Teo Camino, periodista y escritor

Teo Camino, periodista y escritor

Creación

Teo Camino y los barcos arrastrados hacia el pasado

El periodista de ‘Consumidor Global’ y ‘Crónica Global’ recuerda a su padre, el cineasta Jaime Camino, en ‘Aunque ya no me leas’, una obra sobre la memoria y el dolor que los recuerdos hacen florecer en el alma

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Cuando su padre falleció, Teo Camino recitaba versos de Octavio Paz en el guardarropa de un pub cochambroso de Londres, mientras inglesas borrachas le tiraban encima abrigos de piel de imitación y un reguetón a todo volumen le perforaba la cabeza. Estoy en donde estuve / soy la sombra que arrojan mis palabras. Y, de pronto, una llamada lo cambió todo.

Más de una década después, el autor recuerda aún la voz de su madre Margot, entrada la noche, cuando el sonido del móvil nunca augura nada bueno. Las piernas tiemblan, el corazón se acelera, la voz falla y el recuerdo de un rostro amado empieza ya a difuminarse. Les beaux jours sont finis.

'Aunque ya no me leas'

Además de ser el gran cineasta de la memoria histórica, tanto en ficción como en documental, Jaime Camino Vega de la Iglesia (Barcelona, 1936-Barcelona, 2015) fue el padre de Teo Camino Rodés, hoy periodista en Consumidor Global y Crónica Global. El autor le rinde homenaje en Aunque ya no me leas (Editorial Funambulista), un libro confesional y descarnado que oscila entre la biografía, la autoficción y la epístola.

En la primera parte de la obra, el joven Teo Camino huye de Barcelona para convertirse en escritor en Londres. Enfermo de literatura, alquila un pequeño cuarto cerca de la literaria Baker Street y encuentra trabajo en un pub. Sus días discurren entre borracheras, lecturas y desesperadas búsquedas del amor, que siempre se encuentra en el vagón contrario, en el próximo bar, en el tren que se fue, mientras la juventud se evapora.

Cultura europea

De su padre ha heredado una dilatada cultura europea, nutrida de referencias a escritores y cineastas franceses o americanos, y una crónica incapacidad de amar, rehén de insondables necesidades de soledad y del incontrolable deseo en las noches infinitas en las que, aún, todo era posible. Por unos instantes, el lector se pregunta cómo un libro sobre la muerte puede dar tantas ganas de vivir.

Luego, claro, la vida cambia y ya no vuelve a ser la misma. La plenitud se transforma en silencio, y ya siempre será así. “Siempre había pensado que eras invencible (...) Que tenías respuesta a todas mis preguntas”, reza Camino, quien regresa a Barcelona para despedirse del cadáver de su padre.

Recuerda, entonces, la última vez que se vieron en el aeropuerto, cuando Jaime persigue a su hijo con la mirada mientras este se difumina y se pierde entre los ríos de maletas y turistas. O sus últimos paseos escuchando los Preludes de Chopin. Uno nunca sabe cuándo será la última vez que vea a un ser amado, pese a que ello ocurre todo el tiempo y a todo el mundo.

Teo se instala en el piso familiar de Balmes, come los restos de comida que dejó Jaime en la nevera, duerme en su cama, se viste con su ropa y fuma sus cigarros. “Esos mismos que te mataron”, recuerda, mientras exhala. Queda el olor de los muertos cuando ya nada más queda de ellos.

Jaime Camino sostiene a su hijo Teo en el rodaje de la película 'Luces y sombras'

Jaime Camino sostiene a su hijo Teo en el rodaje de la película 'Luces y sombras'

Y, de golpe, el libro pasa a convertirse en una extensa carta al padre, no en un modo kafkiano, sino una confesional y memorialística epístola sobre días felices, desgranada a través de diarios y escritos que dejó el cineasta en cajones, ordenadores y trasteros.

Por sus líneas transcurren sus tres primeros años en Gelida, en una guerra que marcaría su vida y su obra, la infancia en la Barcelona franquista, los paseos por Balmes y Enric Granados, los veranos en Port Lligat, el refugio de París o las veladas literarias junto a Marsé o Gil de Biedma.

Al final, uno se da cuenta de que la inclasificable obra de Teo Camino no es sino una excusa para recordar a personas que un día amamos y que ya no están. Lo dijo Scott Fitzgerald, citado por el autor, y sus “barcos que avanzan a contracorriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.

Es una lástima que los padres nunca lean o escuchen lo que decimos de ellos cuando no están presentes y que no lleguen a imaginarse la falta que nos hacen, el miedo que tenemos a perderlos, y cuando los hemos perdido, a olvidarlos. Es una pena que siempre tengan que conformarse con escuetas llamadas por la noche o con fugaces cenas los domingos.

En las palabras de Teo se esconde la mala conciencia que guardamos todos los hijos en el fondo del alma. También la sensación de no haberlos podido nunca conocer del todo, a pesar de haber pasado con ellos media vida. No sabemos nada de lo que nos ocultan, de lo que callan, de los pensamientos que descartan, de sus enamoramientos secretos o de sus dudas, todo ello se olvida algún día y se pierde en la larga historia del tiempo.

Cuando ocurre lo inevitable, surgen bellos libros plagados de remordimientos. “Me da miedo defraudarte”, dice Teo, y es un resumen de lo que nos queda después de la muerte de un padre. Palabras y palabras sin destinatario, triste despedida para ocultar lo único verdadero: que sin ellos aquí tenemos miedo de todo, incluso de que un día podamos olvidarnos de lo mucho que los quisimos.

'Aunque ya no me leas', de Teo Camino (Editorial Funambulista)

'Aunque ya no me leas', de Teo Camino (Editorial Funambulista)