Julián Álvarez celebra un gol ante el Tottenham EFE
El culebrón de Julián Álvarez deja tres certezas: que el perfil del argentino ya está cubierto en la plantilla, que los contratos no son papel mojado y que Laporta y Deco han tapado con humo la falta de margen salarial para el 9 que pidió Flick.
Que conste desde la primera línea: celebro que Julián Álvarez no sea jugador del Barça, y lo celebro por razones estrictamente futbolísticas. El argentino es un futbolista extraordinario, pero es un mediapunta, un jugador que necesita vivir entre líneas. ¿Y quiénes ocupan hoy ese metro cuadrado en el vestuario azulgrana? Dani Olmo y Fermín López. Gastar una fortuna en duplicar una posición que ya está doblada no es reforzarse: es acumular.
Lo que el Barça necesitaba, y sigue necesitando, es un delantero centro rematador de área. Un 9 de los de verdad: Kane, Haaland, Lewandowski, Lautaro. Un futbolista que viva del área pequeña, que ataque el primer palo, que convierta en gol los centros que este equipo genera cada partido. Eso pidió Flick para aspirar a la Champions. Y eso es exactamente lo que no ha llegado.
El compromiso también se juzga
Hay un segundo motivo, y este ya no es de pizarra. Viendo cómo se ha comportado Julián durante todo el verano, uno solo puede albergar dudas sobre su compromiso y su profesionalidad. Lo que ha hecho en Madrid no invita precisamente a confiar en él ni en su representante. Un futbolista que fuerza así una salida hoy, puede forzar otra mañana.
Y llegamos al fondo del asunto: esa idea, repetida hasta la náusea, de que siempre debe prevalecer la voluntad del futbolista es un principio muy peligroso y pernicioso. Los contratos están para cumplirse o para rescindirse en los términos que las partes firmaron y acordaron libremente. Julián aceptó una cláusula de 500 millones. Nadie le puso una pistola en el pecho.
No puede ser que, para que el Atlético pagara 90 millones al City y le abonara los 14 millones que cobra cada temporada, el jugador fuera muy exigente, y que para marcharse sea él quien decida cuándo se va, rompiendo el contrato, eligiendo el club de destino, fijando su propio precio de salida y aceptando además que el Barça lo pague en seis plazos. Esto no funciona así. Basta un ejercicio de simetría: ¿Qué diríamos si el Madrid hiciera una oferta a Lamine Yamal antes de hablar con el Barça, y Lamine anunciara que quiere irse al Bernabéu poniendo él mismo el precio de su traspaso?.¿ Habría que facilitarle la salida y por un precio por debajo del que exigiría el Barça? Estaríamos indignados. Con toda la razón.
Una gestión de manual... de lo que no hay que hacer
Dicho todo lo anterior, lo que no se entiende es la obsesión de Laporta por fichar a un jugador que el Atlético le había dicho que no vendía desde el primer momento. El caso Julián Álvarez no se podía gestionar peor. Aspiras a un fichaje millonario sin tener espacio salarial para inscribirlo. Retransmites las negociaciones por la prensa, publicitando que te reúnes con su agente en Barcelona antes de hablar con el club vendedor. Pretendes colocar intermediarios en la operación como Juanma López y Andy Bara. Cabreas al Atlético filtrando que aquello estaba medio cerrado y que el problema era suyo. Provocas que el jugador se enfrente a su club cuando ni siquiera estás dispuesto a mejorar la primera oferta que ya te habían rechazado. Y antes has pagado 80 millones por Gordon, un delantero que no tiene ni la mitad de cartel.
El desenlace es tragicómico: el Atlético te denuncia ante la FIFA, tú amenazas con que la oferta tiene fecha de caducidad y luego la mantienes, después de que Gil Marín te haya despreciado en público —"nos indigna aún más, porque nos repugna la falsedad, la falta de ética y de profesionalidad del Barça"— y de que te hayan repetido por activa y por pasiva que la negativa es infinita. Y aún así, no lo descartas.
Lo grave, lo verdaderamente grave, es que en dos veranos consecutivos dos futbolistas que querían venir al Barça —Nico Williams y Julián Álvarez— se han quedado por el camino porque los dirigentes del Barça no han sabido gestionar su llegada.
Queda la sensación, y es difícil sacudírsela, que tras gastar 172 millones en fichajes, Laporta y Deco no han conseguido margen salarial para el 9 que exigió Flick, y han estirado el chicle de Julián hasta reventarlo, sin buscar una alternativa, para tapar esa inoperancia económica y cargarle el muerto al Atlético. ¿Por qué o Julián o ninguno? No hay nadie que esté por encima del Barça como para que el club le espere quedándose con las manos vacías y las exigencias de Champions, llenas.