desde hace un tiempo, no sé por qué razón, me parecen los más bien elaborados y los más bonitos. O quizás porque el primer título que leí en mi primera escuela de periodismo --el diario 4-2-4-- fue “goles son amores” del entonces director adjunto, Josep María Ducamp.