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Congreso de cínicos en los apartamentos Miramar

Seguidores de Diógenes sufren la turismofobia al ser confundidos con simples exhibicionistas y denuncian la hostilidad indígena cuando practican su filosofía en la calle

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El amigo John Smith se la pela en plena calle y a plena luz del día. S'Arenal, Mallorca. Hans Schmidt, también. Y muchos otros. Las autoridades descartan que la oleada de amor propio esté relacionada con la celebración del congreso de filosofía clásica dedicado a la figura de Diógenes de Sinope, cuyas jornadas se celebran en los apartamentos Miramar 2000 con gran concurrencia de estudiosos del cinismo.

Diógenes no dejó nada escrito porque predicaba con el ejemplo de un ascetismo radical no exento de desahogos como el de masturbarse en el Ágora para aplacar las acometidas de la libido según le venían a perturbar sus cogitaciones. El filósofo vivió entre el 412 y el 323 a. C. y en aquella época tampoco estaba bien vista la autodeterminación erótica en la vía pública. Cierto día, una banda de hipócritas rodeó a Diógenes mientras profundizaba en el derecho a cascársela con la pretensión de reprocharle su indecente conducta. El muy cínico replicó que ojalá el hambre también se pasara frotándose la tripa, cosa que no tenía nada que ver con el tema, pero desactivó la protesta.

Nadie se ha parado a preguntar a los masturbadores si son simples pajilleros empastillados o seguidores de Diógenes, por el contrario. La confusión es absoluta. De entrada, se les tacha de onanistas. Primer error. Onán fue el precursor de la marcha atrás, no del cinco contra uno. Segundo error. El cinismo no sólo es la desvergüenza en el mentir o en la defensa de doctrinas vituperables sino una corriente filosófica partidaria de llevar una vida simple, a espaldas de cualquier ambición material o sentimental. Tercer error. Diógenes no acumulaba basura, sino todo lo contrario. Es sabido que prescindió del único tupper que tenía cuando vio a un niño comer lentejas sobre un trozo de pan y beber formando una escudilla con las manos. Además, no podía acumular nada en casa porque vivía a la intemperie.

Los eruditos congregados en los apartamentos Miramar no son ajenos a la actualidad y han expresado su preocupación porque detectan cierta hostilidad indígena cuando practican su filosofía en la calle. Empiezan a estar familiarizados con los nombres de Arran, Jarrai, Endavant, CUP y la turismo borroka y aterrorizados ante la posibilidad de que les confundan con simples turistas.

Las noticias son tan alarmantes que parecen propias de la última novela de Pablo Tusset, Sakamura y los turistas sin karma, donde el autor anticipa con escalofriante precisión la campaña consistente en tocarles las partes a los visitantes. Los usuarios del aeropuerto de El Prat, sean del país, comunitarios o extracomunitarios, salgan para no volver o para regresar en dos semanas, padecen insoportables esperas ante los arcos de seguridad. Autobuses turísticos, bicicletas de alquiler, consignas de maletas, hoteles y las cordadas de ñues que atraviesan la Diagonal a la altura de Sardenya están en el punto de mira de lo más selecto de la juventud local, pues no hay más que ver cómo vive Mar Ampurdanès, portavoz de la intifadeta. Los chicos marcan territorio porque quieren defender lo que es suyo, el territori y los barris, por familia, apellidos, lengua y porque es lo que les pasa por la xona en estos días de altas temperaturas. 

Cunde la sospecha entre los cínicos de paso en S'Arenal que detrás de las vejaciones en El Prat y los ataques a intereses turísticos están las propias autoridades, sean municipales, autonómicas o estatales, en algunos casos por omisión, en otros por connivencia.