Josep Maria Malagarriga en una entrevista con 'Crónica Global' en el hotel 'Palacete Continental'

Josep Maria Malagarriga en una entrevista con 'Crónica Global' en el hotel 'Palacete Continental' SIMÓN SÁNCHEZ BARCELONA

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​​Josep Maria Malagarriga: "Cada 15 días me quieren comprar el hotel, y cada 15 días digo que no"

El propietario del Continental de La Rambla y del Palacete Continental de Rambla Catalunya repasa dos siglos de historia familiar y reflexiona sobre la presión de los grandes capitales sobre el sector hotelero

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Josep Maria Malagarriga forma parte de una de las más vetustas sagas hoteleras de Barcelona. Su familia, con 200 años de tradición en este negocio, gestiona el Continental Palacete de Rambla Catalunya y el hotel Continental de La Rambla, por cuyas habitaciones han pasado George Orwell, Buffalo Bill, Indira Gandhi o un jovencísimo John Fitzgerald Kennedy.

En una Barcelona descompuesta y cuyo pasado se evapora en el mundo blanco y negro de los fondos de inversión, los grandes inversores preguntan a los Malagarriga por la venta del hotel. Su respuesta siempre es la misma: no. Por romanticismo, historia… y porque este peculiar empresario asegura que "no sabe hacer otra cosa”, por lo que “vale la pena resistir las ofertas y la tentación de la vida ociosa”.

En esta entrevista concedida a Crónica Global repasa dos siglos de historia familiar, la presión de los grandes capitales sobre el sector hotelero, su visión sobre el turismo, la inseguridad o la alcaldía de Ada Colau y la de Jaume Collboni.

-Pregunta: Este año se cumplen 200 años de historia de los Malagarriga en el negocio hotelero.

-Respuesta: Tenemos un documento del gremio de mesoneros y taberneros de Barcelona que acredita que un antepasado mío, hace 200 años, ya se dedicaba a este negocio. Era 1826. Mi abuelo se hizo con el Continental de la Rambla en 1931 y lo convirtió en un hotel muy innovador para la época. Tenía el bar Automàtic, que seguramente fue el primer servicio de vending que hubo en España. Tenía unos rótulos art déco preciosos y monedas propias: comprabas los tokens, los metías en la máquina, abrías la portezuela y salía el bocadillo. Después había una barra donde los camareros servían sodas, cafés o carajillos.

-Y después la guerra.

-Fueron años difíciles porque el hotel fue colectivizado por la Generalitat. Mi familia fue invitada, amablemente, a marcharse. Fue entonces cuando George Orwell fue a vivir al Continental, que era un refugio de relativa paz. Hubo otros hoteles que corrieron peor suerte, como el Colon de plaza Catalunya, colectivizado y convertido en una checa republicana. Orwell había ido al frente de Aragón y allí recibió un disparo. Su mujer, que era poeta, estaba alojada en el Continental, así que lo enviaron a recuperarse con ella. Allí escribió Homenaje a Cataluña y recibió todo tipo de visitas.

-¿Cómo cuáles?

-Personajes muy importantes, como un jovencísimo John Fitzgerald Kennedy, cuyo padre era embajador de los Estados Unidos en Londres, acompañado del primer ministro de la India Pandit Nehru, y su hija y futura primera ministra, Indira Gandhi. Eran observadores VIP de la guerra.

-Seguro que ha habido más ilustres visitantes en el Continental.

-Venía Herbert von Karajan cuando actuaba en el Liceu, Antonio Machín, Ken Loach, Buffalo Bill o el mítico Helenio Herrera. Su viuda, la señora Fiora Gandolfi, vivía en Venecia, e hicimos tanta amistad que mi hermana ha ido a visitarla a su palacete. Hay otros personajes, más anónimos, que también son historia del hotel. Casi nadie sabe sus nombres, pero fueron los atracadores que asaltaron el Banco Central en 1981. Los pillaron a todos en el hotel, excepto uno de ellos, que pasó la noche escondido en un cuarto de aspiradoras. Al día siguiente mi madre se lo encontró de cara en un pasillo y salió corriendo. Nunca nadie supo de él, no fue identificado ni juzgado. Mi madre se encontró 300.000 pesetas y un cargador de pistola, y en lugar de quedárselos llamó a la policía y entregó el dinero.

-¿En qué año compró la familia el segundo hotel, el Continental Palacete de la Rambla de Catalunya?

-El Palacete es una casa construida originalmente en 1863 en el paseo de Gràcia. Años más tarde, a la propietaria Paulina Fabra se le pidió que trasladara la vivienda porque molestaba para la nueva geografía del Eixample. Le dieron a elegir una nueva ubicación y ella escogió la esquina donde estamos ahora, Rambla de Catalunya con Diputació. La casa se trasladó piedra por piedra. Durante muchos años el edificio fue sede de una compañía de seguros: tenían cerrados al público este salón noble en el que estamos y los dos salones laterales, y usaban toda la parte de atrás como oficinas, donde la gente iba a tramitar los partes de siniestro.

-Ignota belleza desperdiciada.

-Después fue aún peor, porque estuvo cerrado mucho tiempo, hasta que un día mi madre, que había ido al dentista, cogió La Vanguardia y en la contraportada vio el anuncio de una inmobiliaria muy importante de la época que decía "Palacete en venta". Mi madre se enamoró del inmueble y lo conseguimos comprar. En febrero de 1999 empezamos tres años de obras para rehabilitarlo, porque todo estaba catalogado y muy vigilado. El Ayuntamiento nos lo puso muy difícil: nos paró las obras sin motivo durante ocho meses, y solo gracias a una carta que escribí, desesperado, a La Vanguardia, nos llamaron al día siguiente desde el distrito para preguntarnos qué pasaba. Barcelona necesitaba plazas hoteleras, era el año 2000, y en una semana teníamos el permiso de obras. Inauguramos el 6 de marzo de 2002.

Josep Maria Malagarriga en una entrevista en el 'Palacete Continental'

Josep Maria Malagarriga en una entrevista en el 'Palacete Continental' SIMÓN SÁNCHEZ BARCELONA

-¿La historia pesa?

-No pesa, te da seguridad. Soy orgulloso miembro de la junta del Gremi d'Hotels porque, sin menospreciar a nadie, la hotelería antes era un negocio de familias. Nosotros somos una de ellas, y ha habido otras muy importantes, como los Gargallo o los Gaspart. Ahora ya no es así, la mayoría de propiedades despersonalizadas rinden cuentas a un fondo de inversión. Esta semana había una noticia de que unos inversores turcos han comprado el Meliá. No me extraña, porque a mí me llega una oferta para vender el hotel cada 15 días.

-¿Cada 15 días?

-Vienen y te dicen “ponme un precio”. Yo digo que no. Hay muchísimos inversores de fuera, pero también alguno de aquí.

-¿No venderá?

-Mientras pueda seguir, no. Y menos ahora que tengo hijos. Para vender siempre estás a tiempo, pero mientras tienes el hotel posees un poder, una fuerza. Cuando vendas tendrás dinero, pero pierdes una parte importante de tu vida. Yo no sé hacer otra cosa, ni sabría vivir sin trabajar. No sabría invertir en bolsa o fondos. Sé que tengo un hotel precioso, en pleno centro de Barcelona, con una decoración muy especial. Creo que vale la pena resistir las ofertas y la tentación de la vida ociosa.

-¿El Continental de la Rambla es propiedad de la familia?

-El edificio pertenece a otra familia y nosotros tenemos un contrato de alquiler que se mantiene. De momento, seguimos ahí.

-¿Qué le parece esta Barcelona en manos de fondos de inversión?

-No es solo Barcelona, es el mundo entero. Desde el 2020 la riqueza se está concentrando en unas pocas manos, las de quienes más tienen y menos pagan, y eso nos está empobreciendo al resto y obligando a la gente a desprenderse de lo que tiene.

-¿Cuál es su primer recuerdo de infancia en el hotel?

-Escribir una carta a los Reyes Magos pidiendo hacer un turno de noche en el hotel. Yo sabía que era el horario más sacrificado, y pensé: "Si es el peor, es el que tengo que hacer yo." Tenía seis años. El deseo se cumplió, porque más adelante me harté de hacerlos.

-¿Cómo le está yendo el verano a sus hoteles?

-Todo el año ha ido muy bien, a pesar de las convulsiones mundiales y de todo lo que nos cuentan. Barcelona es una ciudad muy especial, con un atractivo que supera todas las barreras que se le ponen para seguir siendo una ciudad abierta al mundo. Ya lo decía Cervantes: "Barcelona, archivo de cortesía." También han vuelto los turistas americanos, que siguen siendo, con diferencia, el primer país de origen en mis hoteles.

-¿Cuáles son esas barreras que usted dice que se le ponen?

-La clase política se pasa la vida criticando el turismo, o poniéndole trabas como subir la tasa turística casi un 1.000% en seis años (de 65 céntimos a 7 euros). Y eso que la tasa turística lleva IVA, porque el Estado también quiere su parte: es ridículo que un impuesto tenga otro impuesto. Pasa también con el canon del agua. En fin, que esos mismos políticos y parte de la sociedad barcelonesa en julio y agosto están todos de vacaciones fuera: ya sea Mallorca, Vietnam, Bangkok… Si de verdad crees que el turismo es una lacra, lo primero que tienes que hacer es no viajar tú. Predica con el ejemplo. Yo he invitado a gente a comer a casa y que criticaran el turismo, que es lo que me da de comer a mí, a todos mis empleados y a los proveedores a los que compro.

Josep Maria Malagarriga en el hotel 'Palacete Continental'

Josep Maria Malagarriga en el hotel 'Palacete Continental' SIMÓN SÁNCHEZ BARCELONA

-¿Hoy los hoteleros tienen mala imagen pública?

-Si todo el sector se comportara de una manera muy leal con sus trabajadores y hiciera una selección cuidada de proveedores, seguramente tendríamos algo mejor de imagen. Somos un motor de la ciudad, de Cataluña y de España, pero se nos criminaliza.

-Volvemos a los fondos de inversión.

-Si vas con un Excel en la mano no puedes ofrecer lo que yo ofrezco a clientes y trabajadores. Lo último que yo miro es la cuenta de resultados: me basta con saber que más o menos me voy a ganar la vida. Y cuando tengo que invertir en moqueta, en ventanas, en lámparas o en lo que sea, no me lo pienso dos veces. Pero yo no tengo que rendir cuentas más que a las administraciones y a mis trabajadores. No tengo un consejo de administración que me controle y me exija, porque el dueño soy yo.

-Usted también ha sido muy crítico con la inseguridad en Barcelona.

-Son muy permisivos. Sé que la policía tiene las manos atadas, porque los reincidentes tienen la capacidad de ser detenidos y puestos en libertad sin que haya manera de apartarlos de la calle. Llevamos diez años con un efecto llamada de personas poco deseables para la ciudad. Esto tiene consecuencias. Es indecente que no se pueda salir con un reloj por miedo a que te lo roben.

-¿Cómo ve la ciudad bajo el gobierno de Collboni?

-No he notado mucha diferencia, aunque la etapa anterior fue horrorosa. Lo que Colau destrozó no se ha arreglado. No había ningún consenso: tuvimos reuniones por muchos temas, como el PEUAT o la tasa turística, y daba igual lo que dijeras, porque no te escuchaban. Ahora hay más diálogo, pero no veo una gran diferencia.

-¿Cuál ha sido el mejor momento de su carrera?

-Ahora. Fui padre hace tres años, mis hijos vienen al hotel y ya les estoy preparando el terreno, porque dentro de dos años, cuando tengan cinco o seis, los pondré a trabajar. Yo trabajé más de 40 años con mi madre y cuando los repaso, y veo el esfuerzo hecho y conseguido, me siento muy orgulloso.

-¿Y el peor?

-El cuento chino del Covid. Aunque, como con la mili, también le he sacado una lectura positiva, porque fue un esfuerzo tremendo de supervivencia. Aún estoy pagando aquel desaguisado. Conseguí cumplir con todos mis trabajadores, que todos mantuvieran su puesto y que se fueran recuperando a medida que era posible. El Palacete estuvo abierto durante todos los meses del confinamiento, pero fue muy complicado. El día que oí por la radio que Estados Unidos suspendía los vuelos con Europa, pensé: "Ahora sí que estoy jodido”.

-¿Por qué pudo mantener el hotel abierto?

-La orden ministerial de las narices decía que si tenías un cliente que vivía en el hotel todo el año, tenías derecho a estar abierto. Y mi madre vivía en el hotel. Solo quedaron seis hoteles abiertos en toda Barcelona.

-¿Tuvo clientes?

-Te voy a contar una anécdota muy curiosa. Una semana después del confinamiento, nos llamó una agencia de viajes de Málaga para preguntar si podíamos acoger un autobús con 26 tripulantes de un crucero. Eran 24 indios y 2 búlgaros, a la espera de ser repatriados. Venían a Barcelona para coger un vuelo a Bombay, pero ese día la India cerró sus fronteras. Lo que iba a ser una estancia de tres noches se convirtió en 72 días. Mis trabajadores al principio lloraban porque tenían miedo de trabajar por el Covid y, al final, acabaron siendo amigos para siempre de los huéspedes indios. El día que se fueron, el 31 de mayo a las cuatro de la madrugada, sin yo pedirlo vinieron cuatro o cinco empleados a despedirlos.

-¿Qué comían?

-Como no tengo restaurante, solo bufet, la agencia contrató un catering para darles comida y cena, con un señor encantador, José Manuel Parrado, que tiene una empresa en Cornellà y con quien también hicimos amistad para siempre. Cuando supo que eran indios, adaptó el menú, les puso curry, y yo se lo complementé con botellas de Jack Daniel's, que les gustaban mucho. Tuvimos también a otro huésped que se quedó cien noches y acabó muriendo aquí, de cirrosis, y otro que estuvo setenta u ochenta noches. Fue una situación muy curiosa. Pese a todo, aprendes a controlar gastos y a ser más eficiente.