Algo más de 16 años después de su fallecimiento, Juan Antonio Samaranch Torelló aún albergaría dudas sobre si la hipotética deuda que mantenía con su Barcelona natal habría sido saldada. A pesar de que, en vida, se manifestara plenamente convencido de que así había sido.
Pero durante los más de tres lustros transcurridos desde su último exhalo, la Ciudad Condal no le ha tenido en cuenta a la hora de dedicarle una vía o un espacio público. Aunque lo más apropiado sería decir que, paradójicamente, las autoridades han tenido más presente su pasado. Aquel que le sitúa como una reconocida figura del régimen franquista.
De ahí que la incógnita teóricamente resuelta sobre la eventual deuda volvería a buen seguro a retumbar en su cabeza. Demasiado tiempo ha transcurrido desde que dejara este mundo, frisando los 90 años de edad, hasta que la Ciudad Condal ha tenido un gesto de reconocimiento a quien hizo realidad su sueño olímpico. Aunque lo más llamativo en su caso ha sido el rosario de desaires desde entonces por parte de la clase política de una Barcelona para la que los Juegos Olímpicos (JJOO) supusieron un antes y un después que hubiera sido del todo inverosímil sin esta cita.
Los jardines del Palacete Albéniz han sido testigos esta semana de un emotivo homenaje al mítico presidente del Comité Olímpico Internacional (COI); el acto contó con la presencia y participación del rey Felipe VI; del presidente de la Generalitat, Salvador Illa; y del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni. Todos ellos compartieron el momento con la familia Samaranch, que no ha abandonado en todo este tiempo su conexión con el movimiento olímpico.
El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, en el acto de homenaje a Juan Antonio Samaranch Torelló / EP
Un acto loable. Pero que no borra ni hace olvidar la retirada del patio interior del Ayuntamiento de Barcelona de la escultura que el propio Samaranch regaló al consistorio. El reprobable gesto de la corporación municipal liderada entonces, en 2016, por la alcaldesa Ada Colau consistió en enviar a talleres la obra, que representa una bolsa de deportes con los aros olímpicos, para borrar el nombre grabado del expresidente del COI y volver a situarla donde estaba.
La propuesta de la CUP se argumentaba por los cargos que Samaranch había ejercido durante la dictadura, a mayor gloria del Régimen. Entre otros, concejal de ese mismo ayuntamiento, procurador en Cortes, delegado nacional de Deportes y presidente de la Diputación de Barcelona.
Fue una suerte de traca final a los numerosos y frustrados intentos de que una de las calles de la Ciudad Condal contribuyera a su inmortalidad. El primero empezó a gestarse en 2012, dos años después del fallecimiento de Samaranch, a iniciativa del PP. Pese a que la idea había sido bien acogida por el convergente Xavier Trias, por entonces alcalde de Barcelona, la frontal oposición de la calle echó por tierra este primer intento, al que seguirían otros con idéntico resultado.
Mucho antes, con Samaranch aún vivo pero ya fuera de la presidencia del COI, la propia CiU impulsó la idea de dedicarle una calle en L’Ametlla del Vallès, donde el dirigente deportivo pasaba algunas temporadas de descanso en una segunda residencia. También acabó en fracaso. Y por idéntico motivo.
La oferta a Serra
Del recuerdo ha desaparecido el hecho de que Samaranch no tuvo reparo en reunirse a finales de los 70 con Narcís Serra para hacerle una propuesta que cambiaría para siempre la historia de Barcelona. Serra fue el primer alcalde de la Ciudad Condal tras el regreso de la democracia. Y formaba parte de aquella izquierda que, apenas dos años antes, había presionado en la calle para desalojar al presidente de la Diputación, al grito de "Samaranch, fot el camp!".
Desde su retiro de la primera línea como diplomático en Moscú, Samaranch trasladó a Serra su propósito de aspirar a la presidencia del COI. En el caso de lograrlo, Barcelona tendría una oportunidad única para organizar unos Juegos Olímpicos, los de 1992. La decisión final se tomaría en un plazo de siete años. No había tiempo que perder.
Narcís Serra, el primer alcalde de Barcelona que impulsó la candidatura para los JJOO de 1992 / EP
Samaranch hizo su trabajo. Y Serra, el suyo. Tras Los Ángeles y Seúl, la cita olímpica regresaría a Europa. El rival más pujante sería nada menos que París. Frente a un país que apenas diez años antes de que tuviera que abrirse el sobre con el nombre de la ciudad organizadora estaba saliendo de una dictadura de casi 40 años.
El consenso es apabullante. Reto imposible sin un Samaranch que tras el boicoteo de EEUU a la cita de Moscú 80 y la devolución de la moneda del bloque comunista en Los Ángeles 84 había emprendido una suerte de revolución pacífica para que el COI liderara el fin de la guerra fría.
Tras recoger los primeros frutos, planteó su apuesta por Barcelona en el seno del movimiento olímpico como una cuestión personal: sin JJOO en la Ciudad Condal, la revolución se quedaría a medias y sin su principal valedor.
El resto de la historia forma parte de la peculiar película de toda una generación. Pero en lugar de fotograma a fotograma, a golpe de imágenes de Telediario: del emblemático "À la ville de... ¡Barcelone, Espagne!" tras apertura temblorosa de sobre con suspense a la ceremonia inaugural en el estadio Lluís Companys con más de un centenar de jefes de Estado y de gobierno de toda clase y condición.
Dalí, Caballé...
Para muchos, todos los desaires a Samaranch forman parte de un absurdo revisionismo histórico. Sostienen que de aplicar el mismo criterio a todos por la relación con el franquismo, propia o de sus antepasados, un buen número de referentes políticos contemporáneos hubieran sido recluidos en el cuarto de los apestados.
El suyo no es el único caso. Incluso más llamativo es el de Salvador Dalí. A día de hoy, el inmortal artista, que no ocultó múltiples guiños al régimen y un enérgico rechazo del comunismo, tampoco cuenta con una calle en Barcelona.
En una situación similar se encuentra la universal soprano Montserrat Caballé, cerca de cumplirse ocho años desde su fallecimiento. En su caso, no se significó políticamente de forma explícita, pero nunca mostró una postura ni un gesto amable hacia las posiciones independentistas. Y aún menos hacia el procés, que durante los últimos años de la vida de la artista atravesó su etapa más intensa.
El vistoso tributo a Samaranch ha vuelto a poner encima de la mesa el bloqueo a la hora del reconocimiento a determinadas personalidades que han llevado el buen nombre de Barcelona y Cataluña por todo el mundo.
La ocasión ha sido aprovechada por el líder municipal del PP, Daniel Sirera, para promover un nuevo intento e inmortalizar el nombre de Juan Antonio Samaranch Torelló en la avenida del estadio olímpico. A vueltas con las deudas, el dirigente conservador considera que es Barcelona la que no ha satisfecho la suya con el expresidente del COI. "Una deuda de gratitud". No se antoja sencillo saldarla en tiempos de exacerbada polarización.
