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Hordas de turistas se hacen fotos cada día desde el mismo puente bajo el que vive Andrés.

Las vistas sobre Barcelona son inmejorables y los transeúntes disfrutan de ellas buscando alguna sombra a la salida del Museu Nacional d'Art de Catalunya, en una mañana cualquiera de final de verano, ajenos a una realidad con la que rara vez se cruzan, pese a coexistir a pocos metros.

La popular zona de cruising de los jardines de Montjuïc es testigo de una de las crisis sociales y de salud pública más serias que se viven en Barcelona.

Empujados por la moda del chemsex --consumo de estupefacientes para mantener relaciones sexuales--, docenas de hombres gays y mujeres transexuales se han visto abocados al sinhogarismo, un estado en el que permanecen, atrapados en una espiral de pobreza atizada por la adicción a las drogas y el sexo y que, en algunas ocasiones, les conduce inevitablemente a la prostitución

Material para el consumo de drogas en la zona 'cruising' de Montjuïc Simón Sánchez Crónica Global BARCELONA

El paisaje, a cualquier hora del día, es sórdido. Las tiendas de campaña y las casas hechas a base de telas y lonas se instalan sobre una tierra cubierta de condones usados, los envoltorios vacíos de los mismos preservativos, jeringas, papelinas y pañuelos sucios, en la que también corretean ratas y cucarachas.

Atreverse

"Si no fuera por las drogas, sería casi imposible que alguien hiciera muchas de las cosas locas que se ven aquí cuando empieza a bajar el sol", señala Daniela, persona de género no binario que está de visita en casa de Andrés, donde ambos han recibido a Crónica Global.

Describe escenarios dantescos en los parques de Montjuïc: "Te encuentras a uno atado a un árbol y una cola de diez o quince hombres esperando para follárselo, u otro arrodillado con los ojos tapados para chupársela a cualquiera que le meta la polla en la boca", relata.

Explica que "muchos empiezan consumiendo por moda y para atreverse a hacer cosas que, si no, no harían, y terminan adictos".

En este sentido, describe la tristeza que siente al observar cómo algunos son cada vez más frecuentes: "Un día viene un chico normal y termina probando la tina para lanzarse a follar con desconocidos en la calle, en poco tiempo vas viendo que repiten y al final se pasan aquí una semana entera follando y consumiendo".

Prostitución

"Muchos empiezan a consumir para follar y terminan follando para consumir", resume Daniela para explicar el incremento de las situaciones de prostitución en su entorno en las que la droga se ha convertido en moneda de cambio: "Las ganas de consumir te hacen hacer cosas que nunca te hubieras imaginado".

Un preservativo usado en un parque en Montjuïc Simón Sánchez Crónica Global Barcelona

Defiende que ella misma solo acepta droga de hombres con los que tendría relaciones sexuales de todos modos, pero reconoce que la mayoría de sus parejas sexuales le ofrecen algún tipo de estupefaciente.

Andrés apostilla que en más de una ocasión ha comprado él mismo metanfetamina para evitar que su novio se prostituyera a cambio de una dosis; y también admite que, una vez en sus manos, han tenido más de una discusión de pareja por la repartición de la droga adquirida.

Hub de 'chemsex'

Más allá de situaciones concretas, desde Barcelona Checkpoint, centro comunitario de detección de infecciones de transmisión sexual dirigido a hombres gays y mujeres transexuales, aseguran ser "muy conscientes" de la fotografía completa. "Barcelona es un hub de chemsex", asegura Daniel Jacobs, responsable de intervención psicosocial de la entidad, quien coloca sin dudar a la capital catalana como una de las paradas clave en la ruta internacional de esta práctica.

Sostiene que "mezclar sexo y droga tiene un tremendo poder de adicción" y que, ante este, no hay un perfil concreto más vulnerable: "Desde veinteañeros hasta personas de más de cincuenta años".

Ante una situación que califica de "muy grave", Jacobs explica que ya han empezado a trabajar en el campamento de Montjuïc, mapeando la zona para localizar las ubicaciones principales e iniciando un estudio para conocer las distintas circunstancias y necesidades.

Tina, 'monkey' y gé

Sobre su vida, Daniela narra que fue adicta al crack durante unos años, pero que ahora consume tina —nombre callejero de la metanfetamina-- porque es más barata y le sienta "mejor" y asegura haber vivido el suficiente tiempo en Montjuïc como para poder radiografiarlo.

Un barrendero municipal enseña las jeringuillas recogidas en una mañana en el entorno de Montjuïc Simón Sánchez Crónica Global Barcelona

Andrés se siente identificado con esa descripción y habla de su adicción, que empezó en Colombia. "Soy de Aracataca, la ciudad de García Márquez, quizás por eso pensaba en hacer un libro sobre mi consumo de crack porque creía que todo terminaría cuando llegara aquí y empezara una nueva vida, pero conocí la tina, empecé a hacer chemsex y no paro de escribir nuevos capítulos", cuenta, intentando poner palabras al callejón sin salida en el que cree vivir.

Sobre el uso de estupefacientes, Jacobs alerta de la cada vez más habitual práctica del slamming, el consumo por vía intravenosa durante el sexo para obtener un subidón más rápido, intenso y duradero. De esta manera, el cuerpo absorbe el cien por cien de la dosis convirtiéndola en el formato más peligroso.

"Es la última bala que te queda por gastar", enfatiza Marta Escolano, portavoz de Energy Control en Cataluña. "A partir de ese pinchazo, cuando alguien crea tolerancia, ya solo le queda aumentar la dosis".

Ambos profesionales coinciden en el riesgo de la irrupción del monkey dust o polvo de mono, así como el gé --GHB--, sustancias conocidas entre muchos de los asiduos al cruising de Montjuïc. De ambas es "muy fácil" sufrir una sobredosis, por las cantidades tan pequeñas que es seguro consumir.

De la sauna a la calle

El viaje hacia la adicción de muchos empieza lejos, en las saunas y chills —quedadas privadas de chemsex grupales—, lugares más amables, limpios e íntimos donde iniciarse en el consumo de drogas y el sexo con desconocidos.

"Montjuïc es el final de un camino que empieza en las saunas", observa un directivo del sector del ocio nocturno barcelonés en declaraciones a este medio, "hay gente que ha llegado a vivir ahí: salen cada doce horas cuando suena la alarma, pagan y vuelven".

El envoltorio de un preservativo en Montjuïc Simón Sánchez Crónica Global Barcelona

Pese a que estos chills son una práctica habitual desde hace décadas, su verdadero boom llegó con la pandemia y el cierre de bares, discotecas y locales. Al no poder celebrar encuentros en espacios públicos, se popularizaron las sesiones en viviendas particulares, donde la privacidad también abre la puerta a un consumo más desavergonzado de estupefacientes en un clima de aparente confianza y control.

Homofobia

"Conocemos a un chico que trabajaba de camarero, tenía su casa, con su mujer y su hijo, y ha terminado aquí", cuentan Daniela y Andrés sobre un caso que no es paradigmático, pero tampoco único.

Vinculan parte de la problemática a la homofobia imperante en la sociedad: "Es gay, pero lo ocultó durante años y su escape era venir a la zona de cruising, aquí eres anónimo". El hombre, aseguran, empezó a consumir en estos encuentros y, tras "perderlo todo", ahora vive en la misma calle que le hizo adicto.

"A muchos, el rechazo social nos ha traído hasta aquí", argumenta Emmanuel, un joven que se vio abocado al sinhogarismo hace tan solo un mes y que está tratando de aprender a verse a sí mismo en estas circunstancias.

Construcción de comunidad

Beatriz Fernández, directora de la Fundació Arrels, explica que las circunstancias del campamento de Montjuïc son distintas a las de la mayoría de personas con las que la entidad trabaja.

En estos casos "el detonante principal para la situación de sinhogarismo es el consumo", algo que dificulta el acceso a recursos y ayudas para personas sin techo, puesto que algunos de ellos son incompatibles con la drogodependencia, y por lo tanto, "el abordaje se tiene que hacer desde la adicción".

Turistas pasean por una terraza en Montjuïc, bajo la que viven varias parsonas sin hogar Simón Sánchez Crónica Global Barcelona

Por otro lado, apunta, el componente de soledad tiene una menor prevalencia que en otras realidades del sinhogarismo, pues un grueso de los habitantes ha construido una comunidad, al encontrarse en circunstancias semejantes, y ha tejido redes de apoyo mutuo.

De hecho, es esa acogida precisamente una de las cuestiones que destaca Emmanuel de sus primeras semanas en la calle: "Nos preocupamos por cómo están los demás y si alguno necesita ayuda, otro le acompaña al CAP o a donde haga falta".

Alarma en salud pública

El consumo de drogas para mantener relaciones sexuales ya ha encendido las alarmas de los despachos desde donde se gestionan los planes de salud pública de la ciudad.

De hecho, la Agència de Salut Pública de Barcelona coordina desde hace dos años una mesa de trabajo intersectorial específica para "facilitar la cooperación entre servicios sanitarios, sociales y comunitarios, entidades y personas usuarias", así como para "asegurar una atención más coherente, eficaz y respetuosa", ha explicado el Ayuntamiento a este medio.

Este diálogo estable ha dado como fruto el 'Programa de resposta coordinada al fenomen del chemsex a Barcelona 2025-2028', que "establece una respuesta delante de un fenómeno complejo con impactos en la salud física, mental y social" con medidas que "abastan todas las fases de atención, desde la prevención y la detección precoz hasta la atención sanitaria y social".