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Podría parecer que los personajes femeninos de La ciudad de los prodigios desempeñan un papel secundario frente a la figura arrolladora de Onofre Bouvila, un inmigrante paupérrimo, astuto, canalla y muy ambicioso que llega a la Barcelona de 1888 en busca de ocupación.

Sin embargo una lectura atenta revela que las relaciones sentimentales del protagonista no son un mero recurso literario sino otro hilo conductor, más silencioso, que atraviesa toda la novela. Las mujeres con las que se cruza no son figuras secundarias ni meros intereses sentimentales.

Cada una representa una etapa de su ascenso y, al mismo tiempo, una dimensión de una urbe inmersa en plena transformación, la del periodo que transcurre entre las dos exposiciones universales celebradas en la Ciudad Condal.

La profecía

La clave aparece muy pronto, casi como si el autor quisiera revelar el engranaje secreto de toda la narración. La profecía de Micaela Castro, una moribunda pitonisa, ya anticipa que tres mujeres marcarán su destino.

“Una te hará rico, otra te encumbrará, otra te hará feliz. La que te haga feliz te hará desgraciado; la que te encumbre te hará esclavo; la que te haga rico te maldecirá”. La frase funciona como una suerte de brújula para el lector. Son Delfina, Margarita Figa y María Belltall, los tres vértices que sostienen la construcción simbólica de la novela.

Cada una encarna una forma distinta de relacionarse con el poder del propio Bouvila y todas acabarán siendo víctimas de su ambición desmedida.

Una presencia constante

Delfina aparece ya al principio de la novela como hija del señor Braulio y la señora Ágata, dueños de la pensión del callejón del Xup donde se aloja el joven recién llegado a Barcelona. Es ella quien le pone en contacto con el anarquismo obrero, quien veló en silencio por él y es también su primer objeto de deseo aunque, paradójicamente, en un primer momento la encuentre “verdaderamente repulsiva”.

Sin embargo, ese rechazo inicial se volvió obsesión y con el paso del tiempo en una presencia importante que atraviesa buena parte de la trama. No es casual. Delfina representa todo aquello de lo que Onofre anhela escapar: la pobreza, la marginalidad, la sordidez de los bajos fondos de una ciudad donde aprende las reglas de la supervivencia. Y ella será siempre un recordatorio de sus orígenes.

Años después, siendo ya un hombre tan poderoso que el dinero le permitía manipular la realidad en su propio beneficio, decide reinventarla. Aprovecha sus negocios en la reciente industria cinematográfica catalana para convertirla en una estrella del cine mudo. Honesta Labroux la bautizó.

Aquel nombre inventado tiene algo de grotesco, una ironía deliberada. No dignifica a Delfina, la convierte en otra de las ficciones que Bouvila fabrica para demostrar que el dinero puede, incluso, alterar la identidad de las personas.

El peso de un apellido

Si Delfina representa el pasado humilde y miserable, Margarita Figa encarna exactamente el lugar al que quiere llegar. Es la puerta de acceso a un mundo de riqueza y reconocimiento que tanto ambicionaba.

Hija de don Humbert Figa i Morera, un prohombre del mundo del hampa para el que trabajaba, la conoció con 26 años cuando ya no necesitaba dinero sino legitimidad y prestigio social.

El matrimonio con aquella joven tímida y piadosa –“Ave María Purísima”, fueron sus primeras palabras cuando le conoció– no fue precisamente una historia de amor, sino una operación calculada para consolidar su poder codeándose con apellidos de renombre mientras tejía lucrativas alianzas económicas.

Aquel enlace de conveniencia hizo de ella una mujer muy desgraciada que sólo encontraba alivio en la religión. “Luego, de casada siempre se mostró muy devota. (...) Otros opinaban que acabó buscando consuelo en la religión porque fue muy desgraciada toda su vida por culpa de Onofre Bouvila”, escribe Mendoza quien apenas concede a Margarita una voz o una complejidad comparable a las de Delfina o María Belltall –la tercera mujer de su vida–.

Quizá porque su figura tan solo representa la pieza que le falta para culminar, para consolidar, su ascenso definitivo en una ciudad donde el prestigio depende tanto del dinero como del linaje.

¿Amor o mezquindad?

María Belltall, hija del inventor Santiago Belltall, aparece al final del libro como una epifanía en la biografía de Onofre, cuando la historia parece haber alcanzado su cima. Aunque la conoció cuando ella tenía apenas siete años, el destino los volvió a reunir rondando la veintena.

A pesar del tiempo transcurrido, la reconoció al instante. En su vida había tenido mujeres despampanantes. El dinero y el poder también sirven para eso. Sin embargo sólo sentía desprecio hacia ellas. “Esta, por el contrario, me infunde un sentimiento de humildad que a mí mismo me sorprende, que no me explico (...)”.

Pensó que el amor de María tal vez le podría redimir de todos sus pecados, de décadas de violencia, corrupción y manipulación. Pero no es así. El desenlace devuelve al personaje su naturaleza. El aparente arrepentimiento se va diluyendo y da paso a la crueldad que siempre estuvo ahí y que tanto sufrimiento había provocado.

En un último acto de egoísmo, el día de la inauguración oficial de la Exposición Internacional de 1929, la arrastró hasta el artefacto volador que ella misma había construido con su padre. Ambos despegan para sobrevolar la ciudad antes de desplomarse en el mar ante la mirada de miles de espectadores.

Jamás se encontraron sus cuerpos ni los restos del aparato. Delfina, Margarita y María fueron para él piezas fundamentales, pero piezas al fin y al cabo. Las necesita a todas no porque las ame, sino porque las convierte en instrumentos de su propia biografía, la de un hombre que conquistó todo aquello que deseó transformando cualquier relación personal en una operación de poder.

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