Maren Termes, florista, con un ramo de flores

Maren Termes, florista, con un ramo de flores Sara Cuadrado

Creación

Maren Termes, florista: "Para mí el placer de vivir es también disfrutar de la belleza"

La propietaria de la huerta floral Horta de la Viola, abandonó la arquitectura y la ciudad para embarcarse junto a su pareja en un proyecto de floricultura ecológica en el corazón de la Costa Brava

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Hay vocaciones que se intuyen desde siempre pero tardan años en hacerse realidad. Maren Termens estudió arquitectura técnica porque sus padres, como muchos otros, querían que hiciera una carrera y pensaban que esta era muy creativa.

Durante mucho tiempo ejerció con solvencia en Barcelona una profesión que nunca sintió como suya. “El mundo de la flor siempre me ha apasionado. De hecho, siempre he querido ser florista”, cuenta a Mujeres en Crónica desde la Horta de la Viola, el huerto de flores ecológico que dirige, junto a su pareja, en la pequeña localidad de Llofriu de la Costa Brava.

Aquel paréntesis no fue en vano. Maren descubrió precisamente a través de la arquitectura la bioconstrucción, una disciplina que hoy sostiene, literalmente, cada rincón de su vida y de su proyecto. “Todo lo que tenemos aquí, en Horta de la Viola, está construido con balas de paja, con tierra. Intentamos que todo sea lo más coherente posible, con todas nuestras contradicciones”, explica.

Y esa idea de coherencia anhelada, pero asumida con honestidad, es una constante en nuestra charla. No hay en su discurso nada de romanticismo impostado, sino más bien la lucidez de alguien que lleva más de veinte años con los pies y las manos en la tierra.

De las hortalizas a las flores

El paso definitivo al campo ocurrió cuando su compañero, Raimon, ambientólogo, quiso “pasar a la acción”. Juntos empezaron en 2002 cultivando hortalizas agroecológicas y así se mantuvieron hasta 2020.

Pero como en todo cultivo que se precie, hay flores. Fue ahí, entre filas de verduras, donde nació lo que sería el proyecto central de su vida. Empezó a cultivar flores.

Flores de Horta de la Viola

Flores de Horta de la Viola Sara Cuadrado

La casualidad quiso que una amiga campesina le regalara unas semillas. “Me quedé prendada de una variedad en concreto que nunca había visto y que fue el detonante para empezar a indagar: la moluccella, Irish Bell”, una vara con unas campanitas verdes que cultiva menos de lo que quisiera porque, dice, se trata de una planta muy delicada, bastante sensible a las altas temperaturas.

Pero la singularidad de esta elegante flor no fue lo único que la motivó; también el hastío ante una oferta floral uniforme y escasa. “En esa época, en los comercios habituales de a pie de calle, siempre había las mismas flores. Me parecía aburrido”. A partir de ahí, poco a poco, en las dos hectáreas de terreno de la huerta fue germinando un bello y exquisito catálogo floral.

Un oficio bucólico y muy duro

Existe una percepción romántica muy extendida del oficio de florista. Maren la desmonta sin dramatismo pero sin concesiones: “Uno imagina el oficio de florista como algo bucólico pero también es muy esclavo”. La temporada alta, la de venta, se concentra entre marzo y finales de octubre, teniendo en cuenta que una flor tarda, de media, 120 días desde que se deposita la semilla en el plantel hasta que florece. Pero el resto del tiempo hay mucho trabajo por hacer.

“Ahí estamos levantando cultivos, desbrozando, sacando mallas, plantando, ordenando y arreglando muchas cosas”. Un trabajo que pasa inadvertido para el resto de mortales, pero que sostiene todo lo demás. No está sola. Actualmente cuenta con dos personas ayudándola en el campo, mientras ella se concentra en el taller.

Floricultores y floristas

Porque en Horta de la Viola no solo se cultivan flores, también se transforman en bellos elementos decorativos como ramos y centros. “No somos solo floricultores sino también floristas”, aclara. Maren crea ramos, elabora presupuestos para bodas y eventos y vende al por mayor a floristerías con un criterio muy definido. “Nuestras flores no son para cualquiera, aunque suene fatal, pero no todo el mundo se adapta”.

Esa selección no tiene nada de elitismo, es una manera de entender el producto como algo vivo, delicado. Por eso solo trabaja con tiendas de Barcelona y por eso entrega personalmente cada pedido, en agua, a la temperatura y las condiciones adecuadas.

Pequeños ramos de Horta de la Viola

Pequeños ramos de Horta de la Viola Sara Ramos

“Todas estas flores que viajan días y días sin agua han sido hibridadas y forzadas para que aguanten bien el transporte”. La diversidad del cultivo es otro de los rasgos distintivos del proyecto. Solo de dalias manejan más de cincuenta variedades, plantadas en pequeñas parcelas organizadas por colores. “La idea es ofrecer poca cantidad de muchas variedades”.

El reto del cambio climático

Nada de esto sucede al margen de una realidad global, el cambio climático. “Si te soy sincera, hemos pensado varias veces abandonar el proyecto”. Recuerda especialmente duro el episodio de sequía que azotó Cataluña durante tres años. “Fue absolutamente horrible. Teníamos un pozo a 28 metros de profundidad y la situación nos obligó a hacer uno nuevo a 115 metros”, con el consiguiente sobrecoste energético que esto supone y que, nos cuenta, no repercute en los clientes sino que asumen ellos mismos.

Pero es que además este nuevo pozo genera otro conflicto que amenaza la coherencia del proyecto. “Agujerear la tierra a esa profundidad no nos hace bien, no nos sentimos cómodos, porque en cierto modo es ir contra la naturaleza”. Esa misma tensión atraviesa su relación con el territorio. Una zona profundamente turística donde conviven el cuidado exquisito de la tierra con el consumo desmedido de agua asociado a piscinas, hoteles y campos de golf.

La alternativa, ¿vamos a dejar de trabajar porque consideramos que usamos mucha agua?”, se pregunta consciente de que ellos mismos dependen en gran medida del turismo. La pescadilla que se muerde la cola porque, apunta, es la gente de fuera, de la ciudad y extranjeros, quienes compran flor, mientras que los locales no tienen costumbre.

Coherencia (casi) sin fisuras

La búsqueda de coherencia que persigue no se queda en el huerto; se extiende al hogar “construido bajo bioconstrucción, con placas solares, estufa de energía térmica, váter seco y compostaje de residuos orgánicos, aunque seguimos utilizando coche…”

La casa de la propietaria de Horta de la Viola, Maren Termes

La casa de la propietaria de Horta de la Viola, Maren Termes Sara Cuadrado

Pero la honestidad de admitir grietas es quizá lo más coherente de un discurso y de un proyecto honesto, aun con sus fisuras. Un sueño por el que hay que luchar cada día.

Aun así, Horta de la Viola no languidece y ha ido ampliando su proyección organizando, por ejemplo, cursos de floricultura orgánica o talleres de arte floral, jornadas de “Cosecha tus propias flores” con visita guiada y merienda incluída, cenas junto a Iolanda Bustos, “la chef de las flores”, o cediendo su espacio a fotógrafos para sesiones o despedidas de solteras.

“Estamos abiertos a todo lo relacionado con el mundo de la flor y sea coherente con nosotros. Y detrás de toda esa actividad aflora su creatividad, su sensibilidad, el amor por los pequeños detalles que hacen que una mesa esté bonita. “Para mí el placer de vivir es también disfrutar de la belleza. Al final la flor es eso, belleza”.