Pásate al MODO AHORRO
Joan Laporta aterriza en Albacete

Joan Laporta aterriza en Albacete EFE

Hablemos del Barça

Carisma o gestión

Publicada

Parece que en las próximas elecciones, el socio del Barça deberá elegir entre dos estilos muy marcados: carisma o gestión. Joan Laporta es imbatible en simpatía, populismo y verborrea. Es un actor de primera línea. Por la mañana puede afirmar, serio, mirando a cámara, que está muy enfadado con el Real Madrid y que ha roto relaciones, y al mediodía entrar en la comida de directivas sonriendo junto a Florentino Pérez o Emilio Butragueño. Y nadie se lo reprocha, porque como es tan carismático…

Es cierto que tiene un buen carácter y en las distancias cortas te encandila, pero también tiene una campaña mediática detrás brutal, no vista nunca en otros presidentes del Barça. Algunos medios, cuya línea editorial y perfil de periodistas tiene una influencia política determinada, empiezan sus crónicas de las previas de los días de partido, no con las novedades deportivas, sino con la imagen de Laporta haciéndose fotos con tres niños y dos señoras. Extrañamente, les parece más noticiable esa anodina estampa del presidente que la cara de Hansi Flick o Lamine Yamal antes de un partido importante para informar de qué jugador estará a disposición y quién se queda fuera por lesión. A Laporta nos lo ponen para desayunar, comer y cenar, todos los días. Habitualmente sonriendo, pero cuando toca hacer un corte de mangas en un palco lleno de autoridades también se le ríen las gracias y al final te parece muy familiar, entrañable, muy campechano, como lo era el Emérito, ¿Saben?. ¿Recuerdan?. También se le destacaba siempre por lo mismo que a Laporta.

Más allá de esa evidente virtud, lo realmente importante de un dirigente es la gestión que lleva a cabo en la entidad, club u organización, de la que está al frente. Si el Barça sigue anteponiendo el carisma, la gestión personalista, la improvisación, las operaciones opacas, el enchufismo familiar, el derroche económico o el desdén a los socios acabará en manos de algún oligarca en forma de sociedad anónima por mucho que Laporta diga lo contrario. Es muy curioso ver a los actuales dirigentes del Barça reducirlo todo a que como la pelotita entra no hay que tocar nada. Son los mismos que en la década del 2010 al 2020, la más exitosa deportivamente de la historia del club, con una media de 2,2 títulos ganados por temporada, no como en el mandato actual que no se ha ganado ningún título internacional, no paraban de criticarlo todo y de llevar a los presidentes del Barça a los juzgados de Madrid, como la Audiencia Nacional, o reuniones con el sindicato Manos Limpias.

A Laporta, como tiene carisma, parece que se le permite caer constantemente en la hipocresía. Criticó a Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu por fichar brasileños con André Cury y llega él y hace lo mismo con un fiasco, como Vitor Roque. No paraba de criticar haber sustituido a Unicef por los petrodólares de Qatar y va y elimina a Acnur y la ONU para asociar la marca del club con la República del Congo y Arabia Saudí. El socio del Barça debe reflexionar sobre si el club necesita otra modelo de gestión, más profesionalizado, más transparente, mejor gestionado económicamente para que el despilfarro y el aumento de la deuda no acabe quitándole al socio la propiedad del club de su corazón. Debe valorar si es mejor un dirigente más serio, más aburrido, pero que devuelva al socio y al abonado al centro del club antes que el actual modelo turístico y pesetero. Quizás sería mejor para la entidad un presidente con menos proyección mediática, pero que supiera generar beneficios para no aumentar la deuda, seguir teniendo problemas para inscribir a jugadores, o tener que esperar a que se lesione un futbolista de gravedad para poder fichar.

No se puede presumir de cantera gracias a la herencia recibida por la buena gestión llevada a cabo durante los años anteriores y, por detrás, recortar en el presupuesto del fútbol base, hacer descender al filial a la quinta categoría, dejar escapar a los talentos emergentes, como Jan Virgili o Dro, y prescindir de los mejores entrenadores formativos. El carisma está muy bien, pero quizás al club le convenga ahora un señor más gris, menos dicharachero pero mejor gestor, que fuera incapaz de hacer la chapuza de Negreira, cuyo caso ha supuesto un daño reputacional muy grave a la entidad. Los socios deben decidir si quieren seguir con el modelo de los 80, de los Gil y Gil, Mendoza, Lopera y compañía, o modernizar, profesionalizar y actualizar el modelo de gestión de la entidad, que está mucho más en riesgo de lo que la gente se cree.