Montserrat Jiménez Sureda autora de 'Brujas y marujas: Historia, mujer y estereotipos en sociedades reptilianas'

Montserrat Jiménez Sureda autora de 'Brujas y marujas: Historia, mujer y estereotipos en sociedades reptilianas'

Vida

Brujas y marujas: la historia de las mujeres que incomodan

Montserrat Jiménez Sureda, historiadora de la UAB, analiza cómo los estereotipos han servido durante siglos para justificar el maltrato a las mujeres

Advierte que los mecanismos que alimentaron las cazas de brujas siguen presentes en nuestra sociedad

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Montserrat Jiménez Sureda (L’Escala, 1967) soñaba con ser bióloga marina, pero cuando en clase de Ciencias Naturales, en el instituto, empezaron a diseccionar ranas y otros animales, se lo repensó.

“Sufría muchísimo al verlo”, admite esta profesora e investigadora de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).

Jiménez se decantó por estudiar Historia, una carrera que satisfacía su enorme curiosidad por aprender, aunque nunca dejó de lado su interés por la biología.

Su último libro

Prueba de ello es que sus ensayos y publicaciones contienen numerosas referencias a este campo, como sucede en su último libro, Brujas y marujas: Historia, mujer y estereotipos en sociedades reptilianas (UAB, 2026).

'Brujas y marujas: la historia de las mujeres que incomodan', el último libro de la hisotriadora

'Brujas y marujas: la historia de las mujeres que incomodan', el último libro de la hisotriadora

En él, la historiadora analiza los relatos que han llevado a las sociedades a señalar, humillar y perseguir a las mujeres que resultaban incómodas.

También cuestiona la imagen romántica de la bruja que ha llegado hasta nuestros días: la de una mujer poderosa, rebelde, sexualmente libre y perseguida por desafiar el orden establecido. Algunas respondían a ese perfil, pero muchas otras eran simplemente mujeres vulnerables, discriminadas o enfermas.

Acusaciones de brujería

Para ilustrarlo, Jiménez recurre a un episodio de su libro, en el que narra cómo un paciente llamado Wahid se incorpora bruscamente en la cama de un hospital, aterrorizado. “Se había despertado de golpe y parecía muy asustado. Gruñía, tragaba saliva compulsivamente y emitía unos sonidos guturales propios de un animal”, escribe.

“Sus ojos desorbitados parecían seguir algo que se movía y que nadie más era capaz de ver. El trance concluyó con su brazo izquierdo señalando aquel lugar, los ojos en blanco y vocalizaciones infrahumanas. ¿Qué había allí? ¿El demonio? No. La epilepsia

“Las brujas eran personas maltratadas, no pocas llegaron a ser asesinadas, y una parte de ellas padecían enfermedades mentales”, explica Jiménez.

La historiadora recuerda que las acusaciones de brujería se alimentaban de la autoridad de quienes las formulaban. “Bastaba con que una figura de referencia, como un médico o un sacerdote o alguien socialmente relevante, avalara determinadas creencias para que buena parte de la población las aceptara”, explica.

Un manual propio

La trayectoria académica de Jiménez empezó alejada de las brujas. Su tesis doctoral, alentada por el historiador Antoni Simon, se centró en la Iglesia catalana y la catedral de Girona durante el siglo XVIII, con el propósito de estudiar el impacto de la monarquía borbónica sobre las instituciones eclesiásticas catalanas.

El giro llegó cuando, en 2013, asumió la docencia de Historia y Género en la Edad Moderna en la UAB. Al preparar las clases, descubrió que no disponía de un manual que le permitiera explicar la evolución histórica de las mujeres. Así que decidió escribirlo ella misma.

El resultado fue Manual d'història de la dona. Manifest per a un futur millor (UAB, 2021), una obra que abarca desde la Grecia antigua hasta nuestros días e incorpora colectivos tradicionalmente poco estudiados, como las mujeres judías.

“La Historia me ofrecía un campo muy amplio para estudiar. Me permite hacerme toda clase de preguntas”, explica la historiadora que quería ser bióloga.

Profunda empatía

Pero, además de la curiosidad intelectual, había una motivación personal. Aquella empatía que de adolescente le había impedido soportar las disecciones de animales reapareció cuando empezó a investigar la vida de las mujeres repudiadas, perseguidas o condenadas al olvido.

“Me despertaban una empatía muy profunda. Decidí acercarme a ellas desde una mirada muy integradora, intentando descubrir los porqués”, recuerda.

De aquellas investigaciones surgió su interés por la brujería, que abordó en un primer libro, Les bruixes. Del feminicidi històric a la icona social (UAB, 2017).

Portada de 'Les bruixes: Del feminicidi històric a la icona social'

Portada de 'Les bruixes: Del feminicidi històric a la icona social'

Dos figuras distintas

A partir de ahí, fue tirando de distintos hilos. Uno la llevó a estudiar el acceso de las mujeres a las profesiones sanitarias y el papel de las curanderas.

En este, Brujas y marujas, investiga los símbolos asociados a la brujería, desde los gatos negros y los murciélagos hasta las plantas medicinales, las fórmulas mágicas y el origen de palabras como abracadabra.

Entre todos esos elementos, uno le llamó especialmente la atención: la escoba. Símbolo por excelencia de la bruja, era también uno de los utensilios más representativos del ama de casa.

Aquella coincidencia le permitió establecer una conexión entre dos figuras de apariencias muy distintas - bruja y maruja -, dando título a su último libro.

De la bruja a la maruja

“Para maltratar a una mujer, primero hay que reducirla a un estereotipo”, sostiene Jiménez.

En su investigación identifica distintos perfiles de mujeres acusadas de brujería. Estaban las que padecían enfermedades mentales o neurológicas, las que sufrían discriminación, y también las que respondían al modelo tradicional de mujer rebelde que desafiaba las convenciones sociales.

“Estas últimas son las que han despertado mayor interés en la actualidad, sobre todo en algunas corrientes feministas, que han convertido a la bruja en un símbolo de emancipación femenina”.

Sin embargo, aquella imagen de mujer independiente y poderosa no representa a todas las mujeres que fueron perseguidas, apunta la historiadora.

Muchas eran personas vulnerables que acababan convirtiéndose en cabezas de turco de las frustraciones colectivas. “Normalmente había una acusación previa, de los vecinos, de la sociedad, antes de llegar a un tribunal”, explica la historiadora.

La brujería servía así para explicar desgracias o encontrar responsables de situaciones que la población no comprendía.

Una figura castigada

La segunda parte del libro se ocupa de otra figura femenina que, a diferencia de la bruja, no se caracteriza por saltarse las normas sociales, sino por cumplirlas: la maruja.

Jiménez analiza cómo las amas de casa han sido históricamente reducidas a una caricatura que las presenta como mujeres sin inquietudes intelectuales, dedicadas a tareas supuestamente menores y alejadas del trabajo “productivo”: planchar, barrer, limpiar, cocinar, lavar la ropa, criar a los hijos, cuidar de los familiares…

La autora recupera todas estas tareas para reivindicar el papel histórico de las amas de casa y cuestionar que su trabajo apenas haya sido reconocido.

“Durante siglos se ha castigado a las mujeres por apartarse del papel que la sociedad les había asignado, pero también se las ha ridiculizado cuando se limitaban a cumplirlo”, constata.

Brujas y marujas serían, según Jiménez, dos ejemplos de cómo una sociedad reduce una persona a un estereotipo para justificar su menosprecio.

Las sociedades reptilianas

Para explicar por qué estos mecanismos se repiten a lo largo de la historia, Jiménez ha acuñado el concepto de «sociedades reptilianas», inspirado en la teoría del cerebro triuno desarrollada por el neurocientífico Paul MacLean en la década de los 60.

Según aquel modelo, el cerebro humano estaba formado por tres grandes estructuras evolutivas, entre ellas un supuesto cerebro reptiliano, relacionado con los comportamientos instintivos y la supervivencia.

Aunque la neurociencia actual considera superado este modelo, Jiménez lo utiliza para describir sociedades dominadas por el miedo, la ira y las respuestas impulsivas.

“Los asesinatos no son posibles en una sociedad reflexiva”, afirma la historiadora, convencida de que para ejercer la violencia contra alguien primero hay que encontrar una manera de justificarla.

Sociedad reactiva

En su opinión, las sociedades contemporáneas tampoco están libres de estas dinámicas. “Somos sociedades muy reactivas”, advierte.

La historiadora establece paralelismos entre las antiguas persecuciones y determinados discursos actuales que convierten a colectivos enteros en responsables de problemas complejos.

Un cúmulo de emociones

El miedo y la frustración pueden favorecer la aceptación de mensajes políticos simplificadores que señalan enemigos fácilmente identificables.

“El problema no reside en la existencia de emociones negativas en nosotros mismos, sino en nuestra capacidad para justificar racionalmente los comportamientos que estas provocan”, explica.

Según Jiménez, la herramienta más importante que tenemos es saber mirarnos, situarnos y entender que somos un cúmulo de emociones. De ahí la importancia del autoconocimiento y el pensamiento crítico. No se trata de anular las emociones, sino de aprender a gestionarlas.

“Hay que intentar controlar las emociones, no anularlas, para que el intelecto las transforme en algo positivo para las personas que nos rodean”. De lo contrario, advierte, las sociedades corren el riesgo de repetir una y otra vez los mismos errores.

Después de tantos años investigando persecuciones, conflictos y mujeres silenciadas, Jiménez continúa interesándose por una cuestión que está presente en la mayoría de sus investigaciones: ¿qué lleva a un ser humano a maltratar a otro?

Es la cuestión que abordará en su próximo libro, dedicado a la ira, una emoción que considera necesario comprender para entender los mecanismos de la violencia. Su propósito es ponerse en el lugar de los agresores e intentar descubrir qué los lleva a hacer daño.

Todos llevamos esas tinieblas dentro”, reconoce la historiadora, convencida de que no es casual la destacada presencia de las mujeres en los movimientos pacifistas.

Pero no pierde el optimismo: “No debemos rehuir los temas que nos hacen daño. Hay que enfrentarse a ellos e intentar erradicarlos. Las tinieblas se pueden vencer”, concluye.