En psicología existe un término que define a las personas que suelen evitar la información negativa, el conflicto o reconocer los propios errores, ignorando de esta forma las señales de peligro que emanan desde el exterior. Se conoce como el síndrome del avestruz por la extraña forma que tiene esta ave de protegerse cuando se siente amenazada: escondiendo la cabeza bajo tierra.
En Can Barça hace tiempo que nos movemos bajo la sombra del avestruz. Ante cualquier problema que se atisba en el horizonte, las opciones son mirar para otro lado o señalar a enemigos externos que sólo buscan nuestra ruina, enarbolando al madridismo sociológico como enemigo número uno del culé.
Que el club institucionalmente se encuentra en una de las horas más bajas de su historia, lastrado por el 'caso Negreira' y otros desmanes como la publicidad del Congo o el contrato con New Era, es una realidad palmatoria. Económicamente, mejor ni hablar: llevamos cinco años sin poder fichar con la regla 1x1 y, socialmente, el socio es el eslabón perdido de la cadena, al que sólo se tiene en cuenta cuando hay elecciones en el horizonte.
Antes tantos frentes abiertos -ya ni menciono la demanda de un socio anónimo que se acaba de saber hace unos días-, el primer equipo de fútbol parecía vivir en un burbuja, convenciendo en el juego y conquistando títulos, inasequible al desaliento, por más injusticias arbitrales e intentos de desinscripciones que fueran apareciendo, con un auriga experto en los manos, Hansi Flick, y con un chaval, Lamine Yamal, capaz de emular la precocidad de Alejandro Magno.
El primer año todo fue miel sobre hojuelas, y eso que desde LaLiga intentaron dinamitar por lo civil o por lo criminal la inscripción de Dani Olmo, con el único borrón de las semifinales de la Champions, que aún muchos no entienden cómo el equipo no acabó en la final de Múnich ante la superioridad aplastante de los blaugrana.
Sin embargo, este segundo año, Flick está sufriendo lo indecible para mantener al equipo fiel a sus ideas. Con una plantilla que sólo se ha reforzado con acierto bajo los palos, Joan García está llamado a ser el portero de la década, el resto está prácticamente cogida con alfileres. Pongamos varios ejemplos: Lewandowski ya no está para competir a nivel top, pero Ferran tampoco es un goleador nato. Primer error flagrante de Deco: competir sin un delantero top.
Koundé es la única alternativa en la banda derecha, pese a que durante la temporada atraviesa momentos de falta de concentración preocupantes. Aquí, Deco trajo a Cancelo este invierno, pero por ahora el luso ha jugado más como lateral izquierdo. Se marchó Íñigo Martínez este verano y no se trajo a nadie, con el apaño de reubicar al lateral Gerard Martín como central izquierdo, y el problema añadido de tener a Ronald Araujo con problemas de salud mental y a un Christensen, que vive más en el gimnasio que en el campo.
Deco trajo a Rashford ante la insistencia de Flick de buscar una alternativa a Raphinha en la banda izquierda. El problema es que era el plan B, C, o D, ya que la prioridad era el colombiano Luis Díaz. El jugador quería venir al Barcelona, pero apareció el Bayern por en medio y el sueño de una noche de verano se esfumó: el Barça no podía pagar 80 millones y se tuvo que conformar con una cesión de Rashford, con una opción de compra de 30 millones. El inglés, por estadísticas, está cumpliendo, pero a nivel de juego colectivo deja mucho que desear.
Cuando vas al mercado como un equipo menor, no puedes luego sacar pecho y decir que tienes a los mejores jugadores del mundo. Es cierto que La Masía te da mucho y te evita muchos aprietos, pero no es la panacea. Estos grandísimos jugadores necesitan ir acompañados de unos cracks, que sean los que marquen las diferencias cuando las cosas se ponen duras. Jugadores que el Barça tuvo y que ahora no tiene.
Y escribo esto con el Barça de Flick aún vivo en las tres competiciones: líder de LaLiga, en semifinales de la Copa y en octavos de la Champions. Pero hay que ser realistas: LaLiga va a ser casi imposible con los colegiados abducidos, la Copa es agarrarse a un sueño imposible, porque si bien el Barcelona es capaz de marcarle cuatro goles al Atlético, parece también muy difícil que no acabe encajando uno o más goles, y en la Champions, como el rival acabe siendo el PSG de Luis Enrique, apaga y vámonos.
Entonces será el momento de las plañideras, los lamentos y rasgarse las vestiduras, pero también el de esconder la cabeza bajo tierra y esperar que acabe capeando la tempestad.
