Joan Laporta, Julián Álvarez y Miguel Ángel Gil Marín en un fotomontaje CULEMANÍA
El culebrón Julián Álvarez está llegando a su final, dejando varias víctimas por el camino. Desde que el delantero argentino clamara a los cuatro vientos su deseo de salir del club atlético, "quiero cumplir mi sueño", durante la disputa del Mundial, su vida se ha convertido en un infierno, encerrado entre cuatro paredes y sin apenas un resquicio para asomar la cabeza.
El internacional albiceleste reclama, desde su celda, que tenía la promesa de los responsables del Atlético, con Gil Marín como portavoz, desde el mes de marzo que si llegaba una oferta superior a los 120 millones le quitarían los grilletes. Con esa promesa bajo el brazo, su agente se acercó al Barcelona para comunicarles que en verano podían poner la barra de pan con la lima dentro. Sin embargo, la sorpresa de Joan Laporta fue mayúscula cuando los interlocutores atlético se negaron en redondo a abrir la celda, con Mateu Alemany como guardián de las llaves.
A partir de aquí, todo se ha ido descarrilando a velocidad vertiginosa. Julián tensó aún más la cuerda, desde que llegó de sus vacaciones, instando a los responsables del Atlético a abrir negociaciones con el Barcelona, como si se tratara de un habeas corpus. La respuesta de los carceleros fue clara: "De aquí no te vas para ir aBarcelona". De hecho, hasta llegaron a abrirle las puertas a una salida si aceptaba regresar a la Premier, en este caso para jugar con el Arsenal. Ofrecimiento que Julián rechazó de pleno, sentándose cabizbajo en el banquillo.
Tras ausentarse en la primera jornada ante el Málaga llegó el partido contra el Villarreal. Y aquí el Metropolitano dictó sentencia, con una de los pitadas más violentas y furibundas que se recuerdan en el feudo rojiblanco. Julián aguantó estoicamente los insultos cuando su rostro salió en el marcador, pero aún más grave, si cabe, fue cuando saltó al campo, con los aficionados prácticamente pidiendo la pena de muerte.
La araña -un apodo que ya nadie pronuncia en el Atlético- decidió, aconsejado por el club, ser el primero en retirarse del campo y no unirse al resto de compañeros para saludar a la afición al final del encuentro. Otro gesto más que confirma su condena. Dos días más tarde el jugador ni tan siquiera saltaba a entrenar, afectado por una repentina y oportuna gastroenteritis.
Gil Marín y Alemany están actuando como los típicos carceleros de una película mala de serie Z, que disfrutan ante el dolor ajeno y se regocijan mientras su víctima se retuerce en la celda. El orgullo les ha nublado la vista y no se dan cuenta que el principal perjudicado de todo esto está siendo el Atlético, que se ha convertido en una prisión más temida y hermética que Alcatraz. Sí, en aquella prisión, dos presos lograron fugarse, pero nunca se supo si finalmente llegaron a la orilla o fueron arrastrados por las fuertes mareas que recorren la costa de San Francisco. Sea como fuere, el daño colateral de esta fuga fue el cierre unos años más tarde de la prisión, que perdió su fama de inexpugnable.
El Atlético va a conseguir que su imagen caiga por los suelos -si no ha tocado fondo, poco le falta- reteniendo a un jugador en contra de su voluntad y perjudicando al club de una manera irreversible. Y es que ya me diran qué jugador top se va a arriesgar a recluirse en una prisión de máxima seguridad donde sus deseos y aspiraciones son aniquilados y reprimidos por unos dirigentes tan irresponsables como egoístas.