Una foto de archivo de Joan Navarro Badía con una ilustración Navarro Badía Blog
Joan Navarro celebra a Apeles Mestres
"Cuando le pregunté qué obra de qué artista del siglo XX elegiría para colgar en su casa, no me extrañó que me contestase: 'Algo de Apeles Mestres'. ¿Por qué? 'Fue un pionero'"
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Ayer comí con Joan Navarro Badía (Barcelona, 1955). Lamento decir que hace unos años sufrió un ictus que lo ha dejado parcialmente inválido, anda poco y con muleta. Está retirado de las actividades de editor de revistas y renovador del cómic catalán, especialmente con la fundación de la revista Cairo (1981-1991).
Entonces era un joven hiperactivo, muy divertido, desbordante de ideas, muy creativo. Pero yo ya lo conocía desde mucho antes cuando, con Albert Mestres, fundó la librería Continuarà, que aún sigue existiendo, en la Via Laietana. Junto con la de Norma, en el paseo de San Juan, es la mejor librería de cómics de Barcelona.
Norma está más enfocada a las novedades, mientras que Continuarà posee un fondo inagotable de clásicos de la historieta. Sigue pilotada por Albert Mestres.
En aquellos años yo dibujaba unos cómics titulados Crónica Negra, totalmente underground. Me pasaba el día dibujando. Me gustaba el tacto del papel Guarro, el olor de la tinta china, y en general aquella manera de pasar las horas dedicado a algo que me parecía muy zen.
Acabada de dibujar la historieta, se la llevaba a Navarro, que la imprimía, la encuadernaba, y luego, a la caída de la noche, se tomaba un gintonic para darse valor y se iba a la Rambla a venderla a los paseantes.
Entonces, la Rambla no estaba tan turistizada. Los estudiantes nos encontrábamos allá por las noches, con especial querencia por el Café de la Ópera y el London, o algún antro de la plaza Real, para charlar hasta la madrugada sobre literatura. Entonces nos acercábamos al puerto, a ver zarpar algún barco a la luz del amanecer.
La revista de cómics que se puso de moda se llamaba El Víbora (1979-2005), y era muy contestataria y punk. Llevaba muchas historietas sobre droga y delincuencia. También su buena carga de erotismo. Tenía una gran difusión, y se leía mucho, según se supo, en las cárceles.
Tenían un buen plantel de autores. Los mejores, para mí, eran Gallardo y Mediavilla, creadores de Makoki, o sea las aventuras de un loco que se había escapado del manicomio, llevando a modo de gorra el casco de la máquina de electroshocks.
A Navarro no le gustaba la estética más bien feísta de El Víbora, y por eso creamos juntos, con algunos talentos más, Cairo, que trajo una renovación estética del cómic español basada en la racionalidad de los relatos y en un dibujo pulcro, que se conoció como “la línea clara”.
Fichamos a Gallardo, para quien escribí unos cuantos guiones. Esto, por cierto, me costó una maldición bíblica de Josep María Berenguer, el editor de El Víbora. “¡Ojalá caiga una bomba atómica sobre tu casa!”, me gritó, en medio de la redacción de su revista. Todavía hoy miro al cielo de vez en cuando, por si se acerca una bomba con malas intenciones…
También le “robamos” a Roger, el hijo del escultor Subirachs, que trabajó muchos años con él en las estatuas de la fachada de la Sagrada Familia. A Roger le escribían los guiones Montesol y Ramón de España, ambos excelentes.
Aquella aventura duró lo que duró, luego vino la moda del cómic japonés, llamado manga, que lo cambió todo. Yo me desinteresé del cómic y Navarro se puso a editar mangas para un editor francés, Jacques Glenat. Gallardo se convirtió en un cotizado ilustrador. Por cierto, que Berenguer, Gallardo, Mediavilla y Roger ya han fallecido.
Luego Navarro se puso como editor por su cuenta. Entre otras cosas, reeditó Cuentos vivos, el famoso libro “pre-cómic” del dibujante, escenógrafo, poeta y dramaturgo catalán Apeles Mestres (1854-1936), que falleció la noche antes de la insurrección de los generales Franco, Mola y Queipo de Llano que desencadenó la Guerra Civil.
Seguramente a los lectores de esta nota el nombre de Apeles Mestres no les dice nada, pero fue un gran artista, con obra en el MNAC y más de 10.000 documentos en el Archivo Histórico de la ciudad de Barcelona.
Por eso ayer, cuando comía con Navarro, y le pregunté qué obra de qué artista del siglo XX elegiría para colgar en su casa, no me extrañó que me contestase: “Algo de Apeles Mestres”. ¿Por qué? “Fue un pionero”.
Sí, fue pionero de un arte, o mejor dicho de un medio de comunicación industrial, que sigue vivo, pero renqueante. Yo me despedí de él con un libro que escribí a medias con Ramón de España (literalmente a medias: yo escribí 100 páginas, y él las otras 100), y que editó Navarro, titulado El canon de los cómics. Era un homenaje a lo mejor que ha dado de sí el cómic en sus 100 años de historia. Está descatalogado, es inencontrable.
Recordando aquel Canon, alguna vez le he hecho a Ramón (por teléfono, pues yo mismo me he hecho un hombre telefónico, inencontrable) la broma de decirle: “La mitad de aquel libro estaba muy bien escrita.” Y él, siguiéndome la pulla, responde: “Sí, la mitad exactamente estaba muy bien escrita.”
La paella que ayer comimos Joan y yo no valía gran cosa.