Acaba de publicarse La Jerusalén liberada, la obra maestra de Torcuato Tasso (1544-1595), cumbre del Renacimiento tardío, poema épico y caballeresco en veinte cantos en octavas, que cuentan la toma de Jerusalén por la primera Cruzada, dirigida por Godofredo de Bouillon (1096-1099).
“Canto a las armas pías y el caudillo/ que el gran Sepulcro liberó de Cristo…” Así comienza este vendaval de amores, combates, sacrificios, crueldades, bellísimas hechiceras y duelos y torneos del imaginativo y épico relato que ha sido fuente caudalosa de inspiración literaria e imaginería pictórica a lo largo de los siglos.
Lo publica, en edición bilingüe y con valioso aparato crítico, ed. Acantilado, con su acostumbrada solvencia, y es obra de José María Micó (Barcelona, 1963), que así cierra, como respetuoso traductor lleno de recursos, un triángulo mágico que empezó en el año 2005 con el Orlando furioso de Ludovico Ariosto (1474-1533) y siguió con la Divina Comedia del Dante (1265-1321). Estamos, sencillamente, ante una hazaña filológica y poética, una auténtica proeza no al alcance de muchos.
José María Micó, poeta y filólogo español
Pero sí lo estaba de este sabio al parecer incansable. Micó es catedrático de literatura en la universidad Pompeu Fabra, autor de numerosos ensayos sobre diversas figuras del legado humanista, poeta él mismo, y compositor de canciones que interpreta a la guitarra, tanto sobre letras propias como composiciones ajenas, apoyando el canto de su pareja, en el dúo Marta y Micó.
Yo lo conocí hace muchos años, primero por su poesía, luego por sus interpretaciones de Góngora. Alguna noche, en algún local de bohemios, les he escuchado a Marta y él cantar tangos y milongas y canciones…
Le he ofrecido participar en este juego de todos los domingos y, conociendo su trabajo con la Divina Comedia tenía yo que haberme imaginado que acaso elegiría a Rodin, como ha hecho. Así explica su elección:
“Cuando me propusiste destacar una obra artística del siglo XX que tenga algún significado especial para mí pensé casi inmediatamente en Rodin y en su largo trabajo para La puerta del infierno, y no únicamente por su aureola dantesca.
La escultura 'El beso' de Auguste Rodin
≤≤De hecho, tardé bastante en saber que varias de las obras más impresionantes del escultor francés fueron concebidas como parte de un proyecto que empezó inspirándose en la Divina Comedia y acabó siendo la tarea principal de su vida: El pensador, El beso y otras piezas celebres cobraron para mí un nuevo sentido, no tanto porque fueron el comentario tridimensional a una de las obras con más apabullante tradición iconográfica (Botticelli, Blake, Dalí, Barceló -- por no decir nada de los generalmente anónimos miniaturistas medievales), sino porque las figuras cobraban un significado propio que, como en las alegorías dantescas, representaban dilemas eternos de la condición humana sin dejar de ser una imagen verosímil, casi el molde, de personas que existieron (Paolo y Francesca, el conde Ugolino, Mahoma), de criaturas mitológicas o de grupos de espíritus: Ombres se titulan algunos de los bocetos no menos impresionantes en su inacabamiento que las contundente formas de las estatuas…”
