El efecto arrastre

Carlos Marmol
7 min

Los conversos son tipos curiosos. Se nos presentan como santos pecadores, arrepentidos de su existencia previa, y devotos repentinos de su vida presente. Un día, de improviso, abrazaron con entusiasmo una fe que nunca fue la suya y creen posible, y sobre todo probable, triunfar en la gesta de convencer(nos) a los demás de la pureza que anima su transformación íntima. Casi siempre se refieren a ella con un término piadoso: “evolución”. Llamarla traición nos parece más exacto, pero, como es sabido, la palabra tiene mala prensa. No hay converso político que admita ser un traidor contra su causa pretérita, lo cual no deja de ser anómalo: la traición de cambiar de bando la cometen sobre todo, y antes que con los demás, consigo mismos. De ahí que se refugien en cualquier tipo de argumento, da igual su consistencia, para justificar su salto de orilla. El más recurrente de todos es el viejo cuento del interés (general).

Que el PSOE vaya a hacer una oposición centrada nos trae perfectamente al pairo. Sobre todo porque, técnicamente hablando, ya no es posible

A esta milonga están recurriendo últimamente los socialistas demediados, guiados por la gestora de Su Peronísima, para explicarnos que van a hacer una oposición “centrada y útil” para la ciudadanía. Nos gustaría aplaudir, pero no nos sale. La ciudadanía --esa horda democrática que formamos todos, conocida en otros pagos como el pueblo-- está pensando en cuestiones mucho más prosaicas, como llegar a fin de mes sin excesivas cicatrices y otras formas improbables de llenar el frigorífico. Que el PSOE vaya a hacer una oposición centrada nos trae perfectamente al pairo. Sobre todo porque, técnicamente hablando, ya no es posible. Los hechos cantan. Y además cuentan, sin error posible, que son ellos, los socialistas, quienes han investido a Rajoy, respaldan el nuevo techo de gasto --léase los recortes que vendrán-- y hasta han bendecido, con un elocuente silencio, la enésima subida de impuestos que volverá a gravar todos los vicios que considerábamos propios de la gente de orden: alcohol, tabaco y la propiedad, aunque sea ficticia, de un humilde hogar con su correspondiente ficha catastral, ese tesoro administrativo. ¿Se le puede llamar a esto una oposición centrada?

Los politólogos, esa raza sin igual, explican que la estrategia de la Gestora Rociera que administra Ferraz igual que cualquier cortijo meridional se basa en la “geometría parlamentaria variable”. Tremendo hallazgo. Traducido al román paladino quiere decir que los socialistas van a votar con el PP todo lo que les pongan por delante, salvo aquellas cuestiones en las que el sapo a tragar tenga un tamaño superlativo o su digestión implique un gesto indecoroso, en cuyo caso buscarán una alianza coyuntural con los alternativos --los jacobinos ma non troppo de Podemos y los indígenas de los nacionalismos patrióticos-- para hacernos creer a todos que son capaces de doblarle la mano al Gobierno. Attenti tutti.

Los militantes socialistas siguen abochornados, los antiguos simpatizantes continúan menguando y la intención de voto que señalan las encuestas discurre en caída libre

Como cuento del género infantil-juvenil, la historia igual cuela para los menores de edad, pero vista en frío no se sostiene. Al comenzar la legislatura el PSOE tenía dos opciones: ser el bastón del Gobierno a cambio de arrancarle cesiones políticas sustanciales, cosa que no ocurrió; o liderar la oposición. Al tratar de ser las dos cosas al mismo tiempo, que parece que es lo que han decidido, se han situado solitos en tierra de nadie. Sus militantes siguen abochornados, los antiguos simpatizantes continúan menguando y la intención de voto que señalan las encuestas discurre en caída libre. Mariano, the quiet man, los ha arrastrado a su terreno: igual los usa como coartada para poner límites a una hipotética reforma constitucional --para la que no existe ni consenso ni la mayoría política necesaria-- que les exige su nihil obstat para la ley de presupuestos. Los socialistas se resisten --por ahora-- a aprobarle las cuentas. Afirman que su aval es un “imposible medieval”. La frase, pronunciada por el presidente de la Gestora Rociera, Javier Fernández, ya se la oímos justo antes del golpe de Estado de Ferraz, cuando se auguraba que terminarían absteniéndose en favor del PP. “Es un imposible medieval”, dijo entonces. Más o menos igual que ahora.

No sabemos si el presidente de Asturias, tierra querida por todos, es un lector de Santo Tomás o acaso un secreto devoto de la escolástica medieval, pero lo cierto es que cada vez que pronuncia tan categórica sentencia, cuya fiabilidad empieza a ser legendaria, sube el pan --que en misa representa el cuerpo sagrado de Cristo-- y los socialistas terminan haciendo justo lo contrario de lo que pregonan. Les iría mejor si aceptan la evidencia: el efecto arrastre del PP se los está merendando. Quizás para siempre. O, en el mejor de los casos, mientras el absolutismo de las legendarias marismas de Almonte siga dominando los resortes orgánicos. Se lo advertimos con cariño. Queridísimos sociatas: ¡Esto no se arregla con teatro!

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Marmol

Estudió Poética, pero se dedica a esa variante de la literatura prosaica que es el periodismo. Sevillano. Quinta del 71. Debutó como cronista (impertinente) en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo fundacional de Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, columnista y editorialista. Desde 2013 es articulista en El Mundo. También escribe en Jot Down Magazine. Fuma habanos y, salvo que lo impida el protocolo, viste de negro porque adelgaza. Es máster en Literatura Comparada, licenciado en Filología y posgrado en Dirección de Empresas.

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