La historia de los prohombres catalanes está llena de grandes figuras, algunos con una oscuridad que asusta. Uno de ellos es Nicolás Aymerich.

Para quien crea que este nombre tan común no asusta a nadie, empezaremos diciendo que en 1357 fue nombrado inquisidor general del reino de Aragón. Pero es que además, el teólogo es el autor de uno de los libros fundacionales de la Inquisición, convertido además en manual para detectar a brujas.

La guía 

Directorium Inquisitorum, es directamente el manual del inquisidor. Fue escrito por este catalán nacido en Girona que, previamente, había firmado ya un tratado de brujería. Esta es casi su continuación.

El libro buscaba enseñar al inquisidor y a quien lo leyera cómo localizar a una bruja. Lo hacía con la definición detallada de cuáles eran sus rituales y, así, definir qué prácticas han de ser consideradas brujería.

Clasificación de brujas 

Una de las aportaciones principales del libro es la clasificación que él hace de las brujas. A su parecer hay tres tipos.

  • La que ofrece culto de latría a los demonios en lugar de a Dios. Es decir, aquellas que usaban ritos católicos para venerar u honrar a Belcebú. Lo que se conoce como misas negras.
  • La que practica la dulía o hiperdulía, es decir, la adora no sólo a los demonios, sino también a los santos. Sí, la Inquisición era así de severa. Pone al mismo nivel a demonios y santos de otras religiones. Todo aquel que lo hiciera merecía el castigo.
  • La que invoca a demonios y hace pacto con el diablo o cualquiera de sus representantes. Este hecho, puso en la picota a algunos santos católicos que llegaron a acuerdos con el Anticristo. Para el catalán, recibir cualquier ayuda de las fuerzas del mal es motivo de castigo, aunque el acuerdo sea para una buena causa.

Torturas

Más allá de esta clasificación, Aymerich describía detalladamente algunas de las prácticas que usan las brujas. Habla del trazo de “figuras mágicas, colocando a un niño en medio de círculos” para adorar y llamar a Lucifer, la fumigación de la cabeza de un muerto, pero también algo más simple como la adivinación o la lectura de manos.

A pesar de que aparecen algunos métodos de tortura, no es específicamente un manual para explicar castigos, pero sí que es muy duro a la hora de condenar. Incluso llega a desobedecer órdenes papales y apuesta por torturar a los herejes todas las veces que hace falta.

Piercing para blasfemos

Eso no implica que aparezcan algunas maneras de combatir a las brujas o incluso la blasfemia. Apostaba por atravesar la lengua con un clavo a todo aquel que usara el nombre de Dios en vano, por ejemplo. Aunque tampoco descartaba la tortura o insuflar miedo al acusado si era necesario. Tanto es así que algunos lo consideran el precursor de la tortura psicológica o el piercing lingual.

Portada del 'Directorium inquisitorum'

En cualquier caso, Nicolás Aymerich fue tan querido como odiado. Si bien el Directorium Inquisitorum se considera el precursor de Malleus Maleficarum, considerado el máximo tratado de brujería, también tuvo sus enemigos. Antes de la redacción del libro, tuvo que huir del monasterio dominico en el que vivía tras apoyar la revuelta de la diócesis de Tarragona contra el rey Pere IV. Todo por sus grandes discrepancias con Ramón Llull.

El enemigo Llull 

Aymerich rechazaba al famoso poeta mallorquín por ser un simple mercader que no pertenecía a la casta de los periti, (es decir, de los expertos) y escribir en otra lengua que no fuera el latín de la Iglesia, como era el catalán. Pero, sobre todo, le generaba gran molestia su laicismo, lo que le hacía impropio de los maestros. Eso sin contar con esos juegos de palabras que hacía.

Su inquina fue tal que, cuando Pere IV se convirtió en el gran defensor del literato, el monarca también pasó a ser enemigo del inquisidor. Claro que salió perdiendo, al menos, en la revuelta organizada contra este. En 1976 tuvo que exiliarse. Claro que años más tardes, cuando fue nombrado inquisidor, se cobró su venganza y prohibió los libros de Llull tan populares en la época en Barcelona. Su odio fue tal que, además de escribir libros sobre brujería, tiene unos cuantos más contra Llull.