El pasado 15 de septiembre, el director de Càritas Diocesana de Barcelona, Eduard Sala, lanzó una pregunta a una cincuentena de personas reunidas en el auditorio de Esade: “para vosotros, ¿qué es más importante en la vida, sentirse seguro o sentirse amado?”.
La mayoría de los asistentes eligió la segunda: sentirse amado. “Pues os equivocáis”, les respondió Sala. “Necesitamos que alguien cuide de nosotros en todo el ciclo de nuestra vida: cuando nacemos, y durante la infancia, pero también cuando lleguen esas enfermedades que nadie piensa que van a llegar, o cuando seamos dependientes, si es que nos toca serlo”.
Una cuestión poco visible
La reflexión lanzada por Sala sirvió para arrancar una charla sobre cómo combatir la aporofobia, un término acuñado en los años 1990 por la filósofa valenciana Adela Cortina para describir el miedo y rechazo hacia la pobreza y hacia las personas pobres.
“La aporofobia se nutre de los discursos del odio, del miedo, que nos hacen ver al otro como una amenaza y olvidar la necesidad de compasión”, argumentó Sala al inicio del encuentro, que sirvió también como presentación de Miradas sobre la aporofobia (2026).
Personas sin hogar acampan debajo de la salida 210 de la C-31, en el barrio de Sant Roc, Badalona
La publicación, realizada por el Observatorio de la Vivienda Digna, Instituto de Innovación Social de Esade, junto con IQS, Universidad Ramon Llull, con la colaboración de la Fundación “la Caixa”, recoge varias voces académicas, institucionales y sociales que, desde distintas disciplinas y experiencias, abordan una cuestión todavía muy poco visible: el rechazo, el desprecio o la desconfianza hacia las personas en situación de pobreza.
Apartar lo incómodo
Una de las voces más destacadas es la de la propia Cortina, defensora de la tesis de que el rechazo a los pobres tiene raíces biológicas y cerebrales. Con ello, Cortina no pretende justificar la aporofobia, sino explicar por qué puede aparecer con tanta facilidad en las relaciones humanas.
“Según su planteamiento, los seres humanos tendemos a acercarnos a quienes nos resultan familiares, gratificantes o útiles, y a apartar aquello que nos incomoda, nos resulta extraño o percibimos como amenazante. Esta tendencia disociativa puede llevarnos a marginar a quienes parecen que no nos ofrecen ningún beneficio o retorno”, escriben los autores del libro, los académicos Flavio Comim, Mihály Tamás Borsi y Pilar Muro Sans (IQS, Universidad Ramon Llull).
Charla "Miradas sobre la aporofobia"
No estamos condenados
Sin embargo, Cortina subraya una distinción decisiva: las predisposiciones no son determinaciones. “Que exista una inclinación humana a apartar lo que incomoda no significa que estemos condenados a la aporofobia. Los seres humanos también tenemos predisposición a la simpatía, al cuidado, a la cooperación, al reconocimiento y a la compasión.
La cuestión ética y política consiste en decidir qué tendencias queremos alimentar socialmente”, constatan. “Si las instituciones, la educación, los medios de comunicación y las prácticas sociales refuerzan la exclusión, la aporofobia crecerá. Si cultivan el reconocimiento de la dignidad de cada persona, podrá desactivarse”.
La dignidad no tiene precio
Para la filósofa valenciana, hay que partir de la idea de que vivimos en sociedades marcadas por la reciprocidad: damos esperando recibir algo a cambio. El problema aparece cuando alguien parece no tener recursos, influencia, contactos o una utilidad visible que devolver.
En ese marco, la persona pobre corre el riesgo de ser percibida como alguien sin valor para el intercambio y, por tanto, de quedar relegada. Combatir la aporofobia exige precisamente romper esa identificación entre valor humano y utilidad: la dignidad, recuerda Cortina, no tiene precio.
Un problema institucional
No obstante, el rechazo no se limita a los gestos individuales. Una parte importante de Miradas sobre la aporofobia analiza cómo puede instalarse en el funcionamiento ordinario de las instituciones.
Para Beatriz Fernández, directora de Arrels Fundació, esta dimensión obliga a hablar de “aporofobia institucional”: procedimientos y estructuras concebidos para quien tiene vivienda, domicilio, trabajo, familia, horarios y una estructura económica más o menos estable. “Cuando alguien queda fuera de ese patrón, trámites que para el resto son asumibles, como pedir una cita previa por Internet, pueden convertirse en barreras”, explicó durante la charla.
Persona sin hogar
Más víctimas que autores
Fernández puso también como ejemplo el sistema de multas asociado a determinados delitos leves. Quien dispone de dinero puede pagar la sanción y cerrar el procedimiento; quien carece de recursos puede acabar afrontando consecuencias mucho más gravosas. “Puedes llegar a encontrarte en prisión realmente por ser pobre”, resumió, tras recordar casos de personas condenadas por hurtos de muy escasa entidad.
La publicación reúne la investigación de Isabel García Domínguez, de la Universidad de Salamanca, para aportar datos a esta idea. Su revisión de sentencias penales de 2016 a 2020 seleccionó 139 resoluciones en las que aparecían personas en situación de sinhogarismo: en 102 figuraban como autoras, en 25 como víctimas y en 12 en ambas posiciones. Prácticamente nueve de cada diez personas sin hogar procesadas resultaron condenadas, pese a que la literatura académica señala que, a nivel global, estas personas son más víctimas que autoras de delitos.
La brecha entre la victimización real y la que llega a las instituciones es todavía más llamativa: para el periodo 2015-2020, estudios basados en encuestas estimaban alrededor de 2.500 incidentes aporofóbicos sufridos por personas sin hogar; las fuerzas de seguridad registraron 74 casos y los tribunales analizados recogieron solo 14 víctimas.
Acabar con los 'infras'
Desde 2021, la aporofobia figura expresamente como circunstancia agravante en el Código Penal, pero la infradenuncia y la infradetección siguen siendo obstáculos centrales.
Una persona sintecho, en una imagen de archivo
En el libro, María Jesús Raimundo Rodríguez, fiscal adscrita a la Unidad de Delitos de Odio y Discriminación de la Fiscalía General del Estado, resume esta situación con la imagen del iceberg: en los delitos de odio se estima que entre el 80% y el 90% de los casos no se denuncian, y en la aporofobia el porcentaje podría ser incluso mayor. Para Raimundo, combatirla exige “acabar con los infras”: infradenuncia, infradetección e infraconfianza.
Reinterpretar el espacio público
Por otro lado, el espacio público es otro lugar donde el sesgo se hace visible. Albert Sales, responsable de Derechos Sociales y Políticas Públicas de Institut Metròpoli, señaló durante la presentación que una misma conducta puede recibir una lectura distinta según quién la protagonice y dónde: “un hombre puede emborracharse en una terraza del Paral·lel mientras consume, mientras que hacerlo en el banco de al lado puede acabar en sanción”.
La diferencia no está necesariamente en la conducta, sino en la relación con el consumo y en la manera de interpretar quién tiene derecho a permanecer en el espacio público.
Sales cuestionó también que bajo el gran paraguas de “ordenar la ciudad” los políticos mezclen problemas tan distintos como la limpieza, la delincuencia y el sinhogarismo. “Si hablamos de sinhogarismo estamos hablando de un problema de acceso a la vivienda”, sostuvo. Confundir fenómenos diferentes con soluciones diferentes favorece que la presencia de personas sin hogar se lea en clave de inseguridad y no de exclusión residencial.
Desmontar la moral meritocrática
La publicación aporta además un resultado “contraintuitivo” sobre Barcelona. Un estudio de Cristina Montañola, Juan Albacete, Francesc Martori y Flavio Comim, basado en 832 personas —451 estudiantes universitarios y 381 adultos de su entorno—, encontró niveles más altos de acuerdo con afirmaciones aporofóbicas entre los jóvenes que entre los adultos en buena parte de los ítems analizados.
Las diferencias aparecían sobre todo en ideas que relacionaban pobreza con pereza, falta de mérito, suciedad, generación de problemas o condición de carga social.
La aporofobia como indiferencia
Los autores apuntan a la “interiorización de una moral meritocrática” como posible explicación: creer que el éxito depende fundamentalmente del esfuerzo individual puede ofrecer sensación de control en un contexto de competencia y precariedad, pero también llevar a interpretar la pobreza como un fracaso personal y relegar factores como la desigualdad, la vivienda, la educación, la salud o las redes de apoyo.
La aporofobia, concluyen, no siempre adopta la forma de odio explícito. También puede aparecer como indiferencia, distancia social, juicio moral o desconfianza hacia las ayudas públicas. El volumen analiza asimismo su relación con la xenofobia —el rechazo al extranjero puede esconder rechazo al extranjero pobre— y el papel de las redes sociales en la asociación recurrente entre pobreza, miedo, criminalidad y peligro.
No convertir la pobreza en culpa
Las distintas miradas acaban confluyendo en una misma idea: la aporofobia no puede entenderse únicamente como un prejuicio individual, sino como “una forma de menosprecio que atraviesa instituciones, políticas y prácticas sociales”. Y sitúan la vivienda en el centro: carecer de hogar no supone solo una privación material, sino una situación que expone al estigma, la exclusión y la criminalización de la presencia en el espacio público.
La respuesta, por tanto, tampoco puede limitarse a pedir más empatía individual. Pasa por la educación y los medios de comunicación, y también por revisar procedimientos administrativos, formar a policías, jueces, fiscales y profesionales, mejorar la detección y la denuncia y construir políticas públicas que no conviertan la pobreza en culpa.
Como dijo Eduard Sala en la apertura del encuentro: necesitamos sentirnos amados, sí, pero también seguros de que alguien cuidará de nosotros cuando llegue la vulnerabilidad.
