María Leach, periodista y escritora

María Leach, periodista y escritora Alba Vigaray

Creación

María Leach, escritora: "Cuando vives una muerte te das cuenta de que al mundo vienes y te vas sin nada"

La escritora y periodista publica Las cosas importantes (no son cosas) –Editorial Planeta– un breve cuento que celebra el valor de los momentos compartidos con las personas que queremos

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El dolor, la pérdida y el duelo han marcado profundamente la trayectoria vital y profesional de María Leach (Barcelona, 1979). La muerte prematura de su marido la “rompe por la mitad”. Afortunadamente encontró en la escritura una tabla de salvación, la manera de gestionar sus emociones para lograr recomponerse.

Sus libros celebran en cierto modo la vida. Pero llegar hasta aquí ha sido un camino duro y sin atajos en el que el “acto de escribir”, que es lo que a ella le gusta, se convirtió en la mejor terapia.

Durante la entrevista con Mujeres en Crónica charlamos sobre sufrimiento y pérdida. También sobre cómo las vivencias personales se transforman en algo universal a través de la literatura.

Este suceso terrible quebró sus expectativas de vida. Le cambiaron sin previo aviso las reglas del juego.
Exacto, te cambia la narrativa. Lo que uno tenía pensado que iba a escribir, de repente te dicen, no, es que ahora tienes que escribir otra cosa totalmente distinta. Es un shock. Pero a la vez, quizá porque mi marido fue muy buen enfermo, realista y consciente de lo que estaba viviendo, y por verle luchar sin tirar la toalla y preocupándose por los que estábamos a su alrededor, a mí esto me deja un poso de gratitud. Estoy viva, estoy sana, tengo un hijo sano, tengo la suerte de estar rodeada de familia y amigos que me quieren y encima tengo la facultad de valerme por mí misma, de ganarme la vida.

También es verdad que su muerte me crea un sentimiento de urgencia, de alerta permanente. De pensar que esto se puede acabar ya, en cualquier momento. Ha sido un proceso larguísimo. Suerte que tenía las palabras. Ahora, a posteriori, veo cómo me ayudó escribir. Pasar por el prisma de la escritura lo que te está pasando es el 80% de la terapia. (...) En el fondo, la escritura me sostuvo. Yo me había caído y fue una especie de red de seguridad para no perderme definitivamente, para mantenerme más o menos cuerda. Por tanto, sí, la escritura ha ido muy ligada a todo el proceso del duelo que ha sido muy largo. Por eso empecé con la poesía, porque en el fondo la poesía es lo que te sale más de dentro, te va sacando el dolor. Es pura esencia. Escribí muchos versos durante el duelo. Pero cuando mi editora Belén Bermejo me propuso escribir mi primer libro, otro amigo mío también editor me dijo: “Eso que tienes es escritura terapéutica. Ahora, si quieres hacer literatura, de ahí tienes que empezar a podar”. Ahí es cuando entendí esa parte que tiene la literatura de conseguir que algo muy particular se convierta en algo universal. Y creo que lo que la gente valoró de Morderse la lengua (Lunwerg) es que es un libro honesto, es tal cual soy yo, sin vergüenza, sin impostura, sin intentar parecer nada, que es lo que nos pasa muchas veces a los escritores. 

Morderse la lengua fue fruto de ese largo proceso y su debut como novelista.
Sí, fue mi primera novela. Espero que no sea la única que escriba, ni tampoco creo que sea la mejor. Pero sí que es verdad que era un libro que necesitaba, porque aunque no es autoficción sí que va de un duelo. (...) Necesitaba escribirlo porque para mí fue cerrar por fin el duelo. Y mira, si mi marido murió en 2013 y la novela la escribí entre 2023 y 2024, ha sido un proceso de 10 años que empezó con el poemario No te acabes nunca (Espasa) y acabó con Morderse la lengua cuando al fin logro poner distancia y explicarlo en tercera persona.
En Las cosas importantes (no son cosas) reivindica el valor de los afectos, de los momentos compartidos con los seres queridos. Es una de las lecciones que aprendemos, a veces demasiado tarde, cuando nos enfrentamos a la pérdida de alguien muy querido.
Exacto, es una de las cosas que aprendes. Cuando vives la muerte de un ser querido, una muerte cercana, te das cuenta de que al mundo vienes sin nada y te vas sin nada. De hecho en No te acabes nunca tengo un poema que habla precisamente de eso. De que estoy buscando por toda la casa algo que me pueda quedar de mi marido. Abro los cajones, busco y busco hasta que me doy cuenta que, en el fondo, lo que quiero guardar, “eso que necesito conservar de ti” no se guarda en ninguna caja. Lo recuerdo y aún me emociono. Y el tema es ese. Que lo material, en los momentos importantes de la vida, no sirve para nada. 

Muchas veces pienso, no llego a fin de mes. Pues qué bien que mi problema sea ese. No quiero trivializar. Soy absolutamente una privilegiada. Lo que quiero decir es que a veces nos quejamos de vicio. Tenemos muchísimas cosas y si mi problema es que me tengo que apretar un poquito más el cinturón, pues bienvenido sea porque eso tiene solución, no es tan grave.

Un mensaje además muy necesario en esta dinámica de consumo desmesurado e irreflexivo en el que estamos inmersos. Nos valoramos, y se nos valora, en función de lo que tenemos.

Sí, estamos casi hasta monetizados, somos productos y vivimos demasiado pendientes de la validación externa. Nos estamos comparando, estamos compitiendo constantemente y es un agobio. Y cuando eres adulto, puedes racionalizarlo y parar. Pero los niños y las niñas todavía son muy pequeños para entender según qué cosas. No tienen la perspectiva que tenemos nosotros. Por eso intenté que las situaciones que viven los personajes del cuento pudieran ser situaciones en las que un niño se pueda encontrar. Por ejemplo, uno que no le

gustan sus zapatillas porque le parecen cutres; otra niña se avergüenza del coche de sus padres; o de repente niños que se aburren aún estando rodeados de juguetes. Intenté que no fuera algo abstracto sino bajado a la tierra.

¿Cómo surgió la idea de este cuento?
En gran parte gracias a mi editora de infantil, Ana Casals, la tengo que mencionar porque es maravillosa. Si tú tienes un buen editor, es la mayor suerte del mundo, ya tienes medio camino recorrido. Un editor te saca brillo. Fue ella la que me vino a buscar después de No te acabes nunca y me dijo: “Veo que tocas mucho las emociones. ¿Por qué no haces un libro para niños sobre las emociones?". De ahí nació un cuento anterior, ¿Qué bigotes me pasa? del que hice 26 versiones antes de la definitiva, ¡imagínate! De la primera que le entregué, ella, no sé cómo, vio que de ahí podía sacar brillo porque te aseguro que era horrorosa. Ahora va por la séptima edición. De hecho creo que es el libro que más he vendido. Después me propuso hacer Siempre contigo para hablar sobre la muerte a los niños. Ese ya me salió un poco más fácil. Luego vinieron La pedorreta que delató a la mofeta y Mamá que habla sobre la maternidad real con un poco de humor y también sentimental. Después de este último se me ocurrió una idea. Había visto un libro que se llama Las cosas invisibles. Un libro en inglés que invita a imaginar cómo serían conceptos como el amor o la valentía si fueran personajes. Y le propuse hacer algo en ese sentido. Como ella siempre tiene una idea mejor que la mía, me dijo: "Mira, tengo una carpeta vacía que se llama Las cosas importantes no son cosas ¿Qué te parece?". Me encantó la idea y me la quedé. Fíjate que lo primero que tuvimos fue el título que es algo muy raro.
La literatura infantil es una herramienta didáctica maravillosa para transmitir valores. Aun así se sigue considerando un género menor.
Sí, los cuentos, la lectura. Si no somos los padres los que transmitimos los valores, lo siguientes serán los youtubers, y eso ya es incontrolable. Y los cuentos son una vía maravillosa, como dices, para recordar cosas fundamentales de una manera atractiva, no como un rollo de tienes que portarte bien porque tal y porque cual, sino de una manera atractiva, amena, que ellos puedan disfrutar a nivel visual, a nivel de todos los sentidos. Realmente no sé por qué se considera un género menor porque además estos niños son los futuros lectores adultos. 

A mí me apasionaba leer cuentos de pequeña. Los de Mercé Llimona todavía los guardo; y mis primeras novelas de Elena Fortún de Celia. Gran parte de mi base se ha formado a través de la lectura y esto es una herramienta superimportante que tenemos los padres y también los docentes y educadores. Si le das a escoger a un niño entre una tablet o leer un cuento contigo, te aseguro que escoge leer un cuento contigo. El tema es que, a veces, queremos que sean los niños, ellos solos, los que cojan el cuento y se pongan a leer, pero los padres debemos acompañarlos mucho en este proceso. Y eso lo valoran. 

Creo que también es una fiel defensora de escribir con lápiz y papel, algo que estamos perdiendo.
Me encanta que me comente esto porque justamente ahora estoy impartiendo unos talleres de pensamiento creativo para adultos y uno de los ejercicios para estimular la creatividad y el pensamiento creativo es escribir a mano. Yo no soy científica, pero una gran parte del cerebro está dedicada a gobernar la mano. La mano, los pulgares oponibles han sido la base de la evolución humana. Sin los pulgares oponibles no hubiéramos podido fabricar herramientas, no hubiéramos podido mejorar la caza, ni crear el cultivo, la recolección... Es decir, el ser humano es la mano. Y estamos conectados para hacer, para crear, cosas con las manos. 

Cuando tú escribes, cuando haces el movimiento de la caligrafía con la mano, la motricidad fina conecta directamente con zonas del cerebro que activan y mejoran la atención, mejoran la memoria, la comprensión de conceptos, activas la imaginación, la intuición. Cuando tú dejas de escribir a mano durante mucho tiempo estás perdiendo todas estas facultades que al final mantienen joven el cerebro. En cambio si lo haces frecuentemente las estás trabajando siempre. 

Como ahora vivimos desconectados, todo el día en un mundo virtual, el escribir a mano nos devuelve al aquí y al ahora. Porque si estás escribiendo no puedes estar chateando. Yo lo reivindico mucho. Es que solo el hecho de escribir en un papel lo que piensas, tus tonterías del día a día, tus agobios o lo que sea, eso ya produce un alivio inmediato. Te baja la ansiedad. Es un ansiolítico natural maravilloso. 

Desde luego es una magnífica terapia.
Eso y también salir a pasear sin móvil a ver qué huelo, qué percibo, qué escucho. La creatividad es sensorial. Por tanto, cuantos más estímulos sensoriales físicos tengas, mejor será tu creatividad. Y la creatividad sirve para todo, no solo para escribir cuentos o escribir novelas. Sirve para tomarse mejor las cosas, quitarse preocupaciones de encima, para relacionarse mejor con otras personas o mejorar tu relación de pareja. Creo que el gran valor de esta era de la inteligencia artificial (que ya lo hace todo por nosotros) es la creatividad humana. Acabaremos valorando lo 100% humano. Esa creatividad que sale de uno mismo. La creatividad, como proviene de la intuición y de la imaginación, es siempre muy particular, es incopiable porque procede de una idea creativa de alguien. Es muy difícil que dos personas tengan exactamente la misma idea. 
Tampoco nos vendría mal educar más la inteligencia emocional.
Sí, no soy ninguna experta, tampoco manejo datos, pero desde luego es importantísimo. Yo ahora pienso qué suerte haber incidido tanto en este tema de la educación emocional porque, con una buena educación emocional durante la infancia, encaras la adolescencia con mucho terreno ya ganado. Y no sé cómo serála adolescencia de mi hijo. Igual de aquí poco me ves escribiendo sobre adolescentes. 
Ha hecho poesía, novela, literatura infantil ¿A qué género le cuesta más enfrentarse?

La novela. Me infunde muchísimo respeto. Estoy luchando continuamente contra mis miedos. El afán de perfeccionismo. Me cuesta mucho olvidarme de mí misma y dedicarme a lo que me tengo que dedicar, que es escribir. No sé si algún día me acostumbraré pero cada vez que me pongo a escribir, lo primero que aparece son los flashes del crítico literario que todas llevamos dentro. No sabes, no puedes, eres tonta, tus ideas no sirven para nada, eso ya se ha dicho antes, bla bla bla. Cada vez tengo que superar todo eso, y como sé que es así procrastino. Es un proceso que me cuesta. 

Luego está todo el tema de la trama, la estructura, el ritmo, es complicado. Intento no pensarlo mucho, pero ahora estoy muy necesitada de volver a mis raíces. ¿Por qué cuando era adolescente y escribía todos los días como una posesa no era escritora y ahora que lo soy estoy más bloqueada? Tengo frente a mí un muro casi insalvable. Tenía incluso una fecha de entrega para una novela y dije ¡no!, porque entonces empiezo a escribir con vistas a producir y no quiero eso. Quiero hacer un proceso que me guste, que sea de verdad y no pensar en si se publica o no se publica, porque ahí es cuando empiezas a fastidiarla de verdad. 

Nunca se sabe qué acogida tendrá entre los lectores o cuál será la opinión de los críticos. Al final es un ejercicio de sinceridad con uno mismo y asumir que no gustarás a todos.
Exacto. Hay que escribir sobre todo desde la libertad. (...) Pero escribir es un tema complejo, te vuelves vulnerable y eso cuesta.