Deco, junto a Joan Laporta EFE
Los proyectos que ganan comparten una regla sencilla: sobre una base sólida, se añaden piezas de más nivel. Se mejora lo que ya funciona, no se desmonta para rezar. Por eso, lo que ha hecho el FC Barcelona este verano en ataque cuesta tanto de entender. Nadie en el entorno azulgrana tiene la sensación de que la plantilla haya mejorado. Y esa sensación, en fútbol, casi nunca miente.
Empecemos por lo objetivo. El club ha perdido 33 goles de golpe. Se ha prescindido de dos de sus mejores rematadores. A Robert Lewandowski, evidentemente, había que jubilarlo: el tiempo no perdona ni a los killers. Pero a Marcus Rashford se le deja marchar sin un recambio de garantías. Y lo más sangrante: se ha permitido que Ferran Torres, el otro gran goleador de la casa, quede a seis meses de poder firmar como agente libre por el PSG, el Atlético de Madrid o cualquier grande de Europa.
Certeza por deseo
Es un manual de mala gestión. Un futbolista que ha rendido a gran nivel las últimas temporadas, que se ha revalorizado, y al que no te has decidido a renovar; ahora que es el delantero de moda, se te puede ir gratis. Regalar patrimonio no es planificar: es improvisar con corbata.
¿Y con quién se sustituye a esos goleadores contrastados? Con dos apuestas que, como artilleros, no han demostrado ni de lejos la misma pegada. Anthony Gordon, que apenas firmó 8 goles en la Premier League, y Karim Adeyemi, que llega de un año muy discreto en Alemania. Se cambia certeza por deseo. Pólvora probada por fuegos artificiales.
El 'reality' con el fichaje de Julián
Mención aparte merece el culebrón de Julián Álvarez, un caso que no se podría haber gestionado peor desde el despacho de Laporta y Deco. Aspiras a un fichaje millonario sin tener espacio salarial para inscribirlo. Retransmites las negociaciones con el propio jugador como si fueran un reality. Intentas colar a Juanma López de intermediario cuando Mateu Alemany y Deco se conocen de memoria. Cabreas al vendedor. Filtras a la prensa que la operación está medio cerrada y que el problema lo tiene el Atlético. Provocas que el futbolista se enfrente a su club cuando no estás dispuesto a subir la oferta que ya te rechazaron. Antes has pagado 80 millones por un delantero que no tiene ni la mitad de cartel. El Atlético te denuncia ante la FIFA y, encima, vas amenazando con que tu oferta "tiene fecha de caducidad" cuando te han dicho que la negativa al traspaso es infinita y que ni siquiera descartan renovarlo.
Da la sensación de que Laporta sabía desde el principio que el Barça no tenía músculo para fichar al argentino, pero le ha servido todo el verano para vender un relato: que el club es una potencia financiera capaz de acometer operaciones multimillonarias como el resto de gigantes europeos. Mientras tanto, ampliaba deuda pidiendo un crédito de 210 millones en bonos a inversores americanos, porque la banca de aquí ya no le presta más. El escaparate brillaba; la caja, no tanto.
Lo verdaderamente grave es lo que revela: dos futbolistas del perfil de Nico Williams y Julián Álvarez han querido venir al Barça y el club no ha sabido gestionar ninguna de las dos llegadas. Cuando el problema no es convencer al jugador, sino tu propia casa, el diagnóstico es interno.
¿Y la defensa?
Y aquí está la gran paradoja. El problema del Barça nunca fue el gol; era defensivo. El propio Hansi Flick lo dijo al cerrar la pasada temporada: faltaban defensas con experiencia, sobre todo un buen acompañante para Pau Cubarsí en el eje de la zaga y, muy probablemente, un refuerzo en el lateral izquierdo. Se ha gastado energía, relato y dinero en resolver lo que no estaba roto, dejando abierto lo que sí lo estaba.
El único movimiento coherente con la identidad de la casa es el fichaje del extremo belga Jesse Bisiwu, procedente del Brujas por unos 8,5 millones de euros. Un chaval de 18 años, contrato hasta junio de 2031, a caballo entre el filial de Segunda RFEF y el primer equipo. Está bien. Pero es una apuesta de futuro, no una solución para el presente.
Al final, los grandes directores deportivos no son los que compran bien —con dinero eso lo hace cualquiera—, sino los que saben vender. Y en ese apartado, Deco todavía tiene mucho que demostrar. Porque solo vendiendo con criterio se financian los buenos fichajes. Ese, y no otro, es el examen pendiente.