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El presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, en un foro el 8 de junio en el que defendió el nuevo calendario.

Revilla monta el Cristo escolar

Padres, docentes y pedagogos resucitan el debate sobre las dudosas ventajas de las vacaciones 'a la cántabra'

Antonio M. Yagüe
5 min

El excéntrico presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, no encuentra seguidores en el resto de España para su polémico calendario escolar. Ni con las consabidas latas de anchoas, señuelo personal y político de cualquier paso suyo importante. Solo para el ejecutivo de Castilla-La Mancha, entregado a cambiar todo lo que huela a su antecesora Cospedal, es algo más que una “ocurrencia”, y estudia seguirlo.

En cualquier caso, cuando las vacaciones ya se acercan, el calendario a la cántabra ha abierto un controvertido debate interno en la comunidad educativa y a nivel estatal sobre sus posibles beneficios y el abandono del dictado del santoral.

Los cambios acercarán a Cantabria a la agenda escolar vigente en Francia, Alemania y los países nórdicos. Pero son y no son para tanto. Se trata de establecer una semana de vacaciones cada dos meses lectivos, restar 15 días en verano y poner fin a las fiestas de Navidad el 31 de diciembre. El curso se abrirá el 8 de septiembre y se cerrará el día de San Juan. Pero, a cambio, se descansará la primera semana de noviembre con la locura de los disfraces de Halloween, y unos días en febrero coincidiendo o casi con los populares carnavales.

Padres divididos

Los padres de la comunidad montañesa y de toda España han sido los primeros en poner el grito en cielo. Claman porque no se les ha tenido en cuenta, creen que dificultará la conciliación familiar y defienden que es una “mejora laboral encubierta” para los docentes. También alegan que, además, no queda claro quién abrirá los centros y los comedores en los días de vacaciones, ni qué funciones tendrán los profesores.

Pero no todos están en contra. Algunos en los que prima el laicismo y quieren poner fin a la dictadura del calendario religioso lo defienden. La Fapac, federación que aglutina a las Ampas catalanas, pidió ya en 2009 que Cataluña cambiase el nombre de las vacaciones de Navidad por el de vacaciones de invierno y que a las de Semana Santa se les llamase vacaciones de primavera. Para desligarlas de las festividades religiosas, como se hace en Francia.

Herencia franquista

Los pedagogos defienden que no tienen sentido unas vacaciones de verano de tres meses, por los motivos esgrimidos en la sociedad rural y sin aires acondicionados del franquismo: clima caluroso y la necesaria colaboración de los niños “en las nobles labores de la agricultura familiar”. Tampoco están de acuerdo en que el calendario influya en el ritmo de aprendizaje.

No obstante, algunos estudios científicos de Reino Unido y EEUU aseguran que los períodos largos de vacaciones perjudican más a los niños de familias con pocos recursos. Por eso, allí han decido alargar el período lectivo de verano en las escuelas de los barrios desfavorecidos con actividades educativas aunque no académicas.

Los sindicatos de la enseñanza, con CCOO y UGT a la cabeza, aplauden sin reservas el calendario de Revilla, que consideran “más racional y homogéneo”. Es más, llevan años reivindicándolo para acabar con el segundo trimestre que consideran excesivamente largo. Defienden que repartir los descansos de forma más equilibrada mejora la planificación del currículo.

Origen judicial

Quizá se les olvida a todos el origen de las vacaciones en general y de las escolares en particular. Dicen los historiadores que las vacaciones (vacatio, exento de obligación) comenzaron con un descanso que se otorgaron los jueces con el noble propósito de no distraer a los agricultores en meses de máxima labor.

Luego se apuntaron los clérigos, que tenían a su cargo la educación, y poco a poco incorporaron este paréntesis ocioso en el calendario escolar. Después, los trabajadores de fábricas y oficinas. Todos con el noble y comprensivo fin de dejar trabajar en paz a la gente del agro.

Pero siempre sin tocar el calendario festivo de la Iglesia, revisado por el papa Pío IX en 1856, con fastos y domingos que guardar. Los sábados, incluso el viernes por la tarde, no se santificaban hasta que también se impusieron en la década de los sesenta en todo Occidente, según dicen, por la presión de los lobbies judío y musulmán.